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Antiguo Testamento


Libros Históricos




INTRODUCCION A LOS LIBROS HISTÓRICOS


1. La historia sagrada

Se llama Historia sagrada a la historia del pueblo de Israel, escogido por Dios para preparar la obra de la salud mesiánica. El concepto de esta historia depende del que de la misma salud se tenga. Para los racionalistas, esta salud no implica nada sobrenatural, y así, la historia de Israel no se distingue substancialmente de la historia de los otros pueblos. Según ellos, Israel, por una selección lenta y natural, bajo la influencia de los pueblos vecinos más cultos que él, fue elevándose de su estado primitivo de ignorancia y barbarie hasta la perfección moral y religiosa de que nos da testimonio la Biblia.

Más para quien cree en los destinos sobrenaturales del hombre y en la intervención sobrenatural y extraordinaria de Dios en la historia del humano linaje, la Historia Sagrada es la historia de esta sobrenatural intervención de Dios por medio de sus enviados, los profetas y legisladores de Israel. Desde los comienzos de la humanidad depositó Dios en el corazón del hombre una aspiración y una esperanza: la aspiración a participar de la vida divina y la esperanza de poder algún día alcanzar el término de esa aspiración, no obstante los impedimentos que a ello puedan oponerse. Esta aspiración y esta esperanza van tomando forma cada vez más clara en el corazón humano, hasta llegar a Jesucristo, que las lleva a feliz término. Tal desarrollo no se realiza sin enconada lucha, por oponerse a él las mismas fuerzas humanas. Pues bien, la Historia Sagrada es la historia de esa intervención divina, de sus luchas con las fuerzas adversas y de sus progresos hasta legar a la cumbre de la perfección en Jesucristo. San Agustín nos ofrece esta historia como la historia de dos ciudades opuestas: la ciudad de Dios, que vive del amor del Sumo Bien y lucha por El, y la ciudad del mundo, que vive del amor de sí misma y combate por hacerla triunfar.


2. Las leyes de la Historia Sagrada

La primera ley que rige el desarrollo de esta historia es la del progreso de la revelación profética, de que antes hemos hablado en la "Introducción general". San Cirilo de Alejandría compara la obra de Dios a la de un pintor, que al ejecutar un cuadro comienza por el dibujo, y va luego, poco a poco, dándole el colorido, hasta dejarlo acabado. La segunda ley es la de la adaptación. El progreso de la revelación es ya una adaptación a la capacidad del hombre, como bellamente lo declara San Juan Crisóstomo. Pero hay, además, otra adaptación a las condiciones intelectuales, morales y religiosas del hombre, en virtud de la cual va Dios elevando constantemente las ideas, los sentimientos, las instituciones, los ritos y ceremonias, para cada vez mejor expresar la verdad revelada y ennoblecer los sentimientos que de ella brotan. Más lejos lleva todavía Dios esta adaptación, llegando hasta condescender temporalmente con ciertas flaquezas humanas, esperando a que la fuerza de su gracia venga a hacerlas desaparecer. De aquí que las verdades de orden moral y religioso, como destinadas por su naturaleza a informar y regir la vida humana, comiencen por tomar cuerpo en la misma organización social, en las leyes e instituciones civiles, en las costumbres domésticas y en las ceremonias y ritos religiosos, ya antes conocidos y practicados por Israel, y vaya purificándolos y elevándolos en virtud de un nuevo principio de vida sobrenatural, elevando mediante ellos la vida misma del hombre. Esto explica la gran semejanza entre la vida de Israel y la de los otros pueblos, especialmente si son de su misma raza o han vivido en estrecha relación con él. De ahí las coincidencias de Israel con esos pueblos en cuanto al nacionalismo, la venganza personal, la poligamia, el divorcio y otras cosas tocantes a la religión y a la moral, que va Dios por sus profetas poco a poco restringiendo, hasta que del todo quedan corregidas con la promulgación del Evangelio.

Por esta incorporación de la revelación divina a la vida del pueblo se explican también las influencias que han ejercido en el desarrollo de la Historia Sagrada los sucesos históricos, como guerras, invasiones extranjeras, deportaciones, cambios de dinastía, etc.

