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INTRODUCCION A LOS LIBROS PROFETICOS


1. Ya en la introducción general hemos hablado del carisma de la profecía otorgado a los autores sagrados. Necesitamos ampliar lo dicho allí en esta introducción a los libros proféticos.
Tres son los nombres que principalmente se dan en la Sagrada Escritura a estos hombres de Dios; los de rohe y jozeh, que significan videntes, y el más común de nabi, que traducimos por profeta. La etimología de este último nombre es discutida, pero su sentido ordinario resulta bien claro de las palabras de Dios a Moisés cuando se excusaba con su tartamudez: «Mira, yo te hecho un Dios para el Faraón, y Arón, tu hermano, será tu profeta. Tú le dirás todo lo que yo te mandare, y Arón, tu hermano, hablará al Faraón para que deje partir de su tierra a los hijos de Israel» (Ex. 7,1ss.). Nabi, pues, quiere decir el que habla en nombre de otro. Es la significación de la palabra griega profeta. Es, pues, profeta el encargado por especial misión divina de hablar al pueblo en nombre de su Dios.


2. Con estos sus enviados se proponía el Señor satisfacer dos necesidades del pueblo, de muy desigual importancia. Los antiguos no se atrevían a emprender negocio alguno, privado o público, sin antes consultar la voluntad de sus dioses. Israel padecía de, la misma enfermedad. Pues para impedir que acudiesen a los oráculos gentiles o a los adivinos, los proveyó el Señor de profetas, a quienes acudiesen (Deut. 18,11) y dió al sumo sacerdote los urim y tummim (Ex. 28, 30). Recordemos a Saúl, yendo a consultar a Samuel sobre las pollinas perdidas (I Sam. 9, 6, 11); al rey Jeroboam, que, teniendo a su hijo enfermo, manda a su mujer a consultar al profeta Ajías sobre el desenlace de la enfermedad (I Rey. 14,1 ss.); y más todavía el caso de Ococías, que en semejante caso envió mensajeros a consultar a Baal Zebub, dios de Accarón, para saber si curaría de aquella enfermedad; a los cuales salió Elías al encuentro, por orden de Dios, y les dijo: «¿Es que no hay Dios en Israel, para que vayáis a consultar a Baal Zebub, dios de Accarón?» (II Rey. 1,2ss.). David tenia su profeta, por quien consultaba al Señor sobre los negocios públicos (II Sam. 7,1ss.); y los otros reyes no emprendían cosa grave sin hacer lo mismo. (Cfr. I Rey. 22,5ss.; Jer. 38,14ss.).
Pero no era ésta la misión principal de los profetas. Otra tenían, ligada al destino de Israel. El Señor los había escogido para preparar los caminos del Mesías y la salud del mundo. Los patriarcas eran instruidos por Dios sobre la conducta que debían seguir para responder a la misión divina. Moisés fué llamado a organizar la vida religiosa y social del pueblo sobre las bases del monoteísmo y de las promesas mesiánicas hechas a los patriarcas. Por esto fué el más grande de los profetas de Israel, según Santo Tomás (Sum. Teol., II-II, cuestión 174, artículo 4). A Moisés le sucedieron otros profetas, encargadas de explicar la Ley, inculcar su observancia, combatir las transgresiones, llamar al pueblo a penitencia mediante amenazas y promesas. Entre éstas se destaca siempre la promesa del Mesías y de su obra salvadora. Esta es la misión principal de profetismo de Israel, por lo que se distingue del de todos los pueblos antiguos.


3. Como abundaban en Israel estos ministros auténticos de la palabra divina, así abundaban también sus remedios y falsificaciones, los falsos profetas, que se decían enviados de Dios y daban como palabra de Dios los sueños de su imaginación. Su norma era halagar al pueblo y a los príncipes, prometiéndoles fácil prosperidad con que los confirmaban en sus extravíos. (Cfr. II Rey 22 y Jer 28). Eran los principales adversarios de los verdaderos profetas, como fueron luego los escribas los adversarios de Jesucristo.


