EL libro de Ester recibe su nombre de la heroína que es su figura principal. Su argumento es una persecución de que la nación judía fué objeto en el imperio persa, durante el reinado de Jerjes I (485-465). Consta de dos partes. La primera, protocanónica, en lengua hebrea, forma el núcleo de la historia. La narración pone en claro que la causa de la persecución era la nacionalidad de Israel, sus leyes, sus instituciones, por las que se distingue de los otros pueblos; pero no aparece en ella el nombre de Dios. Parece manifiesto el propósito del autor de callarlo. A esta parte se añaden ciertos complementos deuterocanónicos, que sólo se han conservado en griego, y en los que se encarece la piedad de los protagonistas. Sobre el origen de esta distinción se dan diversas explicaciones, sin que ninguna se acerque siquiera a la certeza.
Respecto de la forma literaria de este libro, deben hacerse las mismas observaciones que de los dos que le preceden, y resolverse el problema en conformidad con la doctrina de S. S. Pío XII.
Para entender el libro, hay que hacerse cargo de la concepción antigua sobre las relaciones entre las divinidades y los pueblos que las veneraban. Yavé es el Dios de Israel; éste es el único pueblo que le conoce y sirve; las demás naciones le ignoran. La causa de Dios en el mundo está, pues, ligada a la causa de Israel. De aquí nace el alto concepto que de sí tiene Israel; ante él y sus derechos, las demás naciones no eran nada en la presencia de Dios. Para hacerse cargo de la narración, tenga el lector presente que en esta vasta región del Asia oriental, donde en el curso de los siglos se han sucedido tantos imperios y religiones y se han acumulado tantas razas, han existido desde muy antiguo odios profundos, causa de espantosas matanzas, como la que sufrió la nación cristiana de los armenios de parte de los musulmanes, con el asentimiento y hasta con la cooperación de las autoridades turcas. Este hecho quita toda inverosimilitud a la narración de las matanzas que cuenta el libro de Ester.
Mardoqueo. Su sueño
1 1El año segundo del reinado del gran Artajerjes, el primero de Nisan, tuvo un sueño Mardoqueo, hijo de Jair, hijo de Semei, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín; 2judío que moraba en la ciudad de Susa, varón ilustre que servía en la corte del rey. 3Era de los cautivos que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado en cautiverio de Jerusalén con Jeconías, rey de Judá.
4He aquí su sueño: 5Soñó que oía voces y tumulto, truenos, terremotos y gran alboroto en la tierra; cuando dos grandes dragones, prestos a acometerse uno a otro, dieron fuertes rugidos, 6y a su voz se prepararon para la guerra todas las naciones de la tierra, a fin de combatir contra la nación de los justos. 7Fué aquel día, día de tinieblas, de oscuridad, de tribulación y de angustia, de oprobio y de turbación grande sobre la tierra. 8Toda la nación justa se turbó ante el temor de sus males, y se disponía a perecer. 9Pero clamaron a Dios; y a su clamor, una fuentecilla se hizo un río caudaloso, de muchas aguas, 10y apareció una lumbrerita que se hizo sol, y fueron ensalzados los humildes y devoraron a los gloriosos. 11Mardoqueo, levantándose, luego de haber visto el sueño sobre lo que Dios se proponía ejecutar, lo guardó en su corazón, y a toda costa quería penetrar su sentido, hasta que llegó la noche.
Conjuración contra el rey denunciada por Mardoqueo
12Moraba Mardoqueo en el palacio con Gabata y Tervía, eunucos del rey, guardas del palacio; 12y se enteró de sus planes y penetró sus proyectos averiguando que trataban de apoderarse del rey Artajerjes, y los denunció al rey. 14Mandó éste interrogar a los eunucos, y habiendo éstos confesado, fueron condenados a muerte. 15Para conservar la memoria de estos sucesos, mandó el rey ponerlos por escrito, y el mismo Mardoqueo escribió un relato sobre ellos. 16Por el servicio prestado, ordenó el rey dar a Mardoqueo un cargo en el palacio, y le otorgó otras mercedes. 17Pero Amán, hijo de Amasata, agagita, que gozaba de gran crédito ante el monarca, buscaba cómo perder a Mardoqueo y a su pueblo, por la delación de los eunucos del rey.
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1 Las porciones deuterocanónicas escritas en griego, fueron traducidas por San Jerónimo y añadidas al fin del libro a continuación de las protocanónicas. Como esas adiciones se ordenan a declarar distintos puntos de la historia, hemos optado por introducirlas en los lugares que según su contenido los corresponden.(Volver a Lectura).
11 Este sueño resume todo el contenidodel libro.(Volver a Lectura).
Gran festín de Asuero
1 1En tiempo de Asuero, el Asuero que reinó desde la India hasta la Etiopía, sobre ciento veintisiete provincias, 2mientras se sentaba sobre su trono real en Susa, la capital, 3el año tercero de su reinado, dió un festín a todos sus príncipes y servidores. Los comandantes del ejército de los persas y de los medos,los grandes y los jefes de las provincias, se reunieron en su presencia; 4y él hizo muestra de la espléndida riqueza de su reino y de la brillante magnificencia de su grandeza, durante muchos días, 5durante ciento ochenta días. Pasados éstos, el rey dio a todo el pueblo de Susa, la capital, desde el más grande hasta el más pequeño, un festín que duró siete días, en el atrio de su jardín del palacio real. 6Cortinajes blancos, verdes y azules, pendían de columnas de mármol, sujetos con cordones de lino y de púrpura a anillos de plata. Lechos de oro y de plata estaban sobre un pavimento de pórfido, alabastro, mármoles de varios colores y nácar. 7Servíase el vino en vasos de oro de diversas configuraciones; y se servía con real abundancia, gracias a la generosidad del rey, pero a nadie se le obligaba a beber, 8pues había mandado el rey a todas las gentes de su casa que se hiciese conforme a la voluntad de cada cual. 9También la reina Vasti dió un festín a las mujeres en el palacio real del rey Asuero.
