×

Introducción a los libros de la Sagrada Escritura




I. LA REVELACIÓN PROFÉTICA


1. Las Sagradas Escrituras, inestimable don de Dios

Las Sagradas Escrituras son un inestimable don de Dios que el hombre no podrá nunca suficientemente agradecerle. Elevado al orden sobrenatural, a la participación de la misma naturaleza divina, y caído de él por el pecado de nuestros primeros padres, plugo a Dios en su infinita misericordia redimirle, elevándole de nuevo a una altura sobrenatural mayor todavía que aquella de que cayó. Estos sus amorosos designios sobre él ha ido Dios descubriéndoselos al hombre gradualmente, revelándoselos, dándose así a conocer los inefables misterios de la vida divina, de su amorosa providencia, especialmente en cuanto a la redención, en los cuales participaría el hombre por su incorporación como miembro al cuerpo místico de la Iglesia, cuya cabeza es el Unigénito del Padre, hecho carne, que con su sangre preciosa había de redimir a la caída humanidad de la servidumbre del pecado.


2. Principal contenido de las Sagradas Escrituras. La revelación

Esta revelación, hecha de una manera gradual y progresiva, es el principal contenido de las Sagradas Escrituras, pues aunque en ellas se contengan otras muchas cosas accesibles a la humana inteligencia, que reveló Dios al hombre para que con mayor facilidad y certeza pudiera conocerlas sin mezcla de error, todas ellas se subordinan al fin principal de las Sagradas Escrituras: dar a conocer al hombre los inescrutables amorosos designios de Dios sobre él.


3. No son las Sagradas Escrituras la fuente única de la revelación

No son solamente las Divinas Escrituras las que contienen este sagrado depósito. Se contiene, además, en la tradición viviente de la iglesia de Cristo, que es la fiel depositaria del divino tesoro y el intérprete autorizado de los sagrados libros. Sólo la Iglesia puede indicarnos con infalible certeza cuáles son los libros que, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, contienen el sagrado depósito. Cualquier otro criterio será del todo insuficiente y sólo podrá servir para confirmar la verdad de la doctrina de la Iglesia, pues siendo la inspiración un hecho sobrenatural, sólo una autoridad de orden sobrenatural e infalible podrá suficientemente certificarnos de él.


4. Las Sagradas Escrituras son obra de Dios y del hombre

Todos y sólo los libros canónicos, es decir, los que ha incluido la Iglesia en su canon de las Sagradas Escrituras, han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y son, por tanto, obra divina. Tienen a Dios por autor principal, aunque sean también al mismo tiempo obra humana, cada uno del autor que, inspirado, lo escribió. Este doble carácter de los libros santos, totalmente obra de Dios, totalmente obra del hombre, es fundamental y capitalísimo para el conocimiento e interpretación de las Divinas Escrituras, y de no tenerlo en cuenta tropezará el lector de estos libros con innumerables e insolubles dificultades.
El autor humano es órgano, instrumento del Espíritu Santo, pero instrumento vivo y racional, que bajo la acción de Dios desarrolla su actividad y usa sus facultades de tal manera que en el libro por él escrito queda como grabada su personalidad, que fácilmente podrá de él deducir el lector. Es, pues, necesario, al interpretar, penetrar en ello cuanto sea posible sin prescindir de nada que pueda contribuir a darnos a conocer el autor en todos sus rasgos personales característicos y en el desarrollo de su actividad, su índole, su carácter, su formación espiritual, sus condiciones de vida, el tiempo en que vivió, las fuentes que utilizó, ya orales, ya escritas, las formas de decir o géneros literarios que empleó. En cuanto posible sea nos hemos de hacer otro él.


5. La profecía

Sacra doctrina llama muy bien Santo Tomás a la Sagrada Escritura y, por consiguiente, a la Teología, que de ella toma sus principios, ordenándolos sistemáticamente y desarrollándolos y considerando cuanto trata bajo la razón formal de la divinidad, sub ratione Deitatis, pues es Dios mismo, o algo a El ordenado como principio o como fin, y siempre visto a la luz de la divina revelación y en cuanto por ella cognoscible. Esta luz es el lumen propheticum, pues no ha querido Dios revelarse inmediatamente a todos y cada uno de los hombres, sino a algunos solamente, que, como intermediarios entre Dios y el resto de los humanos, recibiesen de El las divinas enseñanzas y en su nombre y con su divina autoridad las transmitiesen a los demás.


6. Los profetas

Por esto han sido llamados profetas o intérpretes de Dios, y en su nombre y con su divina autoridad transmiten las verdades sobrenaturales que sobrenaturalmente les dio Dios a conocer. Por haber sido hecha de este modo se llama también la divina revelación, doctrina profética, principalmente la del Antiguo Testamento, pues la del Nuevo nos ha sido hecha directa e inmediatamente por el mismo Verbo de Dios encarnado, aunque a los que no pudimos oírla de sus divinos labios nos haya sido transmitida por sus apóstoles y discípulos en los libros que divinamente inspirados escribieron algunos de ellos y en las divinas tradiciones que, de ellos recibidas, conserva fielmente la iglesia, fundada sobre ellos como cimiento por Cristo Nuestro Señor.