Estas sencillas pero fundamentales consideraciones nos dan la solución de las dificultades y argumentos que oponen los racionalistas, y en que apoyan éstos su teoría de la absoluta semejanza entre la Historia Sagrada y la historia de otros pueblos, por las analogías externas que entre una y otra se ofrecen.


3. Clasificación de los libros históricos

Del concepto que de la Historia Sagrada hemos expuesto se desprende que los documentos primarios de la misma son los escritos de los profetas, por los que se comunica la divina revelación, y los textos legislativos en los que esa revelación toma cuerpo para obrar sobre la vida del pueblo. Pero no es de estos libros de los que ahora tratamos, sino de aquellos que formalmente narran la vida del pueblo, sus vicisitudes, sus guerras, deportaciones, caídas y resurgimientos religiosos, en los que, como importantes actores de la historia, intervienen los ministros de la revelación. Estos libros son, en el Antiguo Testamentos, los siguientes: el Génesis y, en parte, los otros cuatro libros del Pentateuco; Josué, los Jueces, Rut, los dos de Samuel, los dos de los Reyes, los dos de las Crónicas, comúnmente llamados Paralipómenos; Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester y, finalmente, los dos de los Macabeos. De ellos, la mayor parte contiene la historia general de Israel; otros se limitan a episodios personales importantes en la vida del pueblo; por ejemplo, Judit y Ester; otros son biografías particulares, pero siempre relacionadas con la vida del pueblo, por ejemplo, Rut y Tobías. Los que contienen la vida general del pueblo forman dos series, aunque con algunos vacíos. En el Pentateuco, el Génesis, que es como la prehistoria de Israel, y el Deuteronomio, que es un resumen de la historia y de la ley, forman dos obras literariamente distintas de los otros tres libros, en que se nos cuentan la liberación de la servidumbre egipcia, la legislación dada a Israel y las peregrinaciones por el desierto.

Entre el Génesis y el Exodo hay un vacío de varios siglos, correspondiente a la estancia de Israel en el país de los faraones. Josué, que cuenta la conquista y la distribución de la tierra de Canaán entre las tribus, empalma literaria e históricamente con el Deuteronomio. Los Jueces son literariamente obra distinta, pero su historia enlaza con la que le precede y la que le sigue; abarca el espacio de varios siglos que median entre Josué y Samuel. Los dos que en hebreo llevan el nombre de este último, y que en los LXX y en la Vulgata son los dos primeros de los Reyes, forman literariamente una sola obra, que narra los orígenes y la consolidación de la monarquía, precedida de la judicatura de Samuel, que es el órgano de Dios para la introducción de este cambio de gobierno en Israel. Con esta obra enlazan históricamente los dos libros de los Reyes, que en los LXX y en la Vulgata son el III y el IV de los Reyes y forman literariamente una obra independiente, en que se narra la historia de la monarquía davídica en tres períodos: primero, el reinado de Salomón (1 Re 1-11); luego, la historia paralela de los dos reinos, hasta la destrucción de Samaria en 721 (1 Re 12; 2 Re 17); y, por fin, la historia de Judá hasta la cautividad en 587 (2 Re 18-25).

Los libros siguientes a éstos forman una segunda serie paralela a la primera. Los Paralipómenos o Crónicas resumen en forma de genealogías toda la historia que media entre Adán y Samuel, y prosiguen luego en la forma histórica ordinaria la historia de la monarquía de Jerusalén, en sus relaciones con el Santuario, hasta la destrucción de la ciudad santa. Literaria e históricamente entroncan con el libro de Esdras, que narra los esfuerzos para la restauración de Jerusalén, después de la vuelta de la cautividad. Nehemías completa la historia de este período, pero ni literaria ni históricamente enlaza con las dos obras precedentes. Los dos de los Macabeos son dos libros independientes y, en parte, paralelos entre sí. Por vía e introducción comienza el primero contando la historia de Alejandro Magno y de sus sucesores hasta Antíoco IV, que con su tiranía originó la sublevación de los judíos, objeto principal de la obra. Cuenta las hazañas de los tres hijos de Matatías: Judas, Jonatán y Simón, durante un espacio de cuarenta años (175-135). El libro segundo toma el hilo de la historia desde Seleuco IV, predecesor de Antíoco IV, y termina en 161 con la victoria de Judas sobre Nicanor. Entre Esdras, Nehemías y los de los Macabeos, queda sin llenar un espacio bastante largo de tiempo.