Desobediencia de la reina Vasti y su desgracia
10El día séptimo, alegre por el vino el corazón del rey, mandó éste a Mehuman, Buzta, Harbona, Bigta, Abagta, Zetar y Careas, los siete eunucos que servían ante el rey Asuero, 11que trajeran a su presencia a la reina Vasti, con su real corona, para mostrar a los pueblos y a los grandes su belleza, pues era de hermosa figura;
12pero la reina se negó a venir con los eunucos, y el rey se irritó mucho y se encendió en cólera. 13Preguntó entonces el rey a los sabios conocedores del derecho, pues era éste el modo de tratar los negocios ante los conocedores de las leyes y del derecho, 14de los cuales tenía junto a sí a Carsena, Setar, Admata, Tarsis, Meres, Marsena y Memucan, siete príncipes de Persia y de Media, que asistían al rey y ocupaban el primer rango en su reino, 15qué ley habría de aplicarse a la reina Vasti, por no haber hecho lo que el rey la había mandado por medio de los eunucos.
16Memucan respondió ante el rey y los príncipes: «No es sólo al rey a quien ha ofendido la reina Vasti; es también a todos los príncipes y a todos los pueblos de todas las provincias del rey Asuero; 17porque lo hecho por la reina llegará a conocimiento de todas las mujeres, y será causa de que menosprecien a sus maridos, pues dirán: El rey Asuero mandó que llevasen a su presencia a la reina Vasti, y ella no fué; 18y desde hoy las princesas de Persia y de Media que sepan lo que ha hecho la reina, se lo dirán a todos los jefes del rey, y de aquí vendrán muchos desprecios y mucha cólera. 19Si al rey le parece bien, haga publicar e inscribir entre las leyes de los persas y de los medos, con prohibición de traspasarlo, un real decreto mandando que la reina Vasti no parezca más delante del rey Asuero, y dé el rey la dignidad de reina a otra que sea mejor que ella. 20El edicto del rey será conocido en todo su reino, por grande que es, y todas las mujeres honrarán a sus maridos, desde el más grande hasta el más pequeño».
21Aprobó el rey este parecer, e hizo lo que aconsejaba Memucan, 22mandando cartas a todas las provincias del reino, a cada una según su escritura y a cada pueblo según su lengua, en las que se mandaba que todo hombre había de ser el amo en su casa, y que se divulgase esto entre todos los pueblos.
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3 La descripción de estos festines nos da una idea de la fastuosidad oriental.(Volver a Lectura).
Ester, reina
2 1Después de esto, cuando ya se calmó la cólera del rey, pensó en Vasti y en lo que ésta había hecho y en la decisión que respecto de ella se había tomado. 2Los servidores del rey le dijeron: «Búsquense para el rey jóvenes vírgenes y bellas, 3poniendo el rey en todas las provincias de su reino comisarios que hagan reunir a todas las jóvenes vírgenes y de bella presencia en Susa, la capital, en la casa de las mujeres, bajo la vigilancia de Hegue, eunuco del rey y guarda de las mujeres, que les dará lo necesario para ataviarse; 4y que la joven que más agrade al rey sea la reina, en lugar de Vasti». Aprobó el rey este parecer, y se hizo así.
5Había en Susa, la capital, un judío llamado Mardoqueo, hijo de Jair, hijo de Semeí, hijo de Quis, del linaje de Benjamín, 6que había sido deportado de JerusaJén entre los cautivos llevados con Jeconías, rey de Judá, por Nabucodonosor, rey de Babilonia; 7y había criado a Hadasa, que es Ester, hija de su tío, pues no tenía padre ni madre. La joven era bella de talle y de hermosa presencia, y había sido adoptada por Mardoqueo cuando se quedó sin padre y sin madre. 8Cuando se publicó la orden del rey y su edicto, al ser reunidas en Susa, la capital, jóvenes en gran número, bajo la vigilancia de Hegue, fué también tomada Ester y llevada a la casa del rey, bajo la vigilancia de Hegue, guarda de las mujeres. 9La joven le agradó y halló gracia a sus ojos, y él se apresuró a proveerla de todo lo necesario para su adorno y su subsistencia, y le dió siete doncellas escogidas de la casa del rey, y la aposentó con éstas en el mejor departamento de la casa de las mujeres.
10Ester no dió a conocer ni su pueblo ni su nacimiento pues Mardoqueo le había prohibido que hablase de esto. 11Todos los días iba y venía Mardoqueo al vestíbulo de la casa de las mujeres, para saber cómo estaba Ester y cómo la trataban.
12Después de haber estado ya doce meses, conforme a la ley de las mujeres, ungiéndose seis meses con óleo y mirra y otros seis con los aromas y perfumes de uso entre las mujeres, cuando le llegaba el turno, era llevada cada joven a la presencia del rey. 13Así iba cada una a la presencia del rey; y cuando pasaba de la casa de las mujeres a la casa del rey, se la dejaba llevar cuanto ella quería; 14iba allá por la tarde, y a la mañana siguiente pasaba a la segunda casa de las mujeres, bajo la vigilancia de Saasgaz, eunuco del rey y guarda de las concubinas. No volvía ya más a la presencia del rey, a menos que éste la desease y fuese nominalmente llamada.
15Cuando le llegó el turno para ir al rey, Ester, hija de Abigail, tío de Mardoqueo, que la había adoptado por hija, no pidió nada al que había sido designado por Hegue, eunuco del rey y guarda de las mujeres. Ester halló gracia a los ojos del rey y de cuantos la veían. 16Fué conducida Ester a la presencia del rey Asuero, a la casa real, el mes décimo, que es el mes de Tebet, del año séptimo de su reinado.
17El rey amó a Ester más que a todas las otras mujeres, y halló ésta gracia y favor ante él más que ninguna otra de las jóvenes. Puso la corona real sobre su cabeza, y la hizo reina en lugar de Vasti. 18El rey dió un festín a todos sus príncipes y a sus servidores, un festín en honor de Ester, y dió alivio a las provincias e hizo mercedes con real liberalidad. 19Cuando por segunda vez reunieron a las jóvenes, estaba Mardoqueo sentado a la puerta del rey. 20Ester no había dado a conocer su nacimiento ni su pueblo, porque se lo había prohibido Mardoqueo, y seguía cumpliendo las órdenes de Mardoqueo tan fielmente como cuando estaba bajo su tutela.
21En aquel mismo tiempo, cuando Mardoqueo se sentaba a la puerta del rey, Bigtán y Teres, dos eunucos del rey, dejándose llevar de un movimiento de ira, quisieron poner su mano sobre el rey Asuero. 22Mardoqueo tuvo conocimiento de ello e informó a la reina Ester, que se lo comunicó al rey de parte de Mardoqueo. 23Averiguada la cosa y hallada cierta, los dos eunucos fueron colgados de una horca, escribiéndose el caso en el libro de las crónicas, delante del rey.
