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Judit

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Judit





Recibe el libro su nombre de la heroína que es el personaje principal de la obra. El argumento sería un episodio importante de la historia de las naciones orientales, y principalmente del pueblo israelita. Un rey de Nínive, capital del imperio asirio, por nombre Nabucodonosor, siente ansias de ser reconocido, no sólo por soberano, sino también como dios, y por dios único de todos los pueblos. Para lograr su propósito empieza por dirigir un mensaje, que es a la vez ultimátum. Es el mensaje rechazado, y se viene entonces a los medios de fuerza. Lograda la victoria contra un cierto Arfacsad, rey de Media, el primer general de los ejércitos asirios, Holofernes, se pone al frente de ciento veinte mil infantes, doce mil caballos, mas un ejército numeroso de tropas auxiliares que se le van agregando, con el encargo de someter el resto de las naciones a la obediencia y culto de Nabucodonosor. Y, en efecto, la expedición, aunque geográficamente nada clara, procede con gran éxito hasta venir a enfrentarse con Irsael por el norte de la región de Samaría.

Hacía poco que el pueblo de Dios había vuelto del cautiverio y había restaurado la ciudad de Jerusalén con su santuario y repoblado el resto de la tierra. La nación samaritana no parece existir. Vive el pueblo tranquilo, bajo el gobierno del sumo sacerdote y de un senado de ancianos (gueraria), muy confiados en la prolección del Señor, por la fiel observancia de su alianza. El ataque, de los asirios se dirige contra la ciudad de Betulia ( Betilina ), que a pesar de los detalles que se dan en 4, 4-8, no se ha logrado identificar. Más de un mes resiste el asedio de tan poderoso ejército; hasta que Judit sale de la ciudad, engaña al generalísimo asirio y le da muerte, causando la dispersión de todas sus fuerzas.

Los exégelas encuentran dificultades para encuadrar los episodios narrados en este libro en la historia general de los pueblos orientales. Algunos los colocan en tiempos ne Asurbanípal, otros en los de Artajerjes o en los de Epijanes.
Tampoco están del todo conformes, aun los católicos, en determinar el género literario de este librito; asunto que debe resolverse en conformidad con la luminosa doctrina expresada en la citada Encíclica de Pío XII, Divino Afflante Spiritu, empezando por resolver el problema crítico de la conservación del texto primitivo.

En la conducta de Judit hay cosas que la moral cristiana no justifica. Santo Tomás dice de ellas: «Se recomiendan algunos en la Sagrada Escritura, no por la perfección de su virtud, sino por cierta índole virtuosa, es decir, por cierto afecto laudable, los que movía a ejercitar cosas ilícitas. Así es alabada Judit, no por haber mentido a Holofernes, sino por el afecto que a ello la indujo, es decir, el amor a su pueblo, por el cual se expuso al peligro (Sum. Theol. II, II, q. 110 a. 3 ad 3).
Del autor del libro nada podemos afirmar, sino que era un judio, conocedor de las Escrituras, lleno de fe en los destinos de su nación, devoto de la ley, que escribió en hebreo o arameo, hacia el fin del judaismo, un siglo o dos antes de Jesucristo.

Se desconoce el texto original, y las versiones que nos quedan se dividen en dos grupos. Forman el primero los diversos códices de la versión griega, la antigua ítala y la versión siriaca, de la griega derivadas. El segundo grupo lo forma la versión de San Jerónimo, que tenemos en la Vulgata, de la cual dice el autor en su carta-prólogo: «Al hacer este trabajillo he traducido más bien sentido de sentido que de la palabra la palabra. He prescindido de las numerosas divergencias de los códices, dando en latín sólo aquello que del texto caldeo logré sacar en limpio. Resulta, pues, que la versión del santo Doctor está hecha de los textos árameos en la forma que él mismo dice. Para la nuestra hemos tomado por base el texto griego, publicado en la edición que Sixto V hizo de los LXX.
(Cfr. Intr. Gral.)