En cuanto a las historias episódicas particulares, no cabe duda de que la de Rut pertenece a la época de los Jueces; pero acerca de la de Judit discuten mucho los críticos si pertenece a la época anterior o a la posterior a la cautividad. La de Ester no cabe dudar que es de la época de los persas. Tobías cuenta sucesos acaecidos bajo la denominación asiria.

En el Nuevo Testamento son históricos los cuatro evangelios y los hechos de los Apóstoles. Ninguno de los evangelios es la perfecta y completa biografía de Cristo Nuestro Señor, pues aunque todos ellos tengan por objeto la narración de los sucesos de su vida, sus milagros y sus predicaciones, hay, como advierte San Juan al fin del suyo, otras muchas cosas que hizo Jesús, y que si todas se consignaran por escrito, ni el mundo todo podría contener tantos libros. Cada uno de los evangelios consignó de los hechos y de las predicaciones del Salvador aquellos que más hacían al fin doctrinal que cada uno se propuso. Los tres primeros tienen entre sí gran semejanza en el material histórico que eligieron y aun en el orden que siguieron en su narración. Por eso se llaman sinópticos, pues los tres nos dan una común visión de la vida de Jesús, en su mayor parte durante su ministerio evangélico en la Galilea. El cuarto, el de San Juan, se distingue notablemente de los otros tres, y el material histórico, principalmente sermones del Salvador, lo toma de su ministerio evangélico en la Judea. El no ser los cuatro evangelios biografías propiamente dichas de Jesús no obsta para que contengan y de ellos se deduzca una historia bastante completa, lo completa que quiso Dios que la tuviéramos, de la vida y del ministerio evangélico del Salvador, pues nos describen su origen, su ministerio, sus dichos, su pasión y muerte, su gloriosa resurrección y su ascensión a los cielos.

Los Hechos de los Apóstoles son la narración de algunos acontecimientos de capital importancia acaecidos en la Iglesia primitiva desde la ascensión del Señor hasta la cautividad de San Pablo en Roma, como son: la solemne fundación de la Iglesia, la primera persecución contra ella desencadenada por los judíos, la vocación de los gentiles, la conversión de pablo, el Concilio de Jerusalén y algunos de los principales hechos de la actividad apostólica de Pedro y de Pablo.


4. Concepción pragmática de la historia

Por lo que hace al método con que han sido escritos los libros históricos, es preciso distinguir entre la concepción de la historia y su ejecución literaria. La concepción de la historia es en los autores sagrados pragmática, es decir, de tesis doctrinal, y su pragmatismo se funda en los principios religiosos enseñados por los profetas y expuestos en muy varias formas en los libros de la Escritura. Estos principios son distintos en los distintos autores; pero todos se derivan de la especial providencia que Dios había prometido a Israel. En la primera parte del Génesis es manifiesto el propósito de narrar algunos sucesos en que se manifiestan los divinos atributos, principalmente aquellos que tienen más estrecha relación con el orden moral, y el de tejer las humanas genealogías, hasta llegar a Abraham, en quien y en cuya descendencia se concretan las divinas promesas. Los restantes libros del Pentateuco y el de Josué demuestran como cumplió Dios la promesa hecha a Israel de tomarle por pueblo suyo, sacándole de la servidumbre egipcia, haciendo con él una alianza y dándole la tierra prometida. El pragmatismo de los Jueces se halla claramente formulado en la segunda introducción (2,6-29). Cuando Israel, olvidado de su vocación y de su pacto con Dios, se deja seducir por el culto idolátrico de los cananeos, el Señor le manda enemigos que le castiguen, y el castigo le reduce a penitencia. Convertido, le envía Dios un juez, que le libra de sus enemigos. El pragmatismo de Samuel tiende a demostrar cuáles son los deberes de la monarquía teocrática de Israel, cuyos reyes no deben obrar como señores absolutos a semejanza de los de los otros pueblos, sino mostrarse dóciles a la ley divina y a la dirección de los profetas. David es el modelo de los reyes de Israel. Sobre este mismo concepto está calcado el plan de los libros de los Reyes de Israel. Sobre este mismo concepto está calcado el plan de los libros de los Reyes y de las Crónicas. En general, puede decirse que los historiadores sagrados van siempre guiados por un fin doctrinal, inspirado en la ley y en los profetas. De aquí procede que para establecer su pragmatismo, su filosofía de la historia, no necesitan hacer una completa exposición de los hechos de los que poder deducir científicamente sus conclusiones. Los hechos, más bien que material para una argumentación inductiva, son como ejemplos en los que se realizan los principios conocidos por la revelación; y así la narración no necesita ser completa, ni en la exposición general de los hechos ni en la detallada descripción de los mismos. Ya hemos indicado que hay largos lapsos de tiempo sobre los que nada nos dicen los historiadores, y añadiremos que no pocas veces la narración está lejos de ser suficientemente detallada y completa para darnos cabal conocimiento de los hechos.