4. La profecía es un carisma divino, no un arte adquirido por el estudio. Sin embargo, los profetas necesitan de ordinario una formación que los prepare para mejor desempeñar la misión que Dios les confiere. Adquieren esta formación en el seno de la familia y en las asociaciones de hombres piadosos, llamadas escuelas de profetas, al parecer fundadas por Samuel (I Sam. 10,5, 10 s.; 19, 20), y restauradas por Eliseo (II Rey 2,3ss.); en la lectura de la Ley y de los profetas anteriores, en el trato con hombres doctos, en la meditación, en las luchas de cada día. Todo esto lo venia a completar y confirmarcon su sello divino la iluminación profética. Recae ésta en la inteligencia, única facultad de conocer que es capaz de percibir la verdad divina; pero esta verdad suele presentárseles a los profetas envuelta en multitud de imágenes o símbolos, que son una nota característica del profetismo de Israel. Como ejemplo basta recitar las visiones de la vocación de los tres grandes profetas, Isaías (6), Jeremías (1) y Ezequiel (1-3). A estos cuadros simbólicos se añaden las accion, también simbólicas, que dan al ministerio de los profetas un carácter enteramente dramático. En este punto se distinguen sobre todo Jeremías (16ss.; 18,1ss.) y Ezequiel (3,22ss.), (12,1ss.); Cfr. Act. (21, 10, 11).


5. Los discursos de los profetas, tal como nos han llegado, en su mayoría están escritos en verso, y a veces en estrofas artificiosamente comptuestas y son frecuentemente modelos, no solo de elocuencia, sino de la poesía hebrea y universal. El caso de Jeremías (36) nos muestra cómo los profetas dirigían al pueblo la palabra en el templo, en las plazas, en las puertas de las ciudades, en su propia casa, dondequiera que podían. Luego, con frecuencia escribían esos versos y los entregaban al pueblo, que los aprendía fácilmente, los recitaba y cantaba, continuando así el ministerio del profeta. Daniel es de los muy pocos profetas que ha publicado sus vaticinios sólo por escrito. Sin duda de esta divulgación de los oráculos proféticos proviene la falta de orden cronológico que en casi todos se siente; y no sólo del desorden cronológico de los diversos oráculos, sino hasta del desorden en un oráculo mismo, que viene a ser una de las dificultades más graves en el estudio de los profetas. Los expositores se esfuerzan por reducirlos a su verdadero orden; pero no teniendo a su disposición más medios que el texto actual de los oráculos mismos, ni más criterio que el orden lógico de las ideas, el ritmo de los versos y la artificiosa constitución de las estrofas, no siempre pueden alcanzar a restituirlos a su orden primitivo.


6. ¿Cómo probaban los profetas la verdad de su misión? Moisés, el primero de los profetas de Israel, necesitó señales con que mostrar al pueblo ser enviado de Dios (Ex. 3,11-6, 9); pero los que a Moisés siguieron, con la misión de mantener al pueblo en la observancia de la Ley o de reducirle a ella, no tenían necesidad de tales pruebas. Su vida ajustada a la Ley, su celo por la causa de Dios, la fortaleza con que luchaban contra los pecados del pueblo y reprendían las iniquidades de reyes, príncipes y sacerdotes, eran para los creyentes prueba bastante de que Dios los enviaba. Si Elías y Elíseo pasaron a la historia como grandes taumaturgos, de Isaías sólo se nos cuenta un milagro, de Jeremías y Ezequiel ninguno, como tampoco se cuenta ninguno del Bautista, el postrero de los profetas. Si al leer hoy sus discursos no puede menos de sentirse en ellos el espíritu de Dios, mucho más lo sentirían los coetáneos, que los oían y eran testigos de su vida.


