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II Macabeos

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II Macabeos

Introducción al libro II de los Macabeos

Este libro no es propiamente un libro segundo, una continuación del precedente; es otro libro sobre la misma materia, bastante amplia para poder ser argumento de muchos libros. Un cierto Jasón de Cirene, desconocido de nosotros, compuso cinco libros sobre Judas Macabeo; nuestro autor los compendió en este solo libro en favor de los lectores que no pudieran leer los cinco de Jasón. Abarca unos quince años, 175-161 a. C. El propósito del autor no es sólo contar los sucesos históricos, sino, mediante ellos, instruir y edificar a sus lectores. Escribe en griego, y se. sirve de los recursos de la retórica griega para mejor lograr su intento. El prólogo (2, 20-33) y el epílogo (15, 38-40) ponen de relieve la gran diferencia que hay entre este libro y todos los otros escritos en lengua semítica. La cronología seguida es la del libro primero, con la diferencia de que este otro sigue en todo el cómputo oficial, empezando a contar desde el otoño de 312 a. C.

La obra va precedida de dos a modo de apéndices, que son dos cartas (1,1-9 y 1,10-2,19) dirigidas por los judíos de Jerusalén a los de Egipto, con el fin manifiesto de recomendarles la santidad del santuario yerosolimitano, y apartarlos del templo cismático, que habían levantado en Leontópolis.




SUMARIO


INTRODUCCIÓN


Carta de los judíos de Jerusalén a los judíos de Egipto

1 1«A los hermanos judíos que moran en Egipto, salud: Los hermanos judíos de Jerusalén y de Judea, paz y felicidad. 2Que Dios os bendiga, acordándose de su alianza con Abraham, Isac y Jacob, sus fieles siervos. 3Que a todos os dé corazón dispuesto para venerarle y cumplir con todo ánimo y buena voluntad sus preceptos. 4Que os abra el corazón para entender su ley y sus preceptos, os conceda la paz, 5oiga vuestras súplicas, se reconcilie con vosotros y no os abandone en el tiempo de la desgracia. 6Esta es nuestra oración por vosotros.
7Reinando Demetrio, el año 169, nosotros, los judíos, os escribimos cuando nos hallábamos en la gran tribulación que nos sobrevino desde que Jasón y los suyos se marcharon de la tierra santa y del reino. 8Pues incendiaron el pórtico del templo y derramaron mucha sangre inocente. Pero suplicamos al Señor, y le ofrecimos sacrificios y flor de harina, y encendimos las lámparas, y presentamos los panes. 9Ahora vosotros celebrad la fiesta de los tabernáculos en el mes de Casleu. Dada el año 188».


Carta a Aristóbulo y a los judíos de Egipto

10«Los moradores de Jerusalén y de Judea, el senado y Judas, a Aristóbulo, maestro del rey Tolomeo, del linaje de los sacerdotes ungidos, y a los otros judíos de Egipto, salud y prosperidad: 11Librados por Dios de grandes peligros, le damos muchas gracias, estando prontos a luchar de nuevo contra el rey. 12Pero Dios mismo ha aniquilado a los que combatían contra la ciudad santa. 13Pues cuando ese caudillo, con el ejército que le acompañaba, que parecía irresistible, llegó a Persia, fueron heridos en el templo de Nanea, gracias al engaño de los sacerdotes de ésta. 14Antíoco, acompañado de sus amigos, vino al lugar como para desposarse con ella y tomar en virtud de tal desposorio y a título de dote sus tesoros. 15Los sacerdotes de Nanea le habían hecho esta propuesta, y él con escasa gente entró en el recinto del templo. Cerraron aquéllos las puertas 16una vez que Antíoco hubo entrado, y abriendo luego una abertura disimulada en el techo, a pedradas aplastaron al caudillo y a sus acompañantes, los descuartizaron, les cortaron las cabezas y las tiraron fuera.