5. Ejecución literaria de la historia

Dos métodos se muestran claramente en el modo que los historiadores siguieron en la composición de sus obras: el de redacción personal y el de compilación o transcripción de documentos. Judit, Tobías y I de los Macabeos nos ofrecen un ejemplo del primer modo. El segundo aparece claramente en los Reyes, las Crónicas, Esdras-Nehemías y II de los Macabeos. Según la opinión de algunos exegetas, esto último sucede también en los restantes libros del Antiguo Testamento, desde el Génesis hasta los de Samuel.

Acerca de este segundo método hay que advertir que la transcripción y compilación de documentos se hace alguna vez sin ninguna indicación de las fuentes, y aunque de ordinario se redactan adaptándolos al cuadro histórico que el autor sagrado se ha propuesto, alguna que otra vez se transcriben tal y como se hallan en sus fuentes; pero con esto gana la historia, si no en claridad, en autoridad humana, toda vez que se nos dan mejor a conocer las fuentes en que la Historia se apoya; y éstas, cuanto son más antiguas y más cercanas a los hechos mismos, tanto mayor crédito merecen ante el tribunal de la razón histórica.


6. Relaciones entre la Historia Sagrada y la profana

Debemos recordar el concepto que de la Historia Sagrada hemos expuesto, según el cual es la historia de la verdad y de la gracia divinas, encarnadas en el pueblo de Israel, cuya vida tienden a elevar, a divinizar, según la expresión de los místicos. Por esta incorporación en la vida de Israel, la Historia Sagrada viene a ponerse en contacto con la profana y a recibir sus influencias.

Primeramente hay que considerar en la historia de los pueblos gentiles sus instituciones políticas, sociales, domésticas, etc., para compararlas con las del pueblo hebreo. Asimismo se ha de atender a la vida moral y religiosa, a la manera de concebir la divinidad y sus relaciones con el hombre, a las ceremonias y ritos del culto, etc. Aun prescindiendo de lo que en esto pudiera haber que remontase a la tradición primitiva, se ha de tener en cuenta que son con frecuencia manifestaciones de la razón natural, que son un destello del Verbo divino y que algunas son buenas y tienden a la perfección de la vida humana, aunque en ellas, como en todo, quepan no pocos errores. Participando Israel de la cultura antigua, y recibiendo las influencias de otros pueblos, en muchas cosas más adelantados que él, es natural que tales influencias hayan alcanzado a sus costumbres y a la manera de expresarlas. De aquí proceden las grandes semejanzas que en muchos puntos existen entre el pueblo de Israel y los otros pueblos con quienes vivió en contacto. Pero al lado de estas semejanzas hay una substancial diferencia y una manifiesta superioridad en la verdad sobrenatural que anima la vida del pueblo hebreo. Hay en la religión de Israel un soplo de vida que tiende a elevar las almas a las altas regiones de lo divino. Y de aquí procede el término que una y otra cultura han tenido. Murió la gentílica con los pueblos que la crearon, a no ser en aquellos elementos que fueron asimilados por la religión bíblica, mientras que ésta va cada día progresando y contribuyendo al progreso espiritual del mundo. En el primer aspecto de esta exposición, cuanto contribuya a ilustrar la historia de la antigua cultura servirá para ilustrar la historia bíblica.