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4 Todavía en nuestros clásicos vemos cómo jóvenes hermosas que tuvieron la desgracia de caer cautivas en poder de los corsarios moros, eran enviadas como obsequio para el harén del sultán de Constantinopla.(Volver a Lectura).
Amán, favorito del rey
3 1Después de esto, el rey Asuero elevó al poder a Amán, hijo de Hamedata, agagita, ensalzándole y poniendo su silla sobre la de todos los príncipes que estaban con él. 2Todos los servidores del rey que estaban a la puerta del palacio, doblaban ante Amán la rodilla, y se prosternaban ante él, pues tal era la orden del rey; pero Mardoqueo no doblaba sus rodilla ni se prosternaba, 3y los servidores del rey que estaban a la puerta dijeron a Mardoqueo: ¿Por qué traspasas tú la orden del rey? 4Y como se lo repitiesen todos los días y él no les hiciese caso, se lo comunicaron a Amán, para ver sí Mardoqueo persistía en su resolución, pues les había dicho que era judío. 5Viendo Aman que Mardoqueo no doblaba la rodilla y no se prosternaba ante él, se llenó de furor, 6pero teniendo en poco poner su mano sobre Mardoqueo solamente, pues ya le habían dicho a qué pueblo pertenecía Mardoqueo, quiso destruir a todo el pueblo de Mardoqueo, a todos cuantos judíos se hallaban en todo el reino de Asuero.
El decreto de exterminio contra los judíos
7El mes primero, que es el mes de Nisán, del duodécimo año del rey Asuero, se echó el pur, es decir, la suerte, ante Aman, de día en día y de mes en mes, hasta que salió el mes duodécimo, que es el mes de Adar.
8Dijo entonces Amán al rey Asuero: «Hay en todas las provincias de tu reino un pueblo, disperso y separado de todos los otros pueblos, que tiene leyes diferentes de las de todos los otros y no guarda las leyes del rey. No conviene a los intereses del rey dejarlos en paz. 9Si al rey le parece bien, escríbase orden de exterminarlos, y yo pesaré diez mil talentos de plata en manos de los superintendentes de la hacienda, para que se ingresen en el tesoro real». 10Entonces el rey se quitó de la mano su anillo y se lo entregó a Amán, hijo de Amedata, agagita, enemigo de los judíos, 11y le dijo: «La plata que ofreces, sea para ti, y para ti también ese pueblo, para que hagas con él lo que bien te parezca».
12Fueron entonces llamados los secretarios del rey, el día trece del mes primero, y se escribió todo lo que ordenaba Aman a los sátrapas del rey, a los gobernadores de todas las provincias y a los jefes de todos los pueblos, a cada provincia según su escritura y a cada pueblo según su lengua. Se escribió en nombre del rey Asuero y se sellaron las cartas con el anillo del rey. 13Fueron mandadas las cartas por medio de los correos a todas las provincias del rey, ordenando destruir, hacer perecer y matar a todos los judíos, jóvenes y viejos, niños y mujeres, en un solo día, el día trece del duodécimo mes, que es el mes de Adar, y que sus bienes fuesen dados al pillaje.
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2 Parece indicar el texto que Mardoqueo se negaba a tales cortesías por ver en ellas actos de culto, que sólo a Dios son debidos.(Volver a Lectura).
8 En las partes protocanónicas no aparece el motivo religioso, sino el nacional. Son las leyes peculiares de Israel las que se alegan como causa de la persecución. La carta que sigue en griego no menciona tampoco expresamente el motivo religioso, pero no hay duda de que envuelta en tantas razones la oposición de Israel a las demás naciones, está implícita su religión.(Volver a Lectura).
13 1La copia de la carta es del tenor siguiente:
«Artajerjes, rey grande, a los sátrapas y gobernadores subordinados de las ciento veintisiete provincias, desde la Judea hasta Etiopía, ordena lo que sigue: 2Aun cuando tenga el imperio de muchas naciones y haya subyugado toda la tierra, jamás he querido engreírme con la confianza del poder, sino gobernar con justicia y moderación, asegurando a mis vasallos una vida perpetuamente tranquila, y procurando la quietud y seguridad del reino, hasta los extremos confines, para que florezca la paz, tan deseada de los hombres.
3«Consultando con mis consejeros cómo podría llevarse esto a cabo, uno de ellos, por nombre Amán, distinguido por su discreción cerca de mí, de lealtad bien probada, de firme fidelidad, que en el palacio real ocupa la segunda dignidad, 4me ha dado a conocer la existencia de un pueblo que vive mezclado con todas las tribus de la tierra, odioso por sus leyes, opuesto a todas las naciones, que continuamente traspasa los mandatos de los reyes e impide que tengan efecto las medidas de gobierno por mí intachablemente ordenadas.
«He averiguado también que esta nación vive totalmente aislada, siempre en abierta oposición con todo el género humano, y que al tenor de sus leyes observa un género de vida extraño, hostil a nuestros intereses, y comete los más perversos excesos para impedir el buen orden del reino.
6«En virtud de esto, os ordeno que todos los a mí señalados en las cartas de Amán, a quien he encomendado este negocio, siendo como es mi segundo padre, todos con sus mujeres e hijos sean de raíz exterminados por la espada de sus enemigos, sin misericordia ni piedad, el día catorce del mes duodécimo de Adar, del presente año; 7de suerte que los enemigos de ayer y de hoy en un solo día desciendan al infierno por muerte violenta, y para el tiempo venidero sea nuestro gobierno estable y perfectamente tranquilo».
14Las cartas encerraban una copia de este edicto, que debía publicarse en cada provincia, invitando a los pueblos a estar dispuestos para aquel día. 15Los correos partieron apresuradamente, según la orden del rey. El edicto se publicó en Susa, la capital; y mientras el rey y Aman bebían, estaba la ciudad de Susa consternada.
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Consternación de los judíos
4 1Cuando supo Mardoqueo lo que pasaba, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y se cubrió de ceniza; luego se fué al medio de la ciudad, dando fuertes, dolorosos gemidos, 2y llegó hasta la puerta del rey, pues no era a nadie lícito entrar vestido de saco. 3En todas las provincias, dondequiera que llegó la orden del rey y su edicto, hubo entre los judíos gran desolación, y ayunaron, lloraron y clamaron, acostándose muchos sobre la ceniza y vestidos de saco.