SUMARIO


Arfacsad, rey de Ecbatana

1 1Era el año duodécimo del reinado de Nabucodonosor, que reinó sobre los asirios en la gran ciudad de Ninive, en los días de Arfacsad, que reinó sobre los medos en Ecbatana, 2a la que rodeó de un muro construido de piedras labradas, de tres codos de ancho y seis de largo, siendo la altura del muro de setenta codos y de cincuenta su anchura. 3Levantó también torres en las puertas, hasta la altura de cien codos, y el ancho de sus cimientos era de sesenta codos. 4Construyó sus puertas, que se levantaban hasta setenta codos, siendo su ancho de cuarenta, para dar paso a sus fuerzas poderosas y a la muchedumbre de sus infantes.


Mensaje de Nabucodonosor a las naciones y guerra contra Arfacsad

5En aquellos días combatió Nabucodonosor contra Arfacsad en la gran planicie, esto es, en los confines de Ragáu. 6Le habían salido al paso todos los habitantes de la montaña, todos los ribereños del Eufrates, del Tigris y del Hidaspes; y en la llanura de Arioc, el rey de los Elamitas y muchísimos pueblos se juntaron para hacer frente a los hijos de Jeleal, (caldeos).

7Después mandó sus fuerzas Nabucodonosor, rey de los asirios, contra Persia, contra todos los habitantes del Occidente, contra Cilicia, Damasco, el Líbano y el Antillbano, contra cuantos moran en la costa del mar, 8contra los del Carmelo, contra Galaad, Galilea la alta, contra la gran llanura de Esdrelón, 9y los moradores de Samaría y sus ciudades, contra el otro lado del Jordán hasta Jerusalén, Betona, Quelos, Cades, contra el río de Egipto, Tafnis, Rameses y toda la tierra de Guesen, 10hasta por encima de Tafnis y de Menfis, y todo Egipto hasta los confines de Etiopía. 11Despreciaron todos los moradores de la tierra el mensaje de Nabucodonosor, rey de los asirios, y se aprestaron para hacerle la guerra, porque no le temían, pues era a sus ojos como un hombre cualquiera. 12Se irritó grandemente Nabucodonosor contra todas estas gentes, y juró por su trono y por su señorío que tomaría venganza de todos los confines de Cilicia y de Damasco y de Siria, y que aniquilaría con su espada a todos los moradores de Moab, y a los hijos de Ammón y a toda la Judea y a todos los que moran en Egipto, hasta los confines de los dos mares.
13Había puesto en movimiento sus fuerzas contra el rey Arfacsad, en el año diecisiete; le venció en batalla campal y aniquiló todo el poder de Arfacsad, toda su caballería y todos sus carros, 14y se apoderó de sus ciudades, llegando hasta Ecbatana, haciéndose dueño de sus torres y devastando sus calles y convirtiendo en oprobio toda su belleza. 15Se apoderó de Arfacsad en las montañas de Ragáu, y le atravesó con sus propias armas y acabó con él. 16Vuelto Nabucodonosor a Nínive con todo su ejército y con todos los que se le habían unido, muchedumbre incontable de guerreros, descansó allí y banqueteó con su ejército por espacio de ciento veinte días.


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  • 1 El nombre de Nabucodonosor era bien conocido de los judíos, y todos sabían que había sido rey de Babilonia. Sería posible que el texto primitivo pusiera Babilonia en vez de Nínive. Sin embargo, el texto habla siempre de «asirios».(Volver a Lectura).

  • 2 Ecbatana era, en efecto, la capital del reino de los medos y, más tarde, residencia de estío de los reyes de Persia. Cuanto a su rey Arfacsad, es desconocido en la historia.(Volver a Lectura).