7. Objeto de la profecía

El objeto de estas divinas comunicaciones se extiende, según Santo Tomás, a todas aquellas cosas que pueden ser conocidas por vía sobrenatural: los misterios de la vida divina, de su providencia, especialmente de la redención; las leyes de las buenas costumbres, por las que el hombre se encamina a Dios; sucesos futuros, etc. Es, pues, el objeto de la profecía el mismo que el de la fe, que define San Pablo: Sperandarum substantia rerum, la firme certidumbre de las cosas que esperamos, indicando así que la fe nos muestra aquí, tras el velo del misterio, lo que con su visión nos hará bienaventurados. Las otras cosas que no sean la verdad divina, en tanto pertenecen a la fe, en cuanto tienen relación con Dios y nos declaran algo de su naturaleza. Los mismos misterios de la humanidad de Jesucristo y de su iglesia sólo caen dentro del objeto de la fe en cuanto que por ellos nos encaminamos a Dios: in quantum per haec ordinamur ad Deum.


8. Los grados de la profecia

Dentro del amplísimo objeto de la ciencia que comunica Dios a sus profetas, cabe distinguir varios grados en la ilustración de la mente del profeta y el conocimiento por él así adquirido. Es el primero aquella ilustración divina en virtud de la cual conoce el profeta las verdades sobrenaturales, los misterios divinos que se ofrecen a su mente, en forma clara, inteligible, sin los velos de imágenes sensibles. El segundo es la ilustración en que las cosas divinas se presentan a la mente del profeta revestidas de imágenes sensibles. El tercero, finalmente, es la ilustración por la cual el profeta juzga, con una verdad y certeza que excede las fuerzas del humano entendimiento natural, de cosas cuyo conocimiento adquiere por medios naturales. Es propio este último grado de profecía de aquellos escritores sagrados que tratan de cosas cuyo conocimiento es asequible a la razón, verbi gratia, de materias históricas. En esta misma categoría puede incluirse los que tratan de cosas aun sobrenaturales, cuyo conocimiento han adquirido por la vía ordinaria del estudio o de la fe, por ser enseñanzas de profetas anteriores.


9. El conocimiento profético de los hagiógrafos

Este último grado de profecía es el más común a los autores sagrados, aunque en muchos de los libros santos se contengan partes, de mayor o menor extensión, en que se exponen revelaciones por ellos recibidas en el modo correspondiente al primero o al segundo grado de la profecía. Conviene, pues, determinar con alguna mayor precisión qué significa ese conocimiento profético y qué es lo que añade al adquirido por vía natural y ordinaria. Santo Tomás dice que esa luz profética se les concedía para conocer las cosas y juzgar de ellas veritatem divinam, secundum certitudinem veritatis divinae: con divina verdad, con la certeza de la divina verdad. La fe, como la teología, contempla todas las cosas bajo una razón formal divina y sobrenatural. De un modo semejante, los hagiógrafos conocen las cosas y juzgan de ellas a la luz de los altos principios divinos, y conocen y juzgan con aquella claridad, verdad y certeza que dimana de la que de esos principios divinos tienen. Esos principios son como su filosofía de la historia, basada, no en la especulación, sino en el conocimiento sobrenatural de los atributos divinos: del poder, de la justicia de la misericordia, de la bondad, de la veracidad de Dios, que todas las cosas las ordena a la manifestación de su Verbo y a la salud de los predestinados.

Tal es, por ejemplo, la filosofía divina en que se inspira Moisés al narrar el origen de las cosas, la historia de la humanidad primitiva, la de los patriarcas, la de Israel. Tal la de Josué al describirnos el cumplimiento de las divinas promesas en la distribución de la tierra prometida, etc. Esa misma es la que camino de Emaús, exponía el Salvador a sus dos discípulos, mostrándoles por los profetas, a partir de Moisés, cómo era preciso que Cristo muriese y por la muerte entrase en su gloria. La misma era la que exponía el santo Protomártir en su discurso ante el Sanedrín, que tantas dificultades encierra para los exegetas demasiado esclavos de la letra. El Espíritu Santo, que es quien inspira a los santos, es siempre el mismo, y siempre les muestra las cosas a la luz de Dios y les hace en todas buscar a Dios.

Mas en el conocimiento profético y hagiógrafo hay otro aspecto, que les es propio y singular y constituye como su objeto formal quo, y es la luz divina (lumen propheticum), con el que juzgan con infalible certeza divina de la verdad de las cosas que enseñan de palabra o por escrito, aunque se trate de aquellas verdades cuyo conocimiento hayan adquirido por modo ordinario de la razón o del magisterio, de tradición o del estudio de anteriores libros sagrados.