7. La actividad de los profetas se desarrolló en íntima conexión con la vida religiosa, moral y hasta política del pueblo israelita. Por esto importa mucho, para entenderlos, conocer el ambiente histórico en que ejercían su ministerio. Materia de sus reprensiones son las idolatrías del pueblo, las injusticias de los jueces, la opresión de parte, de los poderosos y la conculcación de la ley divina por parte de todos. La política demasiado humana de los gobernantes, que por su falta de fe en Dios acudían a alianzas peligrosas para la vida religiosa del pueblo, ofrece también a algunos profetas, como Isaías y Jeremías, materia de duros reproches.
La figura que Israel hace en la historia antigua no puede ser más humilde, no obstante su grandeza en el orden religioso. Ateniéndose a la época en que florecieron los profetas escritores, desde el siglo VIII hasta el IV antes de Jesucristo, Israel vivió en vasallaje o bajo la dominación de los extranjeros, primero de la Asiría, luego de Babilonia y después de Persia. Fué Teglatfalasar III, llamado también Pul, el que, después de ampliar su imperio por Oriente, pensó en dominar las regiones de Occidente. Los reyes amenazados trataron de unir sus fuerzas para oponerse al invasor. El rey de Judá, Ajaz, no asintió a tales planes. Para obtener la cooperación de Judá, el rey de. Siria, Rasín, y el de Samaría, Facea, declararon la guerra a Ajaz (734), con el propósito de sustituirle por un cierto Tabel, que se avendría a los planes de los confederados (Cfr. Is. 7,1-11.). Ajaz acudió en demanda de socorro a Teglatfalasar, el cual atacó luego el reino de Damasco, que pronto quedó convertido en una provincia más del reino asirio (732 Cfr. II Reg. 16, 1-9.). Luego se dirige contra Samaría, a cuyo rey, Facea, destronó, poniendo en su lugar a Oseas (732) y llevándose muchos cautivos a Nínive (Is. 7,1-11).
Judá quedó también sometido al vasallaje de Asiría durante el reinado todo de Ajaz. No se pasaron muchos años, y el amor de la libertad movió a los reinos occidentales a nueva tentativa. Parece que Samaría era el centro de la misma. Salmanasar IV, sucesor de Teglatfalasar III, trató de reprimir aquellos conatos de independencia, sujetando a Samaría. Fué Sargón, su sucesor, el que en 721, y después de dos años de asedio, tomó a Samaría, llevó cautiva la mayor parte de la población y puso fin al reino de Israel (II Rey. 17). Era una dura lección para Judá, que se mantuvo quieto, aun por el año 711, en que Azoto se sublevó, siendo cercada, tomada y duramente castigada por el mismo Sargón (Is 20, 1.).
Pero en los últimos años del siglo VIII, otra vez los pueblos quisieron probar fortuna. Senaquerib había sucedido a su padre; el Egipto ofrecía su apoyo a los rebeldes, y la Caldea, siempre en abierta lucha contra Nínive, entraba también en la coalición. (II Rey 39). Parece que Ezequías, hijo y sucesor de Ajaz, sentía simpatía por los sublevados, y si no se alzó en armas, alentó a los confederados y les prestó su ayuda. Por esto, cuando Senaquerib vino a sofocar aquellos conatos de libertad, entró por las ciudades de Judá, muchas de las cuales tomó y saqueó (II Rey 36-37). A los egipcios, que vinieron en socorro de los confederados, los derrotó en Altacu (Eltequeh), en la tribu de Dan. Tras de dos legaciones a Ezequías para que entregara a Jerusalén, la asedió, pero no pudo tomarla. Una grave peste que se declaró en su ejército le obligó a retirarse a Nínive, sin que volviera a parecer por Palestina en los veinte años que aún reinó hasta ser asesinado por sus hijos (681 ).
Sin embargo, los asirios, dueños de Damasco y de Samaría, continuaban ejerciendo su hegemonía sobre los pueblos de Camín, No sabemos que los sucesores de Senaquerib, Asaradón y Asurbanípal, que elevaron el imperio asirio al apogeo de su grandeza, tuvieran que intervenir con las armas. Los pueblos entendieron que les era mejor soportar el yugo asirio pagando tributo a los reyes de Nínive, que exponerse a las guerras y deportaciones que aquellos usaban. Sólo el libro de las Crónicas nos cuenta que Manasés, hijo y sucesor de Ezcquías, había sido llevado cautivo a Babilonia, de donde volvió para ocupar otra vez el trono. Su delito no debía de ser muy grave, cuando fué dado por libre y continuó reinando (II Par 33, 11-13). Probablemente tuvo lugar esto alrededor del año 650, en que Asurbanipal luchaba contra su hermano Samasumuquin, gobernador de Babilonia, hasta tomar la ciudad y sujetar la Caldea, que había hecho causa común con el rebelde. Muerto este rey (625), que llegó a apoderarse de Egipto, la Asiría decayó rápidamente; Nínive fué tomada por los medos y caldeos en 612, y aunque su ejército continuó luchando por la conservación del imperio, éste, pocos años después, desapareció, dejando en pos de si la memoria de su espíritu guerrero, de su ferocidad y de su sistema de deportaciones, que los caldeos imitaron luego.