Guerra contra las naciones

2 1El año dieciocho, el veintidós del primer mes, corrió la voz en el palacio de Nabucodonosor, rey de los asirios, de que iba a tomar venganza de toda la tierra, como lo había dicho. 2Llamó a todos sus oficiales y a todos sus grandes, y confirió concilos sus secretos planes, resolviendo poner en ejecución toda la maldad que había proferido su boca contra la tierra. 3Fueron de parecer que se destruyese a cuantos no se sometieran a los decretos del rey. 4Terminado el consejo, llamó Nabucodonosor, rey de los asirios, a Holofernes, general de su ejército, que era el segundo después de él, y le dijo:
5«Esto ordena el rey grande, el Señor de toda la tierra: En saliendo de mi presencia, tomarás contigo hombres que confíen en sus fuerzas; de infantes hasta ciento veinte mil, y caballos con sus jinetes, doce mil; 6e invadirás toda la tierra del Occidente, por haber desobedecido la orden de mi boca. 7Les intimarás que me preparen la tierra y el agua, porque en mi furor saldré contra ellos y cubriré toda la haz de la tierra con los pies de mis soldados, y se la entregaré al saqueo; 8y sus heridos llenarán los barrancos y los torrentes, y el río se desbordará lleno de sus muertos; 9y conduciré sus cautivos hasta los extremos confines de la tierra. 10Empezarás por ocupar todo su territorio, y como se te rendirán, me los reservas para el día de su castigo. 11Mas para los rebeldes no haya perdón, sean entregados a la muerte, y al saqueo toda su tierra. 12Por mi vida y por la fuerza de mi imperio, que cuanto dije lo ejecutan: por mi mano. No dejes de cumplir ni una palabra de tu señor, antes las ejecutarás exactamente, según te lo ordeno y sin dilación».
13Partió Holofernes de la presencia de su señor, y tomó consigo a todos los magnates, generales y capitanes del ejército asirio;

14pasó revista a las tropas escogidas para la guerra, según le había ordenado su señor, hasta ciento veinte mil infantes y doce mil arqueros a caballo, y los ordenó como se ordena la muchedumbre guerrera. 15Tomó, además, camellos, asnos y mulos, para la impedimenta, en cantidad muy grande; ovejas, bueyes y cabras, para su aprovisionamiento, y vituallas en cantidad para toda la gente, y asimismo mucho oro y plata del tesoro del rey.
16Luego se puso en marcha con todo su ejército; y adelantándose al rey Nabucodonosor, cubrió toda la haz de la tierra, hacia el Occidente, con sus carros, jinetes e infantes escogidos, y una abigarrada muchedumbre como la langosta, incontable como el polvo de la tierra, que se les agregó. 17Partieron de Nínive, caminando durante tres días por la llanura de Bectelet y asentó su campamento, desde Bectelet hasta cerca de la montaña, a la derecha de la Cilicia superior.
18Y tomando todo su ejército, sus infantes, sus jinetes y sus carros, partió de allí en dirección a la montaña. 19Rompió por Put y Lud, devastó a los hijos de Rarses y a los de Ismael, que habitan los linderos del desierto, hacia el mediodía de los Quelos. 20Pasó el Eufrates; y atravesando la Mesopotamia, tomó por asalto todas las ciudades fuertes del torrente Abrona, hasta el mar. 21Se apoderó de todo el territorio de Cilicia, derrotando a cuantos se le opusieron, y llegó hasta los confines de Jafet, por la parte del mediodía, enfrente de la Arabia. 22Cercó a todos los hijos de Madián, dió al fuego sus tiendas y saqueó sus apriscos. 23Descendió luego al territorio de Damasco, en los días de la recolección del trigo, incendió todos los campos, destruyó sus rebaños y vacadas, saqueó sus ciudades, asoló sus campiñas, e hirió toda su juventud al filo de la espada. 24Temor y temblor se apoderó de toda la costa, de los moradores de Sidón y de Tiro, y de los habitantes de Acco. Los habitantes de Azoto y Ascalón se llenaron asimismo de miedo.