4Las doncellas de Ester y sus eunucos vinieron a decírselo. La reina se quedó muy atemorizada, y mandó vestidos a Mardoqueo, para que se los pusiese, quitándose el saco; pero él se negó a aceptarlos. 5Entonces Llamó Ester a Hatac, uno de los eunucos que había puesto cerca de ella el rey, y le mandó que fuera a preguntar a Mardoqueo qué era aquello y de dónde venía. 6Fué Hatac a Mardoqueo, a la plaza de la ciudad, delante de la puerta del rey; 7y Mardoqueo le contó lo que pasaba y le dió noticia de la suma que Amán había ofrecido entregar al tesoro del rey, en pago del exterminio de los judíos. 8Dióle también copia del edicto que había sido publicado en Susa para exterminarlos, a fin de que se la enseñase a Ester y le diese cuenta de todo, y mandó a Ester presentarse al rey para pedirle gracia y rogarle por su pueblo.
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15 1Le dijo que la mandaba que entrase al rey y le pidiese gracia para el pueblo: 2«Acuérdate de los días de tu abatimiento, cuando eras criada por mi mano; porque Amán, el primero después del rey, ha hablado contra nosotros para hacernos morir. 3Invoca al Señor, y habla al rey por nosotros; líbranos de la muerte».
9 Fué Hatac y comunicó a Ester lo que le había dicho Mardoqueo.
10Ester encargó a Hatac que fuera a decir a Mardoqueo: 11«Todos los servidores del rey y todo el pueblo de las provincias del rey saben que hay una ley que castiga con pena de muerte a cualquiera, hombre o mujer, que entre al rey al atrio interior sin haber sido llamado; sólo se libra de la muerte aquél a quien el rey tiende su cetro de oro; y yo no he sido llamada por el rey desde hace treinta días».
12Cuando recibió Mardoqueo la contestación de Ester, 13mandó que le respondieran: «No vayas a creer tú que serás la única en escapar entre los judíos todos, por estar en la casa del rey; 14porque si ahora callas, y el socorro y la liberación viniera a los judíos de otra parte, tú y la casa de tu padre pereceríais. ¿Y quién sabe, si no es precisamente para un tiempo como éste, para lo que tú has llegado a la realeza?» 15Ester mandó decir a Mardoqueo: 16«Ve, y reúne a los judíos todos de Susa, y ayunad por mi, sin comer ni beber por tres días, ni de noche, ni de día. Yo también ayunaré igualmente con mis doncellas, y después iré al rey, a pesar de la ley; y si he de morir, moriré».
17Mardoqueo se fué, e hizo lo que Ester le había mandado.
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16 Este ayuno no es ayuno de luto, sino ayuno que se acompaña a la plegaria para alcanzar piedad de Dios, aunque de esto nada diga el texto expresamente. La oración que sigue en la parte griega se ajusta bien a esteconcepto.(Volver a Lectura).
13 8Y oró al Señor, haciendo memoria de todas sus obras, 9diciendo:
«Señor, Señor, Rey omnipotente, en cuyo poder se hallan todas las cosas, a quien nada podrá oponerse si quisieres salvar a Israel: 10Tú que has hecho el cielo y la tierra, y todas las maravillas que hay bajo los cielos, 11Tú eres dueño de todo, y nada hay, Señor, que pueda resistirte. 12Tú lo sabes todo; Tú sabes, Señor, que no por orgullo ni altivez, ni por vanagloria hice yo esto, de no adorar al orgulloso Aman; 13 que de buena gana besaría las huellas de sus pies por la salud de Israel;
14que yo hice esto por no poner la gloria del hombre por encima de la gloria de Dios; que no adoraré a nadie fuera de ti, mi Señor, y que obrando así no lo hago por altivez.
15Y ahora, Señor mi Dios y mi Rey, Dios de Abraham, perdona a tu pueblo, cuando ponen en nosotros los ojos para nuestra perdición, con el ansia de destruir tu antigua heredad. 16No eches en olvido ésta tu porción, que para ti rescataste de la tierra de Egipto. 17Escucha mi plegaria y muéstrate propicio a tu heredad; vuelve nuestro duelo en alegría, para que viviendo cantemos, Señor, himnos a tu nombre, y no cierres, Señor, la boca de los que te alaban».
18Y todo Israel clamó con toda su fuerza, porque tenían la muerte a la vista.
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14La reina Ester, presa de mortal angustia, acudió al Señor; 2y despojándose de sus vestidos de corte, se vistió de angustia y duelo; y en vez de los ricos perfumes, se cubrió la cabeza de polvo y ceniza, humillándose. Todo cuanto solía ella adornar por placer, lo cubrió ahora con sus cabellos.
3Y oró al Señor, Dios de Israel, diciendo: «Señor mío, tú que eres nuestro único Rey, socórreme a mí desolada, que no tengo ayuda sino en ti, 4porque se acerca el peligro. 5Desde que nací he oído en la tribu de mi familia que tú, Señor, escogiste a Israel entre todas las naciones, y a nuestros padres entre todos sus progenitores, por heredad perpetua, y que les cumpliste cuanto les habías prometido. 6Ahora nosotros hemos pecado delante de ti, y tú nos entregaste en poder de nuestros enemigos, 7en castigo de haber adorado a sus dioses. Justo eres, Señor. 8Mas ellos no se contentan con imponernos dura servidumbre, y han puesto sus manos sobre las manos de sus ídolos, 9jurando anular las promesas de tu boca borrar tu heredad, cerrar la boca, de los que te alaban, extinguir la gloria de tu casa y de tu altar, 10abrir la boca de los gentiles para celebrar las proezas de sus ídolos, y hacer que un rey de carne sea por esto ensalzado para siempre.
11No entregues, Señor, tu cetro a los que nada son, ni se rían de nuestra caída, antes bien haz que sus consejos se vuelvan contra ellos; haz para todos escarmiento al autor de esta guerra contra nosotros. 12Acuérdate de nosotros, Señor; date a conocer en el día de nuestra tribulación, y fortaléceme, Rey de los dioses, Dominador de todo poder. 13Pon en mis labios palabras apropiadas en presencia del león, y muda su corazón en odio al que nos hace la guerra, para ruina suya y de sus parciales. 14Líbrame con tu mano, y ayúdame a mí, que estoy sola y no tengo sino a ti, Señor. 15Tú lo sabes todo, y sabes por tanto cómo aborrezco la gloria de los inicuos, y detesto el lecho de los incircuncisos y de todos los extraños. 16Tú conoces que sólo por necesidad estoy donde estoy; que detesto las señales de mi gloria que llevo sobre la cabeza en los día de mi pública presentación; que las abomino como paño de menstruación, que no las llevo en mis días de retiro; 17que no ha participado tu sierva de la mesa de Amán, ni aprecio los banquetes del rey, ni bebo el vino de las libaciones; 18que no ha tenido tu sierva día alegre desde el día de su encumbramiento hasta hoy sino en ti, Señor, Dios de Abraham. 19¡Oh Dios! sobre todos fuerte, oye la voz de los desamparados, y líbrame del poder de los perversos, líbrame a mí de todo mal».