En segundo lugar, hemos de considerar los grandes sucesos históricos de influencia universal que más resonancia han tenido en la historia del pueblo hebreo, tales como emigraciones, invasiones, guerra, nacimientos y caídas de imperios, etc. Fueron éstos en gran número porque Palestina ha sido el lugar de encuentro de las antiguas civilizaciones y de los antiguos imperios. Por eso, cuantos documentos contribuyan a ilustrar la historia de Egipto, de Asiria, de Caldea, del imperio de Alejandro Magno y de sus sucesores, pueden contribuir a ilustrar la Historia Sagrada, que tantas veces los menciona o los supone conocidos de los lectores. Al contrario, son muy raros los casos en que los documentos de la historia profana hacen mención del pueblo de Israel o de cosas tocantes a él, y cuando esto ocurre, hablan de él sólo como objetivo de alguna de sus campañas; pero la vida religiosa de Israel, lo que constituye su privilegiada grandeza, fue totalmente desconocido de los escribas egipcios, asirios y babilónicos. Solamente los griegos, curiosos investigadores de las cosas extranjeras, se dieron cuenta de este hecho, y el juicio que de él formaron concuerda con el que más tarde se hicieron del Evangelio (1 Cor 1,22s).


7. Principales documentos históricos

Entre los principales documentos que contribuyen a ilustrar la Historia Sagrada indicaremos los siguientes:

  1. El relato caldeo de la Creación, siquiera sea por el manifiesto contraste con la narración del Génesis.
  2. El del Diluvio, bastante más interesante que el de la Creación, y cuyas semejanzas con el relato bíblico, fuera de lo que atañe a la noción de Dios, son innegables.
  3. Además de la lista de los diez reyes antediluvianos, que nos era conocida por Beroso, otras más han sido halladas recientemente en Mesopotamia, muy útiles para descifrar el misterio de los diez patriarcas ante y posdiluvianos contenidos en Gén 5 y 11,10-26.
  4. La inscripción de Meneftá, único documento egipcio en que se menciona a Israel, y que, si en su estilo fuera más preciso, podría servir para fijar mejor la época del éxodo.
  5. Para el estudio de la Ley contribuye el monumental código de Hammurabí, juntamente con otros muchos documentos jurídicos y religiosos que nos ofrece la literatura cuneiforme.
  6. La correspondencia diplomática de El-Amarna nos da una idea muy cumplida del estado político de Palestina anterior a la invasión de los hebreos, conducidos por Josué. No hay hasta hoy modo de ilustrar el período de los jueces ni los comienzos de la monarquía.
  7. De la misma época ha sido hallada en Ras-Shamra, al norte de Fenicia, toda una biblioteca escrita en lengua cananea y en escritura alfabética, pero cuneiforme. Su valor es grande para conocer la vida religiosa de Siria y Fenicia.
  8. Sesak nos dejó grabados en los muros de Karnak los nombres de las ciudades de Palestina por él conquistadas en la expedición de que nos da cuenta el libro segundo de las Crónicas (12,3).
  9. Mesa, rey de Moab, celebra en su inscripción las victorias alcanzadas sobre Israel, de que hace mención el libro segundo de los Reyes (4,3s).
  10. Muy ricos en noticias son los archivos asirios, en los que hallamos minuciosos relatos de las campañas de Salmansar, Teglatfalasar IV, Sargón, Senaquerib, Asaradón y Asurbanipal.
  11. Otro tanto sucede con las crónicas de Babilonia, que ilustran la historia de los imperios mesopotámicos hasta la conquista de Babilonia por Ciro.
  12. A la época de la restauración de Jerusalén pertenecen los papiros de Elefantina, que esclarecen notablemente la historia de Esdras y Nehemías.
  13. Para la época posterior tenemos los historiadores clásicos, principalmente Flavio Josefo, que para trazar la historia de los últimos días de su patria dispuso, sin duda, de más abundante documentación que los extraños y presta una gran contribución a la Historia Sagrada.
  14. Desde el año 1947 se han hallado en las grutas existentes a la orilla occidental del Mar Muerto gran cantidad de documentos: unos son textos de la Sagrada Escritura, que habrán de ejercer grande influencia en la crítica textual de la Biblia; otros, que ilustran notablemente la vida de la secta esenia judía, ya conocida, pero que los nuevos hallazgos nos dan a conocer mejor.