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  • 5 El rey grande y Señor de toda la tierra», palabras del Sal 47,3.(Volver a Lectura).

  • 13 Holofernes pudiera ser la forma griega del persa Horofernes. Se conoce un rey de Capadocia de este nombre del siglo II a. de C.(Volver a Lectura).

  • 24 Tal vez a causa de la deficiencia del texto en la conservación de los nombres propios no es posible precisar la dirección seguida por el ejército invasor. Sin embargo, como lo que más interesa el autor es la Judea, nos lo muestra desde el principio camino de su destino.(Volver a Lectura).




3 1Y le enviaron mensajeros con propuestas de paz, diciendo: «Mira, nosotros somos siervos del rey grande Nabucodonosor, nos postramos en tu presencia, para que hagas con nosotros según tu arbitrio. 2Nuestras majadas y todos nuestros trigales, nuestros rebaños y vacadas, y los apriscos de nuestros ganados, todo está a tu disposición, dispón de todo según te plazca. 3Y nuestras ciudades con sus moradores, siervos tuyos son; Ven y haz con ellos como bien te parezca». 4Llegados los hombres a Holofernes, le hablaron en esta forma.

5Descendió él con su ejército a la costa y puso guarniciones en las ciudades fuertes, y de ellas enroló en su ejército gente escogida. 6Toda la región le recibió con coronas, danzas y panderos. 7Devastó todo su territorio y taló sus bosques sagrados, y ordenó destruir todos los dioses de aquella tierra, para que sólo a Nabucodonosor adorasen todas las naciones, y le invocaran como a dios todas las lenguas y todas las tribus. 8 Llegado al llano de Esdrelón, cerca de Dotan, frente a la gran llanura de Judá, asentó su campo entre Gaba y Escitópolis, donde permaneció un mes esperando toda la impedimenta de su ejército.


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  • 1 El autor hace resaltar el temor y el servilismo de los pueblos gentiles, que a todo se acomodan en contraposición a Israel, que, confiado en su Dios, resiste hasta lograr la humillación del invasor.(Volver a Lectura).




Llega la guerra a Judá

4 1Así que los hijos de Israel que moraban en Judá oyeron todo cuanto había hecho a los gentiles Holofernes, general en jefe del ejército de Nabucodonosor, rey de los asirios,y cómo había saqueado todos los templos y los había destruido, 2sintieron grandísimo miedo y se turbaron por Jerusalén y por el templo del Señor, su Dios; 3pues recientemente habían subido de la cautividad, y hacía poco que se había reunido todo el pueblo de Judea, y el mobiliario y el altar y la casa habían sido santificados después de su profanación. 4Enviaron, pues, a toda la región de Samaría, y sus aldeas, Betorón, Belmaisi, Jericó, Joba, Aisora y el valle de Solum: 5y ocuparon todas las cimas de los montes altos y amurallaron sus aldeas, y se aprovisionaron de vituallas en previsión de la guerra, pues recientemente habían recogido la cosecha de sus campos.
6Escribió Joaquim, que por aquellos días era sumo sacerdote en Jerusalén, a los moradores de Betulia y de Bet-Orrestaim, enfrente de Esdrelón, ante la llanura que está junto a Doraim, 7diciéndoles que resistiesenen las subidas de la montaña, pues por ellas era el acceso a Judea, y como éste era estrecho, sería fácil aún a sólo dos hombres impedir el paso a los que llegaban.