8. Una señal de cuán habituados estaban los pueblos de Palestina al yugo asirio pudiera ser la conducta de Josías. Como el Faraón Necao se dirigiese con un ejército hacia la Siria, para lograr alguna parte de los despojos del reino ninivita, Josías quiso cortarle el paso. En una desgraciada batalla, que se dio en Megido, quedó gravemente herido y vino a Jerusalén a morir en 608 (II Rey 23, 29ss.). Derrotado en Carquemis por el príncipe Nabucodonosor, no logró Necao sus propósitos; pero de vuelta a su tierra pasó por Jerusalén, y hallando el trono de Josías ocupado desde hacía tres meses por Joacaz, su hijo, destituyó a éste y puso en su lugar a Joaquim, llevando a su hermano a Egipto (1b. 44, 31-35). Después de la retirada del Faraón, Judá pudo creerse independiente, hasta que en 604 Nabucodonosor se presentó en Palestina e impuso su vasallaje a todos los reyes de la región. Pero entonces volvió a renovarse la antigua historia. Con la esperanza de la ayuda egipcia, los reyes de Siria y Canán se confederaron, para sacudir el yugo caldeo. En 596 se presentó Nabucodonosor con su ejército, y la coalición se deshizo. Joaquim había ya muerto, Joaquín o Jeconías, su hijo y sucesor, no se atrevió a afrontar los peligros de la guerra, y cuando los caldeos se presentaron ante Jerusalén, les salió al encuentro en son de paz. Nabucodonosor le prendió, para llevárselo a Babilonia con una buena parte de lo más selecto del pueblo, y puso en el trono a un tercer hijo de Josías, Matanías, a quien mudó el nombre por el de Sedecías, erigiéndole juramento de fidelidad (II Rey 24, 1-20).
Pronto Nabucodonosor se dió cuenta de que no podía estar seguro de la lealtad de Judá, y Sedecías hubo de ir a Babilonia para sincerarse. Al fin, en 589 acabó Sedecías por declararse en abierta rebeldía. Los caldeos llegaron y pusieron cerco a Jerusalén, tomándola al cabo de año y medio de asedio, en julio de 587. El templo fué incendiado, los muros y los palacios de Jerusalén, arrasados. A Sedecías le condenó a perder los ojos, después de haber contemplado la matanza de sus hijos y de sus cortesanos. Lo principal y más granado de la nación, en todos los órdenes, fué deportado a Caldea, quedando en Judá el pueblo humilde, bajo el gobierno de Godolías (II Rey 25; II Par 36,17 ss., y Jer 52).