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Intervención de Ester
15 4El día tercero, así que acabó su oración, se despojó de sus hábitos de penitencia y se vistió de gala. 5Y así, espléndidamente aderezada, e invocando a su Dios y Salvador, testigo de todas las cosas humanas, tomó a dos de sus siervas, 6apoyándose en una de ellas, como quien no puede de puro delicada sostenerse, 7mientras la otra la seguía, llevando la cola de su manto. 8Aparecía enteramente hermosa, el rostro sonrosado, alegre y como encendido de amor, mas el corazón oprimido por el miedo. 9Y atravesando todas las puertas, se detuvo delante del rey.
Hallábase éste sentado en su trono, vestido con todo el aparato de su majestad, cubierto de oro y piedras preciosas, y aparecía en gran manera terrible. 10Levantando el rostro radiante de majestad, en el colmo de su ira, dirigió su mirada, y al punto la reina se desmayó, y demudado el rostro, se dejó caer sobre la sierva que la acompañaba. 11Pero mudó Dios el espíritu del rey en mansedumbre, y asustado, se levantó de su trono y la puso sobre sus rodillas, hasta que ella volvió en sí. La consolaba con blandas palabras, 12diciendo: «¿Qué es esto, Ester? Yo soy tu hermano, cobra ánimo. 13No, no morirás, que mi mandato es para el común de las gentes. 14Acércate». 15Y tomando el cetro de oro, la tocó en el cuello y la besó, diciendo: «Háblame». 16Ella le dijo: «Te vi, señor, como a un ángel de Dios, y mi corazón quedó turbado ante el temor de tu majestad, 17pues eres, señor, admirable, y tu rostro está lleno de dignidad». 18 Y mientras hablaba, volvió a caer desmayada. 18Turbóse el rey, y toda la servidumbre la atendía.
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17 Los ángeles de Dios que asisten en su presencia, participan en algo de su majestad, como Moisés al bajar del monte venia irradiando claridad. Por esto Ester se turba, al ver al rey «como un ángel de Dios».(Volver a Lectura).
5 1Al tercer día, Ester se vistió sus vestiduras reales y se presentó en el atrio interior de la casa, delante del aposento del rey. Estaba éste sentado en su real trono, en el palacio real, enfrente de la entrada; 2y cuando vió a la reina Ester en pie, en el atrio, halló ésta gracia a sus ojos, y tendió sobre ella el rey el cetro de oro que tenía en su mano, 3y le dijo: «¿Qué tienes, reina Ester, y qué es lo que quieres? Aunque fuera la mitad de mi reino, te sería otorgada». 4Ester respondió: «Si al rey le complace, que venga hoy el rey, con Aman, a un festín que yo le he preparado». 5El rey dijo: «Id a llamar a Amán, como lo desea Ester».
Fué el rey con Amán al festín que había preparado Ester; y mientras se bebía el vino, 6dijo el rey a Ester: «¿Qué es lo que pides? Todo te será concedido. ¿Qué deseas? Aunque fuera la mitad de mi reino, la tendrías». 7Ester respondió: «He aquí lo que pido y lo que deseo:
8Si he hallado yo gracia a los ojos del rey, y si place al rey concederme mi petición y satisfacer mi deseo, que vuelva el rey con Amán al banquete que yo les prepararé, y mañana yo daré la respuesta al rey según su mandato». 9Amán salió aquel día gozoso, y lleno de contento el corazón; pero cuando vió a la puerta del rey a Mardoqueo, que no se levantó ni se movió a su paso, se llenó de ira contra Mardoqueo. 10Supo, sin embargo, contenerse, y se fué a su casa. Luego mandó a buscar a sus amigos y a Zeres, su mujer; 11y Amán les habló de la grandeza de sus riquezas, del número de sus hijos, de todo cuanto había hecho el rey para engrandecerle, dándole el primer lugar, por encima de los jefes y los servidores del rey. 12Y añadió: «Sólo a mí también ha invitado la reina Ester al banquete que ha dado al rey, y me ha invitado además para mañana en su casa, con el rey. 13Pero todo esto no es nada para mí, mientras vea a Mardoqueo, el judío, sentado a la puerta del rey». 14Zeres, su mujer, y todos sus amigos, le dijeron: «Prepara una horca de cincuenta codos de alta, y mañana por la mañana pide al rey que sea colgado en ella Mardoqueo, y luego te irás satisfecho al festín con el rey». Agradó a Amán el consejo, y mandó preparar la horca.
Escuchar el Capítulo 5
8 La invitación de Amán al banquete parece tener por fin hacer más grande su ruina.(Volver a Lectura).
Honores concedidos a Mardoqueo y humillación de Amán
6 1Aquella noche, no pudiendo el rey conciliar el sueño, hizo que le llevaran el libro de los anales y las crónicas; y leyéndolas ante el rey, 2hallóse escrito lo que había revelado Mardoqueo, descubriendo que Bigtán y Teres, los dos eunucos del rey, guardas del atrio, habían querido llevar su mano sobre el rey Asuero. 3El rey preguntó: «¿Qué honores y distinciones se han concedido por esto a Mardoqueo?» «Ninguna ha recibido», respondieron los servidores. 4Entonces dijo el rey: «¿Quién está en el atrio?» Amán había venido al atrio exterior de la casa, para pedir al rey que mandara colgar a Mardoqueo de la horca que le había preparado. 5Los servidores le respondieron: «Ahí está Amán, en el atrio». Y dijo el rey: «Que entre». 6Entró Amán, y el rey le dijo: «¿Qué ha de hacerse con aquel a quien el rey quiere honrar?» Amán se dijo a sí mismo: ¿A quién otro ha de querer honrar el rey? 7Y contestó: «Para honrar a quien el rey quiera honrar, 8habrán de tomarse las vestiduras reales que se viste el rey, y el caballo en que el rey cabalga, y la corona real que ciñe su cabeza, 9y dar el vestido, el caballo y la corona a uno de los más nobles príncipes del rey, para que vistan a aquél a quien el rey quiere honrar, y llevándole en el caballo por la plaza de la ciudad, vayan pregonando ante él: Así se hace con el hombre a quien el rey quiere honrar».