8. La cronología bíblica

La historia describe los hechos, condicionados por el espacio y el tiempo; por eso se dice que la geografía y la cronología son los dos ojos de la historia. Para muchos es casi un axioma que en la Escritura no hay cronología, y la verdad es que las incertidumbres en la cronología bíblica son muchas, aunque no las mismas en todos los libros. La cronología precedente a la época de Abraham se halla en las dos genealogías de los diez patriarcas anteriores y posteriores al diluvio. Adicionados los años que corren entre el nacimiento de cada uno de estos patriarcas y el de su primogénito o sucesor, nos dan la duración de cada uno de estos períodos. Pero la inseguridad de las cifras y la incertidumbre acerca de la naturaleza de estos números y de estas genealogías hace aquí verdadera la anterior afirmación de que no hay cronología bíblica. El historiador caldeo Beroso nos presenta también para los tiempos antediluvianos una serie de diez reyes que reinaron en Caldea, pero la obscuridad de la cronología bíblica no se disipa con este también obscuro documento. Los datos generales de la historia de Caldea, de Egipto, de Elam y, sobre todo, los de la Prehistoria parecen demostrar que estas genealogías bíblicas son muy incompletas.

Ha sido bastante común aceptar la coincidencia de la época de Abraham con la de Hammurabí; pero nuevos documentos han obligado a mudar de sentencia. Los más recientes descubrimientos cuneiformes colocan el comienzo del reinado de Hammurabí por el año 1700. No hay, pues, hasta ahora punto fijo en la cronología profana que pueda en este período servirnos de apoyo para la cronología bíblica del mismo. Todos convienen en que la inmigración de Israel en Egipto se verificó durante la dominación de los reyes hicsos; pero habiendo durado ésta varios siglos, y siendo muy obscura en su historia, en esa misma o mayor obscuridad quedamos respecto del tiempo de la inmigración. El tiempo del éxodo tampoco puede con seguridad determinarse. Las opiniones de los egiptólogos se dividen, optando unos por el reinado de Amenofis II, en la postrera mitad del siglo XV a. C., y otros por el de Meneftá, dos siglos más tarde, hacia el año 1230 a. C. La sentencia común hace recaer el año 1000 a. C. en el reinado de David. La duración del período de los jueces queda sin determinar. Son bien conocidas las palabras de San Jerónimo sobre la obscura cronología de los libros de los Reyes. Sin embargo, a la nueva luz de los documentos asirios, la cronología bíblica adquiere algunos puntos fijos en este período. Así la campaña siro-efraimita, que tan importante lugar ocupa en los vaticinios de Isaías, ocurrió por los años 734-732 a. C.; la destrucción de Nínive ocurrió en el 612 a. C.; en 586, la de Jerusalén, y en 539, la conquista de Babilonia por Ciro. Con ésta termina oficialmente la cautividad. La cronología de la restauración, aunque más fija, tiene todavía sus dificultades y los doctos disputan sobre el orden que en la historia tienen las legaciones de Esdras y Nehemías. En los libros de los Macabeos el cómputo de los años es más preciso, pues ambos libros parten de la misma fecha, la de la batalla de Gaza, comienzo de la era seléucida, que principia el 1.º de Octubre del año 312 a. C. Pero el libro primero comienza a contar a partir de la Pascua de dicho año, mientras que el segundo cuenta desde el otoño del mismo, originándose así una diferencia de seis meses en el cómputo del uno y del otro.