8Ejecutaron los hijos de Israel las órdenes de Joaquim, el sumo sacerdote, y del senado de todo el pueblo de Israel, que tenía su asiento en Jerusalén.
9Todos los hijos de Israel clamaron con gran instancia a Dios y se humillaron con gran fervor; 10ellos, sus mujeres y sus hijos, todos los extranjeros o jornaleros, y sus esclavos, vistiéronse de saco. 11Todos los israelitas, las mujeres y los niños, los moradores de Jerusalén, se postraron ante el santuario, cubrieron de ceniza sus cabezas, mostraron sus sacos ante el Señor, y revistieron de saco el altar. 12Todos a una clamaron al Dios de Israel, pidiéndole con ardor que no entregase al saqueo sus hijos, ni diese sus mujeres en botín, ni las ciudades de su heredad a la destrucción, ni el santuario a la profanación y el oprobio, regocijando a los gentiles.
13Escuchó el Señor sus clamores y miró su aflicción. Ayunaba el pueblo todos los días en Judea y en Jerusalén, ante el santuario del Señor Omnipotente. 14Joaquim, sumo sacerdote, y todos los sacerdotes que asistían en la presencia del Señor y le servían, ceñían de saco su cintura al ofrecer el holocausto perpetuo y los votos y las ofrendas del pueblo, 15y echaban ceniza sobre sus tiaras, y clamaban al Señor con todas sus fuerzas, pidiendo que se dignase visitar a toda la casa de Israel.


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  • 2 También Israel teme, pero no tanto por si, cuanto por la Ciudad Santa y el Santuario de Dios, que acababan de levantar, y por el culto divino que hacía poco habían restaurado.(Volver a Lectura).

  • 12 Ante el peligro que les amenaza, su recurso es a Dios, a quien todos oran haciendo penitencia.(Volver a Lectura).




Actitud de Holofernes ante la resistencia de Israel

5 1Llegó a noticias de Holofernes, generalísimo del ejército asirio, que los hijos de Israel se preparaban para la guerra; que habían cerrado las entradas de las montañas, fortificando todas las cumbres de los montes altos, y colocando barreras en el llano. 2Montando en cólera, llamó a todos los príncipes de Moab, a los capitanes de Ammón y a todos los sátrapas de la corte, y les habló en estos términos: «Decidme, hijos de Canaan, ¿qué pueblo es ése que mora en las montañas? ¿Qué ciudades habitan? ¿Cuál es el número de sus soldados? ¿En qué está su fuerza y su poder? ¿A quién tienen por rey y jefe de su ejército? ¿Por qué desdeñan venir a mi encuentro, a diferencia de todos los moradores del Occidente?»


Discurso de Aquior

3Le contestó Aquior, jefe de los hijos de Ammón: «Escuche mi señor una palabra de boca de tu siervo, y te dirá la verdad acerca del pueblo que habita estas montañas próximas a donde tú estás, que no saldrá mentira de la boca de tu siervo. 4Este pueblo es originario de Caldea. 5Habitaron primero en la Mesopotamia; y por no seguir a los dioses de sus padres, que vivían en la Caldea, 6la abandonaron y dejaron su culto para adorar al dios del cielo, el dios que se les había dado a conocer. Los padres los arrojaron de la presencia de sus dioses, y ellos huyeron a Mesopotamia, donde habitaron muchos días. 7Les dijo su dios que salieran de sus moradas, y se encaminaran a la tierra de Canán, donde peregrinaron, enriqueciéndose de oro y plata y muchos rebaños. 8Bajaron a Egipto, porque el hambre había invadido la tierra de Canán, y se instalaron allí, donde hallaron alimento, multiplicándose hasta hacerse incontable su número.