10El rey dijo a Amán: «Coge luego el vestido y el caballo, como has dicho y haz eso con Mardoqueo, el judío, que se sienta a la puerta del rey. No omitas nada de cuanto has dicho». 11Cogió Amán el vestido y el caballo, vistió a Mardoqueo, y le paseó a caballo por la plaza de la ciudad, gritando delante de él: «Así se hace con el hombre a quien el rey quiere honrar».
12Volvióse Mardoqueo a la puerta del rey, y Amán se fué corriendo a su casa, desolado y cubierta la cabeza. 13Contó Amán a Zeres, su mujer, y a todos sus amigos todo lo que le había sucedido; y sus sabios y Zeres, su mujer, le dijeron: «Si el Mardoqueo ese, delante del cual has comenzado a caer, es de la raza de los judíos, no le vencerás, antes de cierto sucumbirás ante él». 14Y cuando todavía estaba ella hablando, vinieron los eunucos del rey y se llevaron apresuradamente a Amán al festín que Ester había preparado.
Escuchar el Capítulo 6
11 Este acto de justicia con Mardoqueo es el augurio de la caída del orgulloso ministro.(Volver a Lectura).
Amán, acusado por Ester, es condenado a muerte
7 1Fueron el rey y Amán al banquete a casa de Ester. 2El segundo día dijo el rey a Ester otra vez, mientras bebía el vino: «¿Cuál es tu petición, reina Ester? Te será concedida. ¿Qué es lo que deseas? Aunque fuera la mitad de mi reino la tendrías». 3La reina Ester respondió: «Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!, y si el rey lo cree bueno, concédeme la vida mía: he ahí mi petición, y salva a mi pueblo: he ahí mi deseo. 4Porque estamos vendidos yo y mi pueblo, para ser exterminados, degollados, aniquilados. Si siquiera fuéramos vendidos por esclavos y siervos, me callaría, aunque no compensaría el enemigo al rey el perjuicio que le haría». 5Tomó el rey Asuero la palabra, y dijo a la reina Ester: «¿Quién es y dónde está el que eso se propone hacer?» 6Y Ester le respondió: «El opresor, el enemigo, es Amán, ese malvado».
Amán se sobrecogió de terror ante el rey y la reina. El rey, en su ira, se levantó y se salió del banquete, para ir al jardín del palacio, y Amán se quedó para pedir la gracia de la vida a la reina Ester, porque veía bien que su pérdida estaba resuelta en el ánimo del rey.
8Cuando volvió el rey del jardín del palacio a la sala del banquete, vió a Amán, que se había precipitado hacia el lecho sobre el cual estaba Ester, y dijo: «¡Qué! ¿Será que pretende también hacer violencia a la reina en mi casa, en el palacio?» En cuanto salieron estas palabras de la boca del rey, cubrieron el rostro de Amán; 9y Harbona, uno de los eunucos, dijo en presencia del rey: «En casa de Amán hay una horca, alta de cincuenta codos, que Amán ha preparado para Mardoqueo, el que habló para bien del rey». El rey dijo: «Que cuelguen de ella a Amán». 10Y fué colgado Amán de la horca que él había preparado para Mardoqueo, y se aplacó la ira del rey.
Escuchar el Capítulo 7
10 La horca que Amán habla preparado para Mardoqueo, para él mismo sirvió. La justicia de Dios resalta en este detalle.(Volver a Lectura).
Edicto en favor de los judíos
8 1Aquel mismo día, el rey Asuero dió a Ester la casa de Amán, el enemigo de los judíos; y Mardoqueo fué presentado al rey, pues le había dado a conocer Ester el parentesco que a él la unía. 2Quitóse el rey su anillo, que había retirado a Amán, y se lo dio a Mardoqueo. Ester, por su parte, estableció a Mardoqueo en la casa de Amán. 3Volvió después a hablar Ester al rey, y echándose a sus pies, llorando, le suplicó impidiera los efectos de la maldad de Amán, agagita, y la realización de sus proyectos contra los judíos. 4El rey tendió a Ester el cetro de oro, y ésta se levantó, quedándose en pie delante del rey, 5y le dijo: «Si al rey le parece bien, y si he hallado yo gracia a sus ojos, que se escriba para revocar las cartas inspiradas por Amán, hijo de Hamedatán, agagita, y escritas por él para exterminar a los judíos que hay en todas las provincias del rey; 6porque ¿cómo podría yo ver que el infortunio alcanzara a mi pueblo? ¿Cómo podría ver el exterminio de mi raza?»
7El rey Asuero dijo a la reina Ester y al judío Mardoqueo: «Yo he dado a Ester la casa de Amán, y él ha sido colgado de la horca por haber extendido su mano contra los judíos.
8Escribid, pues, en favor de los judíos lo que bien os parezca, en nombre del rey, y selladlo con el anillo del rey, porque edicto escrito en nombre del rey y sellado con el anillo del rey no puede ser revocado».
9Fueron entonces llamados los secretarios de rey, el día veintitrés del mes tercero, que es el mes de Siván; y se escribió conforme a lo que fué ordenado por Mardoqueo, a los judíos, a los sátrapas, a los gobernadores y a los jefes de las ciento veintisiete provincias, desde la Judea a la Etiopía, a cada provincia según su escritura y a cada pueblo según su lengua, y a los judíos según su escritura y su lengua. 10Se escribió en nombre del rey Asuero, y se selló con el anillo del rey. Enviáronse las cartas por correos montados en caballos, y en mulos nacidos de asnas. 11Se daba a los judíos, en cualquiera ciudad en que estuviesen, permiso para reunirse y defender su vida, y de destruir, matar y exterminar a todos aquellos, con sus niños y mujeres, de cada pueblo y de cada provincia, que tomaran las armas para atacarlos, y de dar sus bienes al pillaje; 12y esto en un solo día, en todas las provincias del rey Asuero el día trece del duodécimo mes, que es el mes de Adar. 13Estas cartas contenían una copia del edicto que había de publicarse en cada provincia, e informaban a todos los pueblos de que los judíos estarían aquel día prestos a vengarse de sus enemigos.