Esta luz sobrenatural, junto con la moción divina para escribir, constituye la inspiración de los libros sagrados, en virtud de la cual éstos son, al mismo tiempo, obra de Dios--autor principal-- y de los hagiógrafos--instrumentos racionales--: toda de Dios y toda de los autores sagrados.


10. El progreso de la revelación profética

Esta revelación profética de las verdades divinas se ajusta a una ley que importa mucho conocer. Es la ley del progreso, que expone admirablemente Santo Tomás, extendiéndola a todas las verdades, tanto a las especulativas cuanto a las prácticas. La doctrina de la fe va desarrollándose a la manera como se desarrollan las verdades de una ciencia, procediendo de los principios a las conclusiones. La razón de este progreso no está en Dios, que desde el primer momento podía revelarlo todo, sino en el hombre, que no era materia dispuesta para recibir de una vez todo cuanto Dios quería comunicarle. Aun los mismos profetas, órganos del magisterio divino, aunque más ilustrados que el pueblo a quien se dirigían, no siempre vieron cuanto en sus conceptos y en las palabras con que los expresaban iba implícito. También para ellos había un progreso correspondiente al del pueblo, pues siendo el fin de la profecía el bien y la utilidad espiritual del pueblo, tanto a cada uno de ellos se les comunicaba en términos claros o en imágenes y símbolos cuanto en cada tiempo convenía enseñar al pueblo. Así llevó Dios a plena ejecución su plan, comenzando la revelación desde los orígenes mismos de la Humanidad. Jesucristo, que es el fin y la consumación de la antigua alianza, puso el sello a la divina revelación, por sí o por sus apóstoles y discípulos, y entregó a su Iglesia ese divino tesoro de la revelación, dándole al mismo tiempo su Espíritu, y asegurándola con la promesa de su asistencia hasta el fin de los siglos. Con ella y por ella repite la Iglesia día tras día al mundo las mismas divinas enseñanzas en forma acomodada a las necesidades de cada época, para que nadie se vea privado del don de Dios.


II. LA INSPIRACIÓN Y LA VERACIDAD DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS


11. La Sagrada Escritura es veraz con verdad divina

Es doctrina de la Iglesia que cuanto se contiene en las Sagradas Escrituras ha sido inspirado por Dios, y es, por consiguiente, infaliblemente verdadero en el sentido en que el autor inspirado intentó decirlo, sin que en esto haya que distinguir entre cosas tocantes o no tocantes a la fe y a las costumbres. Así dice León XIII que no puede tolerarse la conducta de los que en la solución de las dificultades no vacilan en conceder que la inspiración se extiende sólo a las cosas de fe y costumbres, y dicen que cuando se trata de la verdad de las sentencias de la escritura no se ha de atender tanto a lo que dice Dios cuanto a la razón por que lo dice. Todos los libros que la Iglesia recibe y propone como canónicos y sagrados han sido en todas sus partes escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo; y está la divina inspiración tan lejos de admitir error alguno, y tanto por su misma naturaleza lo excluye cuanto es imposible que Dios, suma verdad, esté sujeto a error. Tal es la antigua fe de la Iglesia, definida solemnemente por los Concilios de Florencia y Trento, confirmada por fin y más solemnemente expuesta por el Concilio Vaticano (encíclica Providentissimus Deus).


12. La verdad en materia de fe y costumbres

No se limita esta veracidad a las cosas de fe y costumbres, aunque sean éstas el objeto propio y per se de la Sagrada Escritura, al cual se ordena todo lo demás que en ella se dice; pero en éstas ha de tenerse en cuenta principalmente lo que en el número 10 se dijo acerca del progreso de la revelación, sin lo cual no sería posible establecer la concordia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.


13. La verdad en materia científica

Los libros sagrados hablan con frecuencia de las cosas creadas, y en ellas nos muestran la grandeza del poder, de la soberanía, de la providencia y de la gloria de Dios; pero como la misión de los autores inspirados no era enseñar las ciencias humanas, que tratan de la íntima naturaleza de las cosas y de los fenómenos naturales, y acerca de ellas no recibían por lo general revelación alguna, nos las describen, o en lenguaje metafórico, o según el corrientemente usado en su época, como sucede todavía en muchos puntos aun entre los más sabios. El lenguaje vulgar describe las cosas tal cual las perciben los sentidos; y así también el escritor sagrado, advierte Santo Tomás, expresa las apariencias sensibles, o aquello que Dios mismo, hablando a los hombres, expresa de humano modo, para acomodarse a la humana capacidad (encíclica Providentissimus Deus).