17Por esto bendito sea Dios, que así ha castigado a los impíos. 18Estando, pues, para hacer la purificación del templo en el mes de Casleu, hemos creído deber nuestro manifestároslo, para que también vosotros celebréis la fiesta de los Tabernáculos y del fuego que se encendió cuando Nehemías, después de edificar el templo y el altar, ofreció sacrificios. 19Pues al ser nuestros padres llevados a Persia, los sacerdotes piadosos que había entonces, ocultamente tomaron del fuego del altar, y lo escondieron en un hueco, a manera de pozo seco, en el cual lo depositaron, tan en seguro que el sitio quedó de todos ignorado. 20Transcurridos muchos años, Nehemías, que había sido enviado por el rey de Persia, mandó a los nietos de los sacerdotes que lo habían ocultado, a buscar el fuego, y según ellos contaron, no hallaron fuego, sino un agua espesa, 21de la cual les mandó que sacasen. Cuando las víctimas estaban dispuestas en el altar, ordenó Nehemías a los sacerdotes que con el agua rociasen la leña y lo que encima de ella había. 22Cumplido esto y pasado un poco de tiempo, salió el sol, que antes estaba nublado, y se encendió un gran fuego, quedando todos maravillados. 23Y mientras oraban los sacerdotes y todos los presentes, empézando Jonatán y respondiendo los restantes, 24hasta Nehemías, se consumía el sacrificio. La oración era ésta: Señor, Señor Dios, creador de todas las cosas, temible, justo, misericordioso y rey único bondadoso, 25único liberal, único justo, omnipotente y eterno, que libras a Israel de todo mal, que elegiste a nuestros padres y los santificaste; 26acepta este sacrificio por todo tu pueblo de Israel, protege tu heredad y santifícala. 27Congrega a nuestros dispersos, vuelve la libertada los que viven en servidumbre entre las naciones, pon los ojos en estos despreciados y abominados, conozcan las naciones que tú eres nuestro Dios. 28Aflige a los que nos oprimen y con insolencia nos ultrajan. 29Trasplanta tu pueblo a tu lugar santo, según dijo Moisés.
30Los sacerdotes entretanto cantaban himnos. 31Cuando el sacrificio se hubo consumido, mandó Nehemías derramar el agua restante sobre grandes piedras; 32y en cuanto lo hicieron, de la luz del altar se encendió una llama que las consumió.
33Cuando esto se hízo notorio, y contaron al rey de Persia que en el lugar donde los sacerdotes llevados cautivos habían ocultado el fuego, apareció agua, con la cual los que acompañaban a Nehemías habían encendido el sacrificio, 34después de hechas averiguaciones, hizo cercar el sitio y lo declaró sagrado. 35Aquel día fué día de felicitaciones, en que el rey repartió y recibió ricos presentes. 36Los de Nehemías llamaron a aquel sitio Neftar, que quiere decir purificación, pero muchos le llaman Neftai.


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  • 7 La fecha de la carta a que se alude es el año 144 a.C., en que reinaba Demetrio II Nicator (146-142); pero los sucesos a que en ella se hace referencia se remontan a la época de Antíoco IV (I Mac 1,39ss; IIMac 5,5ss).(Volver a Lectura).

  • 9 Esta exhortación a celebrar la fiesta de los Tabernáculos, o mejor Dedicación, instituida por Judas Macabeo al restaurar el culto en 165, implicaba el reconocimiento del templo de Jerusalén como único legítimo. El texto habla de la fiesta de los Tabernáculos, que era la fiesta tradicional del mes de Tisri. La explicación de este nombre nos la da el relato de la fundación de la fiesta en II Mac 10,6ss, San Juan la menciona bajo el nombre de encenía (10,22). La carta es del año 125 a.C.(Volver a Lectura).

  • 10 Esta segunda carta está escrita por un cierto Judas en nombre del pueblo, después de la purificación del santuario (165), y va dirigida también a los judíos de Egipto y nominalmente a Aristóbulo, preceptor del rey, Tolomeo VI Filometor, que reinó de 184-146.(Volver a Lectura).

  • 12 En esta carta se encuentran tres sucesos, ordenados todos ellos a exaltar la santidad del templo de Jerusalén. Es el primero la muerte ignominiosa de Antíoco IV, el gran profanador de la ciudad santa y del templo, en castigo de sus crímenes. La versión es algo distinta de las otras; pero es una de las que corrían en Judea sobre la muerte del rey en las remotas regiones de Persia, adonde había ido en busca de oro.(Volver a Lectura).