9. No fué larga la duración del segundo imperio caldeo. A Nabucodonosor sucedieron como relámpagos tres reyes de su dinastía. El cuarto fué Nabonides, hijo de una sacerdotisa de Harrán, cuyo principal empeño fué reformar la religión caldea. Con esto se malquistó con los sacerdotes y el pueblo, que con gusto dieron acogida al ejército persa, mandado por Gubaru, caldeo. En 539 entró éste en Babilonia, defendida por el príncipe Belsarasar, que fué muerto. Pocos días después, Ciro hacía su entrada en la ciudad y era reconocido rey de Babilonia. Su primera medida fué ordenar la restitución de los dioses a sus antiguos santuarios, de donde la superstición de Nabonides los había sacado, y autorizar a todos los pueblos deportados para que volviesen a su tierra.
En estas medidas quedaron incluidos los judíos, a quienes restituyó los vasos sagrados, tomados del templo por Nabucodonosor, y dió permiso para volver a Judá y levantar el templo. No todos los deportados se resolvieron a emprender el viaje de vuelta. Y los que por entonces o más tarde lo hicieron, sólo pudieron levantar el altar y echar los cimientos del templo, impedidos de proseguirlo por los pueblos circunvecinos, sobre todo por los samaritanos, cuya cooperación en la obra del santuario los judíos no habían querido aceptar. Sólo en los comienzos del reinado de Darío (521), aprovechando las turbulencias originadas por el cambio de monarca y dinastía, pudieron acabar aquéllos la obra. Pero la ciudad continuaba en ruinas, hasta que Nehemías pidió y obtuvo del rey Artajerjes autoridad de gobernador, con el fin de levantar los muros de Jerusalén. Los que volvieron del cautiverio vivieron en su tierra, gozando de la amplia libertad que los persas les otorgaban, sobre todo a causa de la afinidad que creían hallar entre su religión y la judía; hasta que, caído el imperio persa a los golpes de maza de Alejandro Magno, la Palestina pasó automáticamente al dominio de los macedonios. Tal es el cuadro externo en que se desarrolló la actividad de los profetas. Veamos ahora el cuadro interior.


10. Es el argumento de este cuadro la vida religiosa y moral, cuyo principio fundamental era el monoteísmo, la adoración del único Dios de Israel, Yavé, y la observancia de su Ley. En otros términos, era la fidelidad al pacto hecho con Dios en el Sinaí, cuyas condiciones se contenían en la Ley. El primer precepto de ésta era el reconocimiento del solo Dios de Israel, excluidos todos los otros dioses; luego venía el culto de ese Dios, conforme a las prescripciones de la Ley, entre las cuales ocupaba lugar importante la exclusión de toda imagen que fácilmente inducía a la idolatría; en tercer lugar estaban los otros preceptos de carácter moral y social, que regían las relaciones de los israelitas unos con otros. Hasta la vida política había de inspirarse en los mismos principios. Debía mirar a mantener la independencia de Israel, pero apoyándose en Yavé y en sus promesas de protección contra los enemigos, y no buscando alianzas con las naciones, cuyo trato era un peligro para la vida religiosa del pueblo escogido.
En el reino de Samaría, Jeroboam, su fundador, para mantener a Israel separado de Jerusalén y de la dinastía davídica, había alzado unos becerros de oro en Dan y Betel, imágenes de Dios, pero condenados por la Ley, y que fueron perpetuo escándalo para el pueblo. Este es el pecado que el autor del libro de los Reyes pone de relieve en el juicio que hace de cada uno de los reyes de Israel. En estos santuarios se introdujeron, además del sacerdocio ilegítimo, pues no era de la tribu de Leví, muchas corruptelas idolátricas. Además, desde el reinado de Ajab, bajo la influencia de la reina Jezabel, fenicia, los cultos fenicios invadieron el reino, no obstante los esfuerzos de los profetas Elias, Elíseo y otros más. La idolatría era siempre fuente de inmoralidad en todos los aspectos de la vida, y de ello nos dan testimonio los discursos de los profetas. Por este camino, Samaría fué de mal en peor, hasta que cayó sobre ella el castigo definitivo por medio de Sargón, que destruyó la ciudad, llevó cautiva la mayor parte de su pueblo y trajo de Oriente otros pobladores, que ocuparon el lugar de los deportados. De la mezcla de estos elementos con los que de Israel habían quedado en la tierra, resultaron los samaritanos de la historia posterior; pueblo aborrecido de los judíos (II Rey 17,24 ss; I Exodo 4,1-11; Jn 4,9-11).