14. La verdad en materia histórica

Es historia una gran parte los libros sagrados. Contiene ésta, en primer término, la narración de hechos que forman parte del tesoro revelado, como, por ejemplo, el pecado de nuestros primeros padres, el nacimiento de Cristo, su muerte y su resurrección, etc. Otros hay que, si no cada uno de por sí, pero sí en su conjunto, constituyen el objeto de algún dogma, por ser como la expresión de una ley de la sobrenatural intervención de Dios en la economía de la salud. Tales son las profecías y los milagros. Estas cosas vienen a ser la realización del artículo de la fe credo in Spirium Sanctum, qui locutus est per prophetas; pero la mayor parte de la historia sagrada la forman sucesos naturales, que muestran la providencia de Dios sobre Israel o sobre el mundo todo, ordenada a la realización de sus designios de salud por Jesucristo. En la narración de estos hechos, los autores sagrados, como inspirados, son del todo infalibles, como lo son en las cosas de la fe y costumbres, ya que escriben la historia sagrada inspirados por el Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura, que ni puede engañarse ni engañarnos. Esta es la doctrina de la Iglesia, que hemos de retener firmemente y siempre al interpretar la Escritura. Para resolver las dificultades históricas que se presenten hemos de examinar con toda atención y rigor científico el texto sagrado y los documentos profanos, no dando por sentido cierto de la Sagrada Escritura lo que realmente no lo es, ni dando por dato histórico cierto lo que en verdad no dice el monumento o documento.

En esto es preciso tener muy en cuenta las enseñanzas de la encíclica Divino afflante Spiritu: "Pero no es muchas veces tan claro en las palabras y escritos de los antiguos autores orientales, como lo es en los escritores de nuestra época, cuál sea el sentido literal, pues lo que aquéllos quisieron significar no se determina por las solas leyes de la gramática o de la filología ni por el solo contexto del discurso, sino que es preciso que el intérprete vuelva, por decirlo así, a aquellos remotos siglos del oriente, y con la ayuda de la historia, de la arqueología, de la etnología y otras disciplinas discierna y distintamente vea qué géneros literarios, como dicen, quisieron emplear y de hecho emplearon los escritores de aquella vetusta edad, pues no siempre empleaban las mismas formas y los mismos modos de decir que hoy usamos nosotros, sino más bien aquellos que entre los hombres de sus tiempos y lugares estaban en uso. Cuáles fueron éstos no puede el intérprete determinarlo de antemano, sino solamente en virtud de una cuidadosa investigación de las literaturas del Oriente. Esta, llevada a cabo en los últimos decenios con mayor cuidado y diligencia que anteriormente, nos ha hecho ver con más claridad qué formas de decir se usaron en aquellos antiguos tiempos, ya en la descripción poética de las cosas, ya en el establecimiento de normas y leyes de vida, ya, por fin, en la narración de hechos y de sucesos".


III. SENTIDOS DE LA ESCRITURA Y REGLAS HERMENEUTICAS


15. El sentido literal

Es el sentido literal el pensamiento que las palabras de la Escritura expresan según la intención de quien las dice. No importa que las palabras estén tomadas en su significación propia o en una acepción metafórica; el sentido que según la intención del autor expresan es siempre literal, literal propio o literal metafórico. En la religión se dan también cosas o acciones que se ordenan a expresar ideas y sentimientos del que las ejecuta. Tales ideas y sentimientos son, por consiguiente, sentido literal de las mismas. Pero la Sagrada Escritura es, toda, obra de dos autores: el autor humano y el Espíritu Santo, que le ilustra y le mueve a escribir. Como advierte Santo Tomás, la mente del autor sagrado es instrumento imperfecto del Espíritu Santo inspirante, y, por tanto, aun los verdaderos profetas no siempre alcanzan todo cuanto en las visiones que vieron o en las palabras que oyeron quiso el Espíritu Santo encerrar. Dios no comunica siempre a cada uno de los profetas toda la luz que por medio de ellos quiere derramar sobre el mundo, y cada uno de ellos viene a representar una fase en el progreso del magisterio divino, sin tener a veces por eso pleno conocimiento de cuanto oscura e implícitamente se halla en sus profecías contenido.

De aquí que en las Sagradas Escrituras puedan distinguirse dos sentidos literales: uno, el propiamente literal histórico; el otro, más espiritual, que, por tener en el Evangelio su pleno desarrollo, puede llamarse evangélico. El primero depende de las circunstancias históricas del escritor sagrado y de los destinatarios inmediatos de su obra. Tal, por ejemplo, el sentido histórico de la Ley es el que ésta tenía para los israelitas que la practicaban y para quienes era norma de vida.

El segundo viene a ser el mismo literal histórico visto a la luz de revelaciones posteriores, principalmente de la revelación evangélica. Es, por tanto, más amplio, más perfecto, pues el Espíritu Santo, que destinaba las Sagradas Escrituras, aun las del Antiguo Testamento, para alimento espiritual de la Iglesia de Cristo, no coartaba el sentido de la letra a la mente del escritor sagrado ni a la necesidad transitoria del pueblo de Israel, al cual iban inmediatamente destinados los libros. Y así vemos que en los Salmos y en otros libros que a diario usa la Iglesia hallan los fieles sublimes enseñanzas religiosas y la expresión de los más exquisitos sentimientos de piedad, como si para los cristianos directamente hubieran sido escritos, pues, como dice Santo Tomás, "el Espíritu Santo fecundó la Sagrada Escritura con la verdad más abundante de la que los hombres pueden comprender" (II Sent. 12,1,2 ad7).