9Pero se levantó contra ellos un rey de Egipto, que los oprimió con trabajos de hacer ladrillos, y los humillaba, convirtiéndolos en esclavos. 10Clamando a su dios, hirió éste toda la tierra de Egipto con plagas, para las cuales no había cura, hasta que los arrojaron los egipcios de su presencia. 11Secó su dios el Mar Rojo delante de ellos, 12y los encaminó al Sinaí y a Cadesbarne; y arrojando a todos los que moraban en el desierto, 13habitaron en la tierra de los amorreos, y con su poder aniquilaron a todos los habitantes de Hesebón. Atravesaron luego el Jordán y se posesionaron de la montaña; 14hicieron huir delante de ellos a los cananeos, a los fereceos, a los jebuseos, a los siquemitas y a todos los guergueseos, y habitaron en esta tierra mucho tiempo. 15Todo les fué bien mientras no pecaron contra su dios, porque éste, que aborrece la injusticia, estaba con ellos. 16Pero cuando se apartaron del camino que les había señalado, luego fueron destruidos con muchas guerras, y llevados cautivos a tierra extraña, y el templo de su dios convertido en ruinas, y sus ciudades ocupadas por los enemigos. 17Ahora, que se han convertido a su dios, han subido de la región en donde estuvieron dispersos, y se apoderaron de Jerusalén donde está su santuario, y se establecieron en la montaña, que estaba despoblada. 18Ahora, pues, dueño y señor: ¿Hay escándalo en este pueblo? Si hay en él alguna culpa o pecado contra su dios, entonces subamos, que los derrotaremos. 19Pero si no hubiese en ellos iniquidad, pase de largo mi señor, porque su dios los protegerá y será con ellos, y vendremos a ser objeto de oprobio ante toda la tierra».
20Y así que acabó Aquior de pronunciar estas palabras, todo el pueblo, que estaba en torno de la tienda, rompió en murmullos de reprobación. Los magnates de Holofernes y todos los moradores de la corte y de la región de Moab, pidieron que Aquior fuese descuartizado. 21Porque nunca temeremos, decían, nada de los hijos de Israel. Es un pueblo sin ejército, sin fuerza para sostener una lucha dura. 22Subamos, pues, y serán pasto de todo tu ejército, señor Holofernes.


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  • 2 La actitud del caudillo enemigo se ajusta a la de su representado y su orgullo al del soberano que le envía.(Volver a Lectura).

  • 19 Este relato de Aquior, además de resumir la historia de Israel, pone de relieve una ley que en la historia sagrada hagiógrafos y profetas enseñan: que Dios es el refugio de Israel y que nada tiene éste que temer mientras se mantenga fiel a Yavé.(Volver a Lectura).




Fruto inmediato del discurso de Aquior

6 1En cuanto cesó el tumulto de las gentes que rodeaban al consejo, dijo Holofernes, general en jefe del ejército asirio, a Aquior, y a los moabitas, en presencia de todo el pueblo extranjero: «¿Quién eres tú, Aquior, y vosotros, mercenarios de Efraím, para profetizar como lo habéis hecho hoy, diciendo que no luchemos contra la nación israelita porque la protege su Dios? 2¿Qué dios hay, si no es Nabucodonosor? 3Este ha enviado su ejército y los borrará de la haz de la tierra, sin que su dios pueda librarlos; ante vosotros, siervos de Nabucodonosor, los aplastaremos como a un solo hombre, y no podrán resistir el empuje de nuestra caballería. 4Con ella inundaremos su tierra y bañaremos en sangre sus montañas y llenaremos de cadáveres sus valles, y no podrán mantenerse en pie delante de nosotros, y todos enteramente perecerán, dice Nabucodonosor, señor de toda la tierra, y sus palabras no quedarán sin cumplimiento. 5Pero tú, Aquior, mercenario de Ammón, que tales discursos has tenido en este día de tu insensatez, no volverás a ver mi rostro hasta que yo no haya castigado a esa nación de huidos de Egipto. 6Cuando yo vuelva, atravesará tu cuerpo el hierro de mi ejército, y la muchedumbre de mis lanceros tu costado, y caerás bañado en tu sangre. 7Mis siervos te llevarán a la montaña, y te pondrán en una de las ciudades de la subida, 8y no perecerás hasta que con ellos seas aniquilado. 9Ya que tan firme esperanza tienes de que no sean conquistados, no se abata tu rostro. De cuanto he dicho, ni una palabra caerá en el vacío».
10Luego ordenó Holofernes a los siervos que estaban a su lado en la tienda, que tomasen a Aquior y le llevaran a Betulia, entregándole a los israelitas.