Escuchar el Capítulo 8
Copia del edicto en favor de los judíos
16 1La copia de la carta es como sigue:
«Artajerjes, rey grande, a los gobernadores de las regiones de las ciento veintisiete satrapías desde la India hasta la Etiopia, y a cuantos entiendan en nuestros negocios, salud. 2Muchos, después de haber recibido honores singulares de la extremada bondad de sus bienhechores, aspiran a cosas más altas, 3y no sólo tratan de oprimir a nuestros súbditos, sino que, incapaces de sostener el peso de su dignidad, conspiran hasta contra el que se la confirió. 4Y no sólo destierran de entre los hombres la gratitud, sino que, hinchados con el fausto de su inesperada prosperidad, procuran escapar a la justicia vengadora de Dios, perpetuo testigo de todas las cosas. 5Con frecuencia a muchos de los constituídos en la suprema autoridad, la falaz adulación de aquellos a quienes encomendaron la dirección de los negocios los hace cómplices de sangre inocente y les causa irremediables males, 6engañando con la mentirosa astucia de su malignidad la noble sencillez de los soberanos. 7Esto podemos comprobarlo, no tanto por las historias antiguas, según dejamos indicado, cuanto por el examen de sucesos que tenéis a la vista, hechos impíamente consumados por la peste de los indignos gobernantes. 8Por eso es preciso proveer para lo futuro, procurando con la paz un reino tranquilo a todos los hombres, 9realizando los cambios necesarios, y juzgando siempre con equidad los negocios que se ofrecieren».
10«Vosotros sabéis, cómo Amán, hijo de Amadata, macedonio, enteramente extraño a la sangre los persas y sobremanera desconocedor de nuestra bondad, por mí acogido hospitalariamente, 11alcanzó la benevolencia que usamos con todas las naciones, en tanto grado, que fuese apellidado nuestro padre y venerado por todos como poseedor de la segunda dignidad del trono real.
12E incapaz de llevar el peso de tanta grandeza, intentó privarme del reino y de la vida, 13y con toda suerte de maliciosos engaños trató de perder a mi salvador y bienhechor constante y a la irreprochable compañera del reino, Ester, con toda su nación. 14Así pensaba él aislarnos y pasar a los macedonios el imperio de los persas».
15«Pero hemos averiguado que los judíos, entregados a la muerte por este consumado criminal, no son malhechores, antes se gobiernan por leyes santísimas, 16que son hijos del altísimo, sumo y viviente Dios, que conserva el reino en el mejor estado en favor nuestro, como de nuestros predecesores; 17por esto haréis bien en no prestar atención a las cartas remitidas por Amán, hijo de Amadata, 18por cuanto el autor de ellas ha sido crucificado a las puertas de Susa, con toda su casa, habiéndole dado sin tardanza su merecido castigo el Dios omnipotente».
19«La copia de esta carta haréis publicarla en todas partes, para que sea permitido a los judíos vivir según sus leyes, 20y les prestaréis apoyo para que puedan rechazar a los que en el día de la tribulación les ataquen, el día trece del mes duodécimo, de Adar; 21pues el Dios que todo lo domina, ha convertido en día de alegría el que estaba señalado para ruina de la nación escogida».
22«Vosotros, pues, celebraréis con todo regocijo, como una de vuestras festividades, el día señalado, 23para que ahora y en lo futuro sea día de salud para vosotros y para todos los leales a los persas, y para los que maquinaban contra vosotros sea de infausta memoria. 24Y toda ciudad o región en general que esto no cumpliere, sea inexorablemente destruida por el hierro y el fuego, y hecha inaccesible no sólo a los hombres, sino también a las fieras y a las aves, y por siempre odiosa».
Escuchar el Capítulo 16
16 He aquí el supremo elogio de Israel, puesto en boca del rey. Sus leyes son santísimas y ellos hijos del Altísimo, sumo y viviente Dios y conservador del reino.(Volver a Lectura).
21 Después de anular los edictos primeros, se manda prestar ayuda a los judíos para rechazar los ataques enemigos.(Volver a Lectura).
8 14Los correos, montados en caballos y mulos, partieron enseguida con toda prisa, según la orden del rey. El edicto fué publicado también en Susa, la capital. 15Mardoqueo salió de la casa del rey, vestido con un vestido real azul y blanco, con una gran corona y un manto de lino y de púrpura.
16Hubo para los judíos, luz y alegría, gozo y honra. La ciudad de Susa lanzaba gritos de regocijo, 17y en cada provincia y cada ciudad, por dondequiera que llegaron la orden del rey y su edicto, hubo entre los judíos gozo y regocijo, banquetes y fiestas; y muchas de las gentes de los pueblos de las regiones se hicieron judíos, porque se había apoderado de ellos el temor a los judíos.
Escuchar el Capítulo 8
Venganza de los judíos
9 1Al duodécimo mes, que es el mes de Adar, el día trece del mes, el día en que había de cumplirse el edicto del rey, y en que los enemigos de los judíos habían pensado dominarlos, fué lo contrario lo que sucedió, y los judíos dominaron a sus enemigos. 2Reuniéronse los judíos en sus ciudades, en todas las provincias del rey Asuero, para poner la mano sobre todos aquellos que buscaban su perdición; y nadie pudo resistirlos, porque el temor de ellos se había apoderado de todos los pueblos. 3Y todos los jefes de las provincias, los sátrapas y los funcionarios del rey, apoyaron a los judíos, por el temor que les inspiraba Mardoqueo; 4pues era Mardoqueo poderoso en la casa del rey, y su fama se esparció por todas las provincias, porque se hacía de día en día más poderoso.
5Los judíos hirieron a espada a todos sus enemigos, los mataron y los hicieron perecer, y trataron como quisieron a los que les eran hostiles. 6En Susa, la capital, mataron los judíos, haciéndolos perecer, a quinientos hombres, 7y degollaron a Parsandata, Dalfon, Asfata, 8Porata, Adalía, Aridata, 9Parmasta, Arisai, Aridai y Jezata, 10los diez hijos de Aman, hijo de Amedata, el enemigo de los judíos, pero estos no se dieron al pillaje.