  • 19 El segundo suceso había acaecido ya en los días de Nehemías, en que la nafta, extraída de un pozo, se había encendido a los rayos del sol. Semejante prodigio había llegado hasta la corte persa, produciendo en ella gran conmoción.(Volver a Lectura).




2 1Se halla en antiguos documentos, que el profeta Jeremías, al mandar a los deportados tomar del fuego antes referido, les entregó un ejemplar de la ley 2y les recomendó que no diesen al olvido los preceptos del Señor, ni se pervirtiesen a la vista de los ídolos de oro y de plata y sus adornos. 3Muchas cosas como éstas les dijo, exhortándolos a no apartarse jamás del amor de la Ley. 4También en documentos está escrito que el profeta, por revelación divina, mandó que le siguiesen con el tabernáculo y el arca, y salió hasta el monte donde había subido Moisés para ver desde allí la heredad de Dios. 5Llegado a él, Jeremías halló una gruta a modo de estancia, en la cual introdujo el tabernáculo, el arca y el altar de los perfumes, murando en seguida la entrada. 6Algunos de los que le acompañaban vinieron luego, para poner señales en el camino, a fin de poder hallarlo después. 7Mas así que Jeremías lo supo, los reprendió, diciéndoles: Este lugar quedará desconocido, hasta que Dios vuelva a congregar a su pueblo y tenga de él misericordia. 8Entonces dará a conocer el paradero de estas cosas, aparecerá su gloria, y asimismo la nube, como se manifestó al tiempo de Moisés, y cuando Salomón pidió que el templo fuese gloriosamente santificado. 9También allí se cuenta cómo el rey sabio ofreció el sacrificio de la dedicación y terminación del templo; 10y que así como cuando Moisés oró al Señor descendió fuego del cielo que consumió el sacrificio, así también, orando Salomón, descendió fuego y consumió el holocausto. 11Y dijo Moisés: Por no haber sido comido el sacrificio por el pecado, fué consumido por el fuego. 12También Salomón celebró la fiesta por ocho días.
13Esto mismo se refiere en los escritos y memorias de Nehemías; y se dice, además, que había reunido una biblioteca y puesto en ella los libros de los reyes, los de los profetas y los de David y las cartas de los reyes sobre las ofrendas. 14Así también Judas reunió todos los libros dispersos por la guerra que hubimos de sufrir, que ahora se hallan en nuestro poder. 15Si de ellos tuviereis, pues, necesidad, mandadnos quienes os los lleven.
16Estando nosotros para celebrar la fiesta de la purificación, os escribimos estas letras: Haréis muy bien en solemnizar estos días. 17Dios, que ha librado a su pueblo, nos ha devuelto a todos la heredad, el reino, el sacerdocio y el santuario, 18como lo prometió en la ley. Esperamos, pues, de Dios, que pronto tendrá misericordia de nosotros y nos congregará en el lugar santo, de entre todas las naciones que existen bajo el cielo, 19pues nos ha librado ya de grandes calamidades y ha purificado el santuario».