11Cogiéronle los siervos de Holofernes y le condujeron fuera del campamento, que estaba en el llano, y le llevaron del llano a la montaña, a las fuentes que están situadas por debajo de Betulia. 12En cuanto los de la ciudad los vieron, tomaron sus armas y salieron a la cima del monte. Los honderos se mantuvieron en sus puestos y arrojaron piedras sobre los asirios. 13Pero ellos, ocultándose en los repliegues de la montaña, amarraron a Aquior y le abandonaron a raíz del monte, volviéndose a su amo.
14Bajaron de la ciudad los hijos de Israel, dieron con él y le desataron, y llevándole a Betulia, le entregaron a los jefes de la ciudad. 15Eran éstos en aquellos días Ocías, hijo de Mica, de la tribu de Simeón, Abris, hijo de Otoniel, y Carmis, hijo de Malquiel; 16los cuales convocaron luego a los ancianos de la ciudad. Todos los jóvenes y las mujeres concurrieron también a la asamblea, y puesto Aquior en medio del pueblo, le interrogó Ocías acerca lo sucedido. 17Dióles cuenta él de los discursos habidos en la sesión de Holofernes, y de lo que había dicho a los príncipes asirios, y de las insolencias proferidas por Holofernes contra los israelitas. 18Postrándose en tierra el pueblo, clamaron a Dios, diciendo: 19«Señor, Dios del cielo; mira el orgullo de esos y apiádate de nuestro linaje humillado, y pon hoy los ojos en el rostro de tus santificados». 20Consolaron a Aquior y le alabaron grandemente. 21Ocías le sacó de la asamblea y le condujo a su casa, donde le dió un banquete, al que invitó a todos los ancianos. Toda aquella noche estuvieron invocando el auxilio del Dios de Israel.


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  • 21 El relato de Aquior a los sitiados acrecienta en éstos la fe y confianza en Dios. ¿Cómo desconfiar ellos cuando un extraño mostraba tal seguridad?.(Volver a Lectura).




Los asirios, sobre Betulia

7 1Al día siguiente dió orden Holofernes a todo su ejército y a las tropas auxiliares, de prepararse para atacar a Betulia, ocupando las subidas de los montes y haciendo y a la guerra contra los hijos de Israel. 2Entonces se dispusieron todos sus hombres de armas y la masa de sus guerreros, en número de ciento setenta mil infantes y doce mil jinetes, fuera de la impedimenta y de la muchedumbre de los hombres que iban con ella, que era muy grande. 3Acamparon en el valle junto a Betulia, cerca de la fuente, y se desplegaron a lo ancho, hasta Dotain, Belmain, y a lo largo desde Betulia hasta Ciarnon, que está enfrente de Esdrelón.
4Cuando los israelitas vieron tanta muchedumbre, quedaron consternados, y unos a otros se dijeron: «Ahora si que van a devorar éstos toda la haz de la tierra, y ni los altos montes, ni los valles, ni los collados, podrán soportar su peso». 5Y tomando cada uno sus armas, encendieron hogueras sobre las torres y permanecieron guardándolas toda aquella noche. 6Al día siguiente, hizo desfilar Holofernes toda su caballería a la vista de los israelitas que estaban en Betulia; 7examinó las subidas de la ciudad y recorrió las fuentes de sus aguas, apoderándose de ellas y estableciendo puestos de guardia, para volverse luego a su gente. 8Entonces se acercaron a él los príncipes de Esaú, los jefes de Moab y los capitanes de la Corte, diciéndole: 9«Escuche nuestro señor una palabra, si quieres que no sufra quebranto tu ejército. 10Este pueblo de los israelitas no confía en sus lanzas, sino en las alturas de los montes en que habitan; y en efecto, no es fácil dominar las cimas de sus montes. 11Ahora bien, señor; no luches contra ellos como se lucha en batalla campal, y evitarás que caiga ni un solo guerrero. 12Quédate tú en el campamento, y ten en guardia a todo tu ejército; pero haz que tus siervos se apoderen de las fuentes de agua que brotan a raíz del monte, 13porque de ella se abastecen todos los moradores de Betulia. La sed los matará, y acabarán por entregarte la ciudad, mientras que nosotros y nuestro pueblo subimos a las cimas de los montes próximos y acampamos en ellas, para guardarlas e impedir que salga de la ciudad hombre alguno. 14Así el hambre los consumirá a ellos, a sus mujeres y a sus hijos; y antes que los alcance la espada, quedarán tendidos en las calles de su propia ciudad, 15dándoles tú el merecido, por su malvada conducta de no haber salido a tu encuentro en son de paz».