16. Reglas para la investigación del sentido literal histórico y del evangélico

Las reglas hermenéuticas que en la investigación del sentido histórico se deben seguir están condensadas en estas palabras de Eutimio: "Los que leen las Sagradas Escrituras deben inquirir la intención del que habla, las disposiciones del que oye, atender a los lugares y a los tiempos, observar los modismos y no tomar de igual modo todas las cosas, si quieren alcanzar el sentido y no quedarse en la superficia de la letra". En cuanto al espiritual o evangélico, más perfecto que el histórico, pues la tendencia a la espiritualidad y a la perfección es la norma de la acción divina sobre el hombre, son dos las reglas que en su investigación han de observarse. Es la primera la unidad lógica que liga todas las verdades reveladas, haciendo de ellas un perfecto organismo. La segunda es el progreso de la revelación, la tendencia al desenvolvimiento lógico de esas verdades, partiendo de los más elementales principios para llegar a las más elevadas cumbres. Atendiendo a esta tendencia ascensional y apoyados en el sentido histórico de los lugares que sobre cada punto de la doctrina revelada forman como una cadena, podemos ver implícitas en textos oscuros de los primeros libros verdades que más claramente se contienen en libros posteriores, hasta llegar el Nuevo Testamento, conforme al antiguo axioma: Vetus Testamentum in Novum in Vetere latet.


17. El sentido típico

La tradición judía y la cristiana reconocen que hay en la Escritura, además del sentido literal, un sentido en que no son las palabras, sino las cosas o personas por ellas expresadas, las que inmediatamente significan. "El autor principal de la Escritura--dice Santo Tomás--es Dios, en cuyo poder está emplear, para significar las ideas, no sólo palabras, sino también cosas. Y siendo común a todas las ciencias expresar las ideas con palabras, la ciencia de la Sagrada Escritura tiene esto de propio: que en ella también significan algo las cosas mismas, expresadas por las palabras. Esa primera significación, por la que las palabras expresan las cosas, pertenece al sentido literal o histórico; aquella otra, en virtud de la cual las cosas mismas contenidas en las palabras representan y expresan a su vez otras cosas, se llama sentido típico, que supone el literal, y en él se apoya". La razón objetiva de este sentido la expone Santo Tomás como sigue:"Dios, autor del orden sobrenatural y ordenador de los hechos históricos, va disponiendo suavemente el curso de los sucesos, de suerte que todo se dirija a la glorificación de su Verbo y a la realización de su obra de salud". La semilla de la verdad va disponiendo las almas a recibir la revelación del gran misterio; las instituciones y observancias de la ley fomentan la piedad y el fervor religioso, que recibirán de Cristo su última perfección; las personas, los acontecimientos de la vida familiar o nacional, que contribuyen a preparar la obra mesiánica, sirven por el mismo caso para anunciar desde lejos al gran Rey de las naciones y para ir, aunque confusamente, dibujando el plan de su obra portentosa.

Los profetas señalan repetidas veces la liberación de la servidumbre egipcia como señal y prenda cierta de otra liberación más insigne, la de la cautividad babilónica o de la salud mesiánica. La bondad divina, mostrada por algún hecho especial, era motivo para excitar la confianza de los fieles en recibir otros más excelentes favores de Dios o prepararlos para ellos. Así se cumple que la vida en la antigua Ley es en todo una preparación de la vida cristiana, y la Ley misma, la primera etapa, la figura, el vaticinio del Evangelio. Debe, sin embargo, advertirse que este sentido, por la misma imprecisión de los signos que lo expresan, aunque apto para fomentar la piedad, no sirve para probar los dogmas de la fe sino cuando de su existencia en un determinado lugar de la Escritura nos conste, por la autoridad de un autor inspirado, la de la Iglesia o la unánime interpretación de los Padres. En estos casos tendrá el texto la autoridad de los intérpretes.