Prefacio

20La historia de Judas el Macabeo y de sus hermanos, la purificación del gran templo y la dedicación del altar, 21las guerras de Antíoco Epifanes y de su hijo Eupátor, 22las apariciones celestes a los que gloriosamente combatían por el judaismo, para que, aun siendo pocos, recobrasen toda la tierra y pusieran en fuga muchedumbres de bárbaros, 23y recuperasen el templo famoso en toda la tierra, y librasen la ciudad, y restableciesen las leyes que estaban a punto de quedar abolidas, siéndoles el Señor propicio con toda bondad, 24fué narrada por Jasón de Cirene en cinco libros, que nosotros nos proponemos compendiar en un solo volumen. 25Porque, considerando el número excesivo de los libros, y la dificultad que hallan, por la muchedumbre de las cosas, los que quieren aplicarse a conocer las historias, 26hemos pensado proporcionar solaz del alma a los aficionados a leer, y dar a los estudiosos facilidad para aprender las cosas de memoria; en una palabra, alguna utilidad a todos aquellos que tomen este libro en sus manos. 27Mas para nosotros este trabajo que hemos emprendido no ha sido cosa fácil, sino de mucho trabajo, sudores y desvelos. 28Como el que prepara un festín, buscando complacer a otros, se echa encima una pesada carga, así nosotros, para merecer la gratitud de muchos, hemos tomado con gusto este trabajo. 29Dejando al historiador el oficio de narrar detalladamente las cosas, nos hemos esforzado por seguir las normas de la condensación. 30Pues así como el arquitecto que se propone levantar una casa nueva, ha de pensar en el conjunto de la construcción; mientras que el decorador y el pintor sólo tienen que cuidarse de lo que toca a la ornamentación, así creo yo que nos sucede a nosotros. 31Investigar la materia histórica, examinarla en todos sus aspectos y detalles; eso compete al narrador de la historia; 32pero procurar el compendio de la narración, sin llegar a agotar el asunto toca al compilador, 33y con esto comenzamos nuestra narración, después de habernos extendido tanto en el prefacio. Sería una simpleza mostrarse difusos antes de entrar en materia, para luego ser breves en ésta.


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  • 19 Adviértase que el autor sagrado recoge estas cartas en su libro, pero sin dar juicio de la verdad de cuanto contienen.(Volver a Lectura).




PRIMERA PARTE

La preservación del tesoro del templo

3 1Hallándose la ciudad en completa paz, observándose exactamente las leyes, por la piedad del sumo sacerdote Onías y su odio a toda maldad, 2sucedía que hasta los mismos reyes honraban el santuario y lo enriquecían con magníficos dones. 3Y así, Selcuco, rey de Asia, concedió de sus propias rentas todos los gastos necesarios para el servicio de los sacrificios. 4Pero un cierto Simón, de la tribu de Benjamín, constituido inspector del templo, se enemistó con el sumo sacerdote, con motivo de la fiscalización del mercado de la ciudad. 5No pudiendo vencer la resistencia de Onías, se fué a Apolonio, hijo de Traseas, que por aquel tiempo era general de la Celesiria y Fenicia, 6y le hizo saber cómo el tesoro de Jerusalén estaba lleno de riquezas indecibles, y que la cantidad de dinero que allí había era incalculable, y no se destinaba al sostenimiento de los sacrificios, pudiendo el rey apoderarse de ello.
7Apolonio se fué luego a ver al rey y le dió cuenta de los tesoros referidos. Este eligió a Heliodoro, su ministro de hacienda, a quien envió con órdenes de apoderarse de las riquezas. 8En seguida se puso en viaje Heliodoro, con el pretexto de visitar las ciudades de Celesiria y Fenicia, pero en realidad, para ejecutar el propósito del rey. 9Llegado a Jerusalén, fué recibido cordialmente por la ciudad y el sumo sacerdote, a quiendió luego cuenta de lo que le había sido comunicado, y del motivo de su venida, preguntando si lo que se les había dicho se ajustaba a la verdad.
10El sumo sacerdote le hizo ver que se trataba de depósitos para el socorro de viudas y huérfanos, 11de una cantidad que pertenecía a Hircano, hijo de Tobías, hombre de muy buena posición, contra lo que calumniosamente había denunciado el impío Simón; y que, en fin, la suma de todo el dinero era de cuatrocientos talentos de plata y doscientos de oro, 12siendo del todo imposible cometer tal injusticia contra los que habían confiado en la santidad del lugar y en la majestad del templo, honrado en toda la tierra. 13Pero Heliodoro, en virtud de las órdenes del rey, contestó que aquellos tesoros habían de ser necesariamente entregados al tesoro real. 14Señalado día, se preparó a entrar, dispuesto a apoderarse de tales riquezas, lo que produjo no pequeña conmoción en toda la ciudad.
15Los sacerdotes, vestidos de sus túnicas sagradas, se arrojaron ante el altar; clamaban al cielo, invocando al que había dado ley sobre los depósitos, de que les fueran guardados intactos a quienes los depositaron. 16Nadie podía mirar el rostro del sumo sacerdote sin quedar traspasado, porque su aspecto y su color demudado mostraban la angustia de su alma. 17El temor que se reflejaba en aquel varón, y el temblor de su cuerpo, revelaban a quien le miraba la honda pena de su corazón. 18Los ciudadanos salían, en tropel de sus casas, para acudir a la pública rogativa en favor del lugar santo, que estaba a punto de ser profanado. 19Las mujeres, ceñidos los pechos de saco, llenaban las calles; y las doncellas recogidas, concurrían unas a las puertas del templo, otras sobre los muros, algunas miraban furtivamente por las ventanas, 20y todos, tendidas las manos al cielo, oraban.