El asedio de Betulia

16Fueron bien recibidas por Holofernes y todos sus siervos estas palabras, y al punto ordenó ejecutar cuanto se había dicho. 17Los hijos de Ammón levantaron el campo, y con ellos cincuenta mil asirios, que acamparon en el valle y ocuparon las aguas y los manantiales de agua de los israelitas. 18Subieron los hijos de Esaú y los de Ammón, y acamparon en la montaña frente a Dotain. Pusieron luego una división hacia el mediodía, hacia el este, contra Cesebel, que cae cerca de Huri, sobre el torrente de Macmar, y el resto del ejército asirio acampó en el llano, cubriendo toda la haz de la tierra. Las tiendas y la impedimenta se extendían en inmensa muchedumbre, con todas sus gentes, que eran en extremo numerosas. 19Los hijos de Israel clamaron al Señor, su Dios, pues perdieron el ánimo al verse cercados por sus enemigos, sin posible escape. 20El campo de los asirios, su infantería, sus carros y su caballería, los tuvieron cercados por espacio de treinta y cuatro días; de manera que a los habitantes de Betulia se les agotaron todas las aguas, 21quedaron vacías las cisternas, sin que tuvieran para beber a saciedad un día, y el agua se les distribuía con medida. 22Desmayaban las mujeres y los niños, los jóvenes desfallecían de sed, y caían sin fuerza en las calles de la ciudad y en los pasos de las puertas. 23Se amotinó todo el pueblo contra Ocías y contra los jefes de la ciudad, jóvenes, mujeres, y niños, y clamaron a grandes voces contra todos los ancianos, diciendo: 24«Sea Dios juez entre nosotros y vosotros, por habernos sometido a tamaña injusticia, no proponiendo tratos de paz a los asirios. 25Ahora ya no hay para nosotros auxilio, y Dios nos ha entregado en sus manos, para que ante ellos caigamos de sed y suframos completa ruina. 26Ahora, pues, llamadlos, y entregad la ciudad al saqueo de las gentes de Holofernes y de todo su ejército. 27Más ventajoso nos será entregarnos a ellos, porque siquiera, siendo siervos suyos, viviremos, y no veremos con nuestros ojos la muerte de nuestros niños, y consumidas nuestras mujeres y nuestros hijos. 28Os conjuramos por el cielo y la tierra, por nuestro Dios y Señor de nuestros padres, que nos castiga según nuestros pecados y según las transgresiones de nuestros padres, que desistáis». 29Se produjo un gran llanto en medio de la asamblea, y todos a una clamaron a grandes voces al Señor, Dios.
30Díjoles Ocías: «Tened ánimo, hermanos, esperemos cinco días, en los cuales volverá sobre nosotros su misericordia el Señor, nuestro Dios, que no nos abandonará hasta el fin. 31Si pasados estos días no nos viniera ningún auxilio, yo haré lo que pedís». Despidió al pueblo, y se fué cada uno a su puesto, a los muros y a las torres de la ciudad, y a las mujeres y a los niños los mandó a sus casas. Grande era el abatimiento que dominaba en la ciudad.


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  • 29 Este incidente, al mismo tiempo que muestra el aprieto del pueblo, manifiesta la fe de Judit y la oportunidad del auxilio divino.(Volver a Lectura).