11. Cuanto a Judá, parece que en los reinados de Ozías y Joatán imperó el culto de Yavé; pero era más bien un culto externo, sin el sentimiento íntimo de la piedad ni las obras de justicia exigidas por la Ley. De ello tenemos la prueba en el primer discurso de Isaías (Is 1,2 ss). Pero en el reinado siguiente, de Ajaz, se dejaron sentir las influencias asirías, y en pos de ellas las cananeas (II Rey 16,10-11; II Par 28). Todas fueron extirpadas por Ezequías, que desde el principio de su reinado se esforzó por borrar las idolatrías que se habían introducido, especialmente en la época de su padre (II Rey 18,1-11; II Par 29-31). Procuró, además, atraer a los restos de Israel, que los asirios habían dejado en Samaría (II Par 30). Borró hasta los santuarios de los altos, porque, si bien dedicados a Yavé y hasta entonces tolerados, eran contrarios a la ley deuteronómica.
Cuan arraigadas estaban las tendencias idolátricas en el pueblo, nos lo demuestra el hecho de que, a la muerte del santo rey Ezequías, toda su obra de reforma quedó anulada, y los males se agravaron en el reinado de su hijo Manasés y de su nieto Amón, ambos adoradores fervorosos de los ídolos y practicantes de todas las abominaciones gentílicas, sin excluir el sacrificio de los niños por el fuego (II Rey 21; II Par 33). El espíritu yavista renace de nuevo con Josías (627), el cual, al conocer el Deuteronomio, hallado en sus días en el templo por Helcías, emprendió una reforma radical, según las prescripciones del mismo código. Pero estas reformas eran sólo oficiales y externas, y por eso, en cuanto faltó Josías y se sentaron en el trono sus hijos y nietos, que no tenían su espíritu religioso, volvió a aparecer la idolatría en todas sus formas. De ello tenemos dos testimonios: los de Jeremías y Ezequiel. Con la idolatría cundió la inmoralidad, tanto en los gobernantes como en los gobernados. Para fomentar todo esto estaban los falsos profetas, que pretendían hablar en nombre de los dioses o de Yavé. Deseando acabar de una vez con todas estas lacras de su pueblo, Dios decidió el destierro de los de Israel a Asiría y de los de Judá a Caldea. Bajo la violencia del azote renació la fe en los que habían de formar el resto escogido de que tanto hablan los profetas; los demás quedaron anegados en el mar de las naciones gentílicas.


12. No son Israel y Judá los únicos pueblos a quienes hablan los enviados de Dios; se dirigen también a los pueblos vecinos y aun o las naciones remotas, para anunciarles los juicios del Señor. No es de suponer que tales discursos llegasen a los reyes ni a los pueblos extraños, fuera de casos extraordinarios, como el de Jonás y el de los embajadores llegados a Jerusalén en tiempos de Jeremías (27, 2-11). Y así hemos de creer que, al proferirlos, pensaban en su propio pueblo, para mostrarle que la justicia de Dios alcanzaba todas las naciones. Pues la prosperidad material de esos pueblos gentílicos, no obstante sus idolatrías y pecados, constituía una tentación para Israel, que no entendía por qué Dios se mostraba tan severo con su pueblo y dejaba en paz y hasta prósperas a naciones que ni siquiera le conocían. A veces miran a consolar al pueblo con el anuncio de los castigos de aquellos reinos que les habían maltratado injustamente, y aun el de aquellos que, habiendo sido instrumentos de la cólera de Dios, se habían engreído con su poder y extremado en sus rigores, y no se habían reconocido ministros de la justicia del Señor.


13. Los profetas que nos han transmitido por escrito sus vaticinios no empiezan hasta el siglo VIII a. C, en la época en que los asirios invaden la Palestina, constituyendo un grave peligro, no sólo para la libertad de Israel, sino también para su vida religiosa y moral. Su orden cronológico es el siguiente:

ÉPOCA ASIRIA (742-612)



ÉPOCA BABILÓNICA (612-539)



ÉPOCA PERSA (539-333)



De época incierta quedan Abdías, Joel y Jonás. Por la extensión de sus vaticinios los dividieron ya los judíos en profetas mayores, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, aunque éste en la Biblia hebrea figura entre los hagiógrafos, y los otros doce, que formaban un solo libro, y se llamaban profetas menores.