11Llegó aquel día a conocimiento del rey el número de los muertos en Susa, la capital; 12y el rey dijo a Ester: «Los judíos han matado y hecho perecer en Susa, la capital, a quinientos hombres y a los diez hijos de Amán. ¿Qué habrán hecho en el resto de las provincias del rey? ¿Qué más pides? ¿Qué más quieres? Se te concederá, lo tendrás». 13Ester respondió: «Si al rey le parece bien, que les sea permitido a los judíos de Susa obrar también mañana conforme al edicto de hoy, y que se cuelgue en la horca a los diez hijos de Amán». 14El rey mandó que así se hiciera, y se publicó el edicto en Susa. 15Los judíos de Susa se reunieron de nuevo el día catorce del mes de Adar, y mataron en Susa a trescientos hombres, pero tampoco se dieron al pillaje.
1618 Los otros judíos que había en las provincias del rey se reunieron y defendieron su vida; y se procuraron reposo, librándose de sus enemigos, y mataron a setenta y cinco mil, pero no se dieron al pillaje.
17Esto sucedió el día trece del mes de Adar. Los judíos se aquietaron el catorce, haciendo de él un día de banquetes y regocijo. 18Los que había en Susa, que se habían reunido el trece y el catorce, se aquietaron el quince, naciendo de él un día de banquetes y regocijo.
19Por eso los judíos del campo, que habitan ciudades no amuralladas, hacen del día catorce del mes de Adar un día de banquete y de fiesta, en que se mandan presentes los unos a los otros.
La fiesta de los «purim»
20Mardoqueo escribió estas cosas y envió cartas a los judíos de todas las provincias del rey Asuero, cercanas,y lejanas, 21mandándoles celebrar todos los años el día catorce y el quince del mes de Adar, 22como días en que habían obtenido el reposo, librándose de sus enemigos, y celebrar el mes en que su tristeza habíase convertido en alegría y su desolación en regocijo; y hacer de estos días, días de festín y de alegría, en que se mandan presentes los unos a los otros y se distribuyen dones a los indigentes. 23Los judíos se comprometieron a hacer lo que ya habían comenzado y les mandaba Mardoqueo; 24porque Amán, hijo de Hamadata, agagita, enemigo de todos los judíos, había concebido el proyecto de exterminarlos y había echado el pur, es decir, la suerte, para matarlos y exterminarlos; 25pero habiéndose presentado Ester al rey, mandó el rey por escrito hacer recaer sobre la cabeza de Amán el maligno proyecto que él había hecho contra los judíos, y le colgó de la horca, a él y a sus hijos. 26Por eso se llaman estos días purim, del nombre de pur.
Conforme al contenido de esta carta, según lo que ellos mismos habían visto y les había sucedido, 27los judíos tomaron por ellos, por su descendencia y por todos aquellos que a ellos se unieran, la resolución y el compromiso irrevocable de celebrar cada año estos dos días, al modo y al tiempo prescritos. 28Estos días habían de ser recordados y celebrados de generación en generación, en cada familia, en cada provincia y en cada ciudad; y estos días de purim no habían de ser jamás abolidos entre los judíos, ni borrado su recuerdo entre sus descendientes.
29La reina Ester, hija de Abigail, y el judío Mardoqueo, escribieron con instancia a los judíos, por segunda vez, para confirmar la carta acerca de los purim; 30y se mandaron cartas a todos los judíos, a las ciento veintisiete provincias del rey Asuero. Contenían palabras de paz y fidelidad, prescribiendo los días de purim, al tiempo fijado, 31como el judío Mardoqueo y la reina Ester los habían establecido, para ellos y para toda su posteridad, con ocasión de su ayuno y sus clamores. 32Así, la orden de Ester confirmó la institución de los purim, y esto fué escrito en el libro.
Escuchar el Capítulo 9
1 Este capítulo es el más duro de todo el relato. Parece que los judíos no se limitaron a defenderse de sus enemigos, como el edicto anterior decía, sino que pasaron a la ofensiva y por su mano ejercieron la justicia contra los que habían tenido el propósito de darles muerte. Cuanto a las cifras, tal vez ocurre con ellas lo que con tantas otras de la Escritura, que están alteradas.(Volver a Lectura).
26 Esta fiesta de los Purim o de las suertes, llamada también de Mardoqueo, era un testimonio permanente de la historicidad de este libro.(Volver a Lectura).
10 1Y dijo Mardoqueo: «Del Señor viene esto. 2Recuerdo, en efecto, el sueño que acerca de estos sucesos tuve, de los cuales ninguno ha quedado sin cumplimiento. 3La fuentecilla que se convirtió en río de muchas aguas, y la lucecita convertida en sol».
«El río es Ester, a quien el rey tomó por esposa, haciéndola reina. 4Los dos dragones éramos yo y Amán; 5y las naciones son las que se juntaron para acabar con el nombre judío. 6Mi pueblo es este mismo Israel, los que clamaron a Dios y fueron salvos. Salvó el Señor a su pueblo, y nos sacó de todos estos males, haciendo señales y prodigios grandes, cuales no se vieron entre las naciones. 7Por esto estableció dos suertes, una para el pueblo de Dios, y otra para todas las otras naciones. 8Y estas dos suertes han llegado a su hora y tiempo, es decir, en el día del juicio delante de Dios. 9Y se acordó el Señor de su pueblo, y salió por la causa de su heredad.
10Por esto serán celebrados por ellos estos días en el mes de Adar, los días catorce y quince del mes, con grande concurso, alegría y exaltación, delante de Dios, de generación en generación para siempre, en el pueblo de Israel».
Subscripción
El año cuarto del reinado de Tolomeo y Cleopatra, Dositeo, que se decía sacerdote y levita, y Tolomeo, su hijo, trajeron la presente epístola sobre los Purim, que dicen ser auténtica, y haber sido traducida por Lisímaco, el de Tolomeo, vecino de Jerusalén.
Escuchar el Capítulo 10
3 Este párrafo se corresponde con el sueño referido al principio y nos da el sentido del libro que Dios sale por la causa de su pueblo, defendiéndole contra los impíos.(Volver a Lectura).
10 1El rey Asuero impuso un tributo a la tierra y a las islas del mar. 2Todos los hechos concernientes a su poderío y sus hazañas, y los pormenores de la grandeza a que elevó a Mardoqueo, ¿no están contenidos en el libro de las crónicas de los reyes de los medos y de los persas?
3Pues el judío Mardoqueo era el primero después del rey Asuero, muy considerado entre los judíos y amado de la muchedumbre de sus hermanos; buscó el bien de su pueblo y habló para el bien de su raza.
Escuchar el Capítulo 10