18. La tradición y la Escritura

Además de estas normas hemenéuticas, derivadas de la naturaleza divina de las Escrituras, se impone a los católicos la autoridad de la Tradición, representada por el magisterio de la Iglesia y las enseñanzas de los Santos Padres. Podría parecer que esto es un elemento extraño a la Escritura y que, como dicen los heterodoxos, impide y coarta el estudio científico de la misma. ¿Cómo justificar esta intrusión? No hay tal intrusión. La verdad divina, que es el objeto de la Sagrada Escritura, fue depositada primero en la mente de los profetas, órganos de Dios, para revelación de sus misterios. Los profetas, antes que nadie, recibieron la vida que de esa revelación brota, y laboraron luego por infundirla en el corazón del pueblo elegido, antes de que la escribieran en sus pergaminos. No fue otra también la obra de Cristo y de sus apóstoles y discípulos. De manera que la verdad revelada, alma y vida de la Iglesia, antes que en los libros fue escrita en la inteligencia y en el corazón de la misma. Allí reside vivificada por el Espíritu Santo, libre de las mutaciones de los tiempos y de la fluctuación de las humanas opiniones; no expuesta a los descuidos de los amanuenses, ni a la ignorancia de los transcriptores y traductores, ni a la malicia de los herejes, manifiesta a los sencillos, oculta a los soberbios y segura de los tiranos. El Espíritu Santo, que la depositó en la Iglesia, es el que da a ésta la inteligencia de la misma, y, por la inteligencia, la vida. Por eso el sentir de la Iglesia católica, la doctrina de los Padres y Doctores, que son sus portavoces y testigos; la voz del mismo pueblo fiel, unido a sus pastores y formando con ellos el cuerpo social de la Iglesia, son el criterio supremo, según el cual se han juzgado siempre las controversias acerca de los puntos doctrinales, así teóricos como prácticos; y así decretó el Concilio Tridentino que en la exposición de la Sagrada Escritura, en las cosas de fe y costumbres, a nadie es lícito apartarse del sentir de los Padres y de la Iglesia.

Su Santidad Pío XII, en su encíclica Divino afflante Spiritu, dice: "Pongan singular empeño en no exponer solamente--como con dolor vemos se hace en algunos comentarios--lo tocante a la historia, a la arqueología, a la filología y a otras disciplinas semejantes, sino que, empleando éstas oportunamente en cuanto pueden contribuir a la exégesis, expongan principalmente cuál es la doctrina teológica, de fe y de costumbres, de cada libro o de cada lugar, de manera que su explanación no sólo ayude a los doctores teólogos a proponer y confirmar los dogmas de la fe, sino sirvan también a los sacerdotes para explicar al pueblo la doctrina cristiana y, en fin, a todos los fieles para llevar una vida santa y digna de un cristiano".


IV. EL CANON DE LOS SAGRADOS LIBROS


19. Criterio de canonicidad

Llámase Canon a toda regla de la fe o de la disciplina eclesiástica. De aquí procede la denominación de canónicos que se da a los libros sagrados como tales, pues son regla de nuestra fe y de la vida cristiana, y, además porque han sido incluidos en otra regla más alta y universal, que es la tradición viva de la iglesia. De esta regla decía San Agustín que no creería en la Escritura si no le dijera la Iglesia que había que creer en ella. En la tradición de la iglesia se contiene la doctrina, no sólo acerca de la naturaleza de los libros santos, sino de cuáles son éstos. El medio por el cual se nos transmite esto último es principalmente la lectura pública de estos libros en la liturgia eclesiástica. Por eso los más antiguos documentos oficiales que poseemos sobre el canon de los libros sagrados regulaban la lectura pública en la Iglesia. En ella, sobre todo, se apoyaron los Concilios de Florencia y de Trento para definir y declarar de fe el siguiente.


20. Canon de los Libros Sagrados

"Son los que a continuación se enumeran: del Antiguo Testamento: cinco de Moisés, a saber: el Génesis, el Exodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio; Josué, Jueces, Rut, cuatro de los Reyes, dos de los Paralipómenos: Esdras, el primero, y el segundo, que se llama Nehemías; Tobías, Judit, Ester, Job; el Salterio davídico, que comprende 150 salmos; Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico, Isaías; Jeremías con Baruc, Ezequiel, Daniel; doce profetas menores, a saber: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías; y dos de los Macabeos, primero y segundo. Del Nuevo Testamento: cuatro evangelios: de San mateo, de San Marcos, de San Lucas y de San Juan; hechos de los Apóstoles, escritos por el evangelista San Lucas; catorce epístolas de San Pablo Apóstol: a los Romanos, dos a los corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón y a los Hebreos; dos de San Pedro Apóstol, tres de San Juan Apóstol, una de Santiago Apóstol, una de San Judas Apóstol y el Apocalipsis de San Juan Apóstol".

A esta lista añadió el concilio Tridentino el siguiente canon: "Si alguno no recibiere por canónicos y sagrados estos libros, íntegros, con todas sus partes, como en la Iglesia católica acostumbraron a leerse y se contienen en la antigua edición Vulgata latina, sea anatema".

Estos libros suelen distinguirse en protocanónicos y deuterocanónicos, según que desde luego y sin vacilaciones fueron reconocidos como canónicos, o fueron objeto durante algún tiempo de dudas y discusiones. Los deuterocanónicos del Antiguo Testamento son: Tobías y Judit, los dos de los Macabeos, Eclesiástico y Sabiduría, Baruc, con algunos fragmentos de Ester y Daniel. Los del Nuevo Testamento son: Epístola a los Hebreos, II de San Pedro, II y III de San Juan, la de Santiago, la de San Judas y el Apocalipsis de San Juan.