21Era para mover a compasión, ver la confusa muchedumbre postrada en tierra, y la ansiedad del sumo sacerdote, lleno de angustia. 22Todos invocaban al Dios omnipotente, pidiendo que los depósitos fuesen con plena seguridad conservados intactos a los depositantes. 23Heliodoro, por su parte, dispuesto a consumar su propósito, estaba ya acompañado de su escolta junto al gazofilacio, 24cuando el Señor de los espíritus y rey del absoluto poder, hizo de él gran muestra a cuantos se habían atrevido a entrar en él. Heridos a la vista del poder de Dios, quedaron impotentes y atemorizados. 25Se les apareció un jinete terrible. Montaba un caballo adornado de riquísimo caparazón, que, acometiendo impetuosamente a Heliodoro, le acoceó con las patas traseras. El que le montaba iba armado de armadura de oro. 26Aparecieron también dos jóvenes fuertes, llenos de majestad, magníficamente vestidos, los cuales, colocándose uno a cada lado de Heliodoro, le azotaban sin cesar, descargando sobre él fuertes golpes. 27Al instante Heliodoro, caído en el suelo y envuelto en tenebrosa oscuridad, fué recogido y puesto en una litera. 28Y el que hacía poco, con mucho acompañamiento y con segura escolta, entraba en el gazofilacio, era ahora llevado, incapaz de auxiliarse a sí mismo, habiendo experimentado manifiestamente el poder de Dios; 29y por la divina virtud, yacía mudo, privado de toda esperanza de salud. 30Los judíos, por su parte, bendecían al Señor, que había defendido el honor de su casa. Y el templo, poco antes lleno de terror y de turbación, ahora rebosaba de alegría y regocijo, gracias a la intervención del Señor omnipotente.
31Pronto acudieron algunos de los de Heliodoro, suplicando a Onías que invocase al Altísimo, para que hiciese gracia de la vida al que se hallaba en el último extremo. 32Y temiendo el sumo sacerdote que el rey llegase a imaginarse que los judíos habían cometido algún crimen contra Heliodoro, ofreció un sacrificio por la salud de éste. 33Mientras el sumo sacerdote ofrecía el sacrificio de propiciación, los mismos jóvenes se aparecieron de nuevo a Heliodoro, con las mismas vestiduras de antes; y acercándose a él, le dijeron: «Da muchas gracias a Onías, el sumo sacerdote, pues a él le debes que el Señor te haya dejado la vida. 34Tú, pues, castigado por Dios, confiesa ante todos su gran poder». Dicho esto, desaparecieron.
35Heliodoro, después de ofrecer un sacrificio al Señor y de hacer grandes votos a quien le había concedido la vida, se despidió amigablemente de Onías y se volvió con sus tropas al rey, 36dando público testimonio de las obras del Dios altísimo que con sus ojos había visto. 37Interrogado por el rey sobre quién sería el más apto para enviarlo a Jerusalén, dijo: 38«Si tienes algún enemigo, o alguien que conspire contra tu reino, mándalo allá, que bien castigado vendrá, si es que salva la vida; porque sin duda que hay en aquel lugar una fuerza divina. 39El mismo que en los cielos habita tiene sus ojos puestos sobre aquel lugar para defenderlo, y hiere de muerte a los que a él se llegan con malos propósitos». 40Tal fué el episodio de Heliodoro y de la preservación de gazofilacio.


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  • 1 Este Pontífice Onías, de quien el autor hace tan magnífico elogio, es probablemente el jefe ungido a que se refiere Daniel 9,26, y cuya muerte señala el término de las sesenta y dos semanas de años y el principio de la última semana, que es de grandes calamidades para el pueblo.(Volver a Lectura).