V. TEXTOS Y VERSIONES


21. Lenguas en que fueron escritos los originales de la Sagrada Escritura

Acerca de un libro, sobre todo si es antiguo, importa mucho conocer dos cosas: la lengua en que fue escrito y la fidelidad con que su texto reproduce el origen del autor. Esto impone a los estudiosos de la Sagrada Escritura larga y penosa labor. Los libros santos fueron escritos en la lengua hablada por aquellos a quienes inmediatamente se destinaron. Así, la mayoría de los libros del Antiguo Testamento fueron escritos en hebreo. Algunos de ellos tienen trozos en arameo, lengua afín y muy semejante al hebreo, y que hablaron vulgarmente los judíos desde los tiempos de la cautividad babilónica. Finalmente, hay también algunos escritos en griego, lengua hablada por los judíos después de la dispersión, sobre todo en Egipto; y otros que, originalmente escritos en hebreo o en arameo, sólo se han conservado en una versión griega. De los libros del Nuevo Testamento sólo el evangelio según San Mateo fue originalmente escrito en arameo, como inmediatamente destinado a los judíos convertidos de Jerusalén; pero sólo en la versión griega se ha conservado, y en griego fueron originalmente escritos todos los otros libros.

Esta doctrina va resumida en el siguiente cuadro sinóptico:


22. Versiones Antiguas

Los judíos de la dispersión primero, y luego los cristianos, que no entendían la lengua original de los libros sagrados, hubieron de procurarse versiones de ellos en su lengua vulgar para poder leerlos en las sinagogas y en las iglesias. A los judíos de Alejandría se debe la primera y más antigua versión de la Biblia hebrea, hecha por varios autores, entre los siglos III y I antes de Cristo. Es la versión llamada de los LXX, que los Apóstoles autorizaron con su uso y entregaron a las iglesias por ellos fundadas. De esta versión griega, por desconocer el hebreo, hicieron después versiones los latinos, los coptos y otros, mientras que los sirios, cuya lengua es afín del hebreo, hicieron directamente de esta lengua la versión a la suya.


23. Orígenes de la Vulgata latina

A San Jerónimo, llamado por la Iglesia Doctor maximus in interpretandis sacris scripturis, se debe un triple trabajo sobre ellas. Primeramente corrigió la versión latina del Salterio, según la edición griega corriente. Después corrigió el mismo Salterio y otros libros del Antiguo Testamento, según la edición hexaplar de Orígenes. Por último, tradujo directamente del hebreo todos los libros del canon judío, y del arameo los libros de Tobías y Judit. Algunos de estos trabajos no pasaron al uso público de las iglesias y sólo se conservaron en poder de los eruditos. Los demás fueron siendo poco a poco adoptados por las iglesias, aunque mezclados con lecciones de la primitiva versión latina y reteniendo otras de ésta que San Jerónimo con sus correcciones había excluido. De estos elementos vino a formarse el texto de la actual Vulgata, que el Concilio de Trento, apoyándose, no en un examen crítico de la versión, sino en el uso tradicional de la Iglesia, declaró auténtica, mandando que nadie, bajo ningún pretexto, osara rechazarla en los actos públicos del magisterio ordinario de la Iglesia, como lecciones, predicaciones, etc. El cuadro trazado a continuación como resumen indica los elementos de que consta la Vulgata, cuya corrección, después de la verificada por Sixto V y Clemente VIII, está actualmente encomendada a la Orden Benedictina.


24. Autenticidad de la Vulgata

Respecto de la autenticidad de la Vulgata, más que decir nada por nuestra cuenta, preferimos reproducir lo que respecto de ella dice S. S. Pío XII en su encíclica Divino afflante Spiritu:

"Ni se figure nadie que este uso de los textos primitivos, obtenidos con el empleo de la crítica, se opone en modo alguno a la sabia prescripción del Concilio de Trento respecto de la Vulgata latina. Documentalmente consta que los Padres del Concilio no sólo no rechazaban los textos primitivos, sino que expresamente rogaron al Sumo Pontífice que, en bien de la grey de Cristo, encomendada a Su Santidad, además de la edición de la Vulgata latina, cuidase de que la Santa Iglesia de Dios tuviera también por medio de él un códice griego y otro hebreo, lo más correcto que pudiera ser. Y si por las dificultades de los tiempos y otros impedimentos no pudo entonces darse plena satisfacción a estos deseos, al presente, como lo esperamos, aunados los esfuerzos de todos los doctos católicos, podrá mejor y más plenamente satisfacerse. Y el haber querido el Concilio Tridentino que la Vulgata fuese la versión "que todos usaran como auténtica", esto, como cualquiera ve, sólo se refiere a la Iglesia latina y a su uso público de la Escritura, y en nada disminuye la autoridad y la fuerza de los textos originales. Pues ni se trataba entonces de los textos originales, sino de las versiones latinas que en aquel tiempo corrían, entre las cuales el Concilio, con mucha razón, decretó que había de preferirse la que en la misma Iglesia "había sido aprobada con el largo uso de tantos siglos". Por tanto, esta destacada autoridad, o, como dicen, autenticidad de la Vulgata, no fue establecida por el Concilio principalmente por razones críticas, sino más bien por su legítimo uso en la Iglesia, ya de tantos siglos, por el cual se demuestra que en las cosas de fe y costumbres está enteramente inmune de todo error, de modo que por testimonio y confirmación de la misma Iglesia puede aducirse con seguridad y sin peligro de error en las disputaciones, lecciones y sermones, y, por tanto, no es una autenticidad primariamente crítica, sino más bien jurídica. Por tanto, esta autoridad de la Vulgata en las cosas doctrinales no impide en modo alguno--antes hoy más bien exige--que esa misma doctrina se compruebe y confirme también por los textos originales y que a cada momento se acuda a los textos primitivos, en los cuales siempre y cada día más se aclare y exponga la verdadera significación de las Sagradas Escrituras. Ni prohíbe tampoco el Concilio Tridentino que, para uso y bien de los fieles cristianos y para más fácil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en lengua vulgar, y éstas se hagan aún de los mismos textos originales, como con la aprobación de la autoridad de la Iglesia sabemos se ha hecho laudablemente en muchas naciones".


25. Versiones españolas

Las múltiples versiones españolas, ya totales, ya parciales, de los libros sagrados son, unas, del texto latino de la vulgata; otras, de los textos originales. Las primeras contienen todos los libros, como hechas por autores católicos; las segundas, como hechas por judíos o protestantes, sólo contienen los libros protocanónicos del Antiguo Testamento, es decir, aquellos cuyo texto hebreo ha llegado hasta nosotros, las de judíos; o los protocanónicos de uno y otro Testamento, las de protestantes.

1.º En su Crónica General, Alfonso X el Sabio incluyó la traducción de casi toda la Escritura hecha del latín: Biblia alfonsina.

2.º En los siglos XIV y XV, los judíos hicieron hasta seis versiones de la Biblia, la principal de las cuales, la única impresa, es la llamada Biblia del alba, editada en Madrid, Imprenta Artística, 1920.

3.º En el 1553, los judíos españoles residentes en Italia publicaron la biblia, traducida "palabra por palabra", en dos ediciones, la una dedicada a los judíos y la otra dedicada a los católicos. Del lugar de su impresión lleva el nombre de Biblia de Génova.

4.º En Basilea (1567-1569), Casiodoro de Reina, protestante, publicó una versión de toda la Biblia, que es conocida por Biblia del Oso. Esta misma, corregida luego por Cipriano de Valera, fue impresa en Amsterdam (1602). Es la que acredita y difunde por España la Sociedad Bíblica inglesa.

5.º Modificada la legislación eclesiástica, que desde el siglo XVI prohibía la lectura y, por consiguiente, la impresión de los libros santos en lengua vulgar, publicó el P. Felipe Scío, escolapio, la traducción española hecha del latín (Valencia 1791-1793).

6.º Don Félix Torres Amat, canónigo entonces de Barcelona, dio a luz otra nueva versión de la Vulgata latina, hoy muy difundida, en Madrid (1823-1825). Parece que en la preparación de su trabajo el Sr. Torres Amat utilizó una traducción inédita del P. José Miguel Petisco, S. I.

7.º El año 1947 salió a luz, bajo la editorial Biblioteca de Autores Cristianos, la Sagrada Biblia, versión crítica sobre los textos hebreo y griego, por el P. José María Bover, S. I. y D. Francisco Cantera, profesor de lengua hebrea en la Universidad Central.

Fuera de estas versiones generales, ya del Antiguo Testamento hebreo, ya de la Biblia toda, abundan las traducciones y ediciones de libros particulares o de grupos de libros de uno u otro Testamento.

Al dar a la pública luz esta nueva versión castellana directa y completa de las Sagradas Escrituras llenamos un vacío de tiempo ha sentido en nuestra España, y al encomendarla a la benevolencia de los lectores les pedimos y rogamos instantemente que la reciban y juzguen con la ecuanimidad y suma caridad que a todos los hijos de la Iglesia recomienda Su Santidad Pío XII en su reciente encíclica para con los conatos de los valientes operarios de la viña del Señor en las cosas bíblicas, huyendo de ese poco prudente prurito de impugnar o al menos de tener por sospechoso todo lo nuevo, pues sólo en un ambiente de mutua confianza y caridad podrán dar frutos los aunados esfuerzos que, manteniendo incólumes los principios dogmáticos y la doctrina de la Iglesia, aporte cada uno lo que pueda para el bien de todos, para provecho cada día creciente de la doctrina sagrada y defensa y honor de la Santa iglesia. La verdadera libertad de los hijos de Dios, fomentada y sustentada por todos, es condición y fuente de todo fruto verdadero y de todo progreso de la ciencia católica, como ya egregiamente lo expuso Su Santidad León XIII, diciendo:"Sin la común inspiración y la seguridad en los principios no podrán esperarse para estos estudios grandes provechos de los esfuerzos aunados de muchos".