  • 11 El templo era como un banco en que, cual en lugar seguro, depositaban algunos particulares sus capitales.(Volver a Lectura).




Onías, calumniado, destituido y asesinado

4 1Simón, el delator del tesoro y de la patria, hablaba mal de Onías, afirmando ser él quien había maltratado a Heliodoro, y el autor de todo el mal. 2Al bienhechor de la ciudad, al defensor de sus ciudadanos, al celador de las leyes, se atrevía a llamarlo traidor al reino. 3Tan adelante fué esta enemistad, que hasta llegaron a cometerse homicidios por parte de algunos parciales de Simón; 4tanto que Onías, considerando lo peligroso de estas rivalidades y la furia de Apolonio, general de la Celesiria y Fenicia, en favorecer la maldadde Simón, se fué a ver al rey, 5no como acusador de sus conciudadanos, sino mirando al interés común y particular de toda la nación; 6pues veía que, sin la intervención del rey, era imposible lograr la paz en el gobierno y que Simón no cesaría en su locura.
7Muerto Seleuco y apoderado del reino Antíoco, por sobrenombre Epifanes, Jasón, hermano de Onías, comenzó a ambicionar el sumo sacerdocio; 8y en una audiencia prometió al rey trescientos sesenta talentos de plata, ochenta talentos más de otras rentas, 9y sobre éstos, ciento cincuenta más, si se le autorizaba, para instalar un gimnasio y una mancebía y se concedía a los de Jerusalén la ciudadanía antioquena. 10Accedió el rey; y Jasón, obtenido el poder, luego se dió a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos. 11Abolió los privilegios otorgados a los judíos por el favor de los reyes gracias a las gestiones de Juan, padre de Eupolemo, el que desempeñó la embajada para obtener la amistad y alianza de los romanos; contra los derechos ciudadanos introducía costumbres impías, 12y hasta bajo la misma acrópolis se atrevió a erigir el gimnasio, obligando a educar allí a los jóvenes más nobles.
13Así cundió en alto grado el helenismo y progresó la introducción de costumbres extranjeras, por la desalmada actitud del impío, más que sumo sacerdote, Jasón. 14Los sacerdotes ya no se preocupaban del servicio del altar, antes mostrando poca estima del templo y descuidando los sacrificios, se apresuraban a tomar parte en los prohibidos ejercicios de la palestra, en cuanto eran invitados a lanzar el disco. 15Desdeñando los honores patrios, estimaban en mucho las distinciones griegas. 16Por lo cual vino sobre ellos la gran calamidad, de que aquellos mismos a quienes envidiaban y a quienes en todo querían imitar, se volviesen luego contra ellos, y fuesen sus enemigos y opresores. 17No es cosa de poco ni que se hace impunemente violar las leyes divinas, como lo mostrará el tiempo venidero.
18Al celebrarse en Tiro los juegos quinquenales con asistencia del rey, 19el malvado Jasón envió de Jerusalén espectadores, ciudadanos de Antioquía, portadores de trescientas dracmas para el sacrificio de Hércules. Pero los que las llevaban pidieron que no se empleasen en los sacrificios porque no convenía, sino que se destinasen a otras expensas. 20Y así aquella cantidad que iba enviada,según la voluntad del donante, parael sacrificio de Hércules, por deseo delos portadores fué destinada a la construcción de trirremes.
21Habiendo sido enviado a Egipto Apolonio, de Menesteo, con motivo de la entronización del rey Tolomeo Filométor, vino a saber Antioco que aquel soberano era enemigo de su reino, y se propuso prevenirse contra él. Llegado a Jope, subió a Jerusalén, 22donde Jasón y la ciudad le hicieron un magnífico recibimiento, y entró en medio de antorchas y aclamaciones. Condujo luego de allí sus tropas a Fenicia.
23Pasados tres años, envió Jasón a Menelao, hermano del antes mencionado Simón, para llevar dinero al rey y para gestionar ciertos asuntos importantes; 24pero, ganada la gracia del rey, Menelao le adulaba, dándose aires de hombre influyente, con lo que obtuvo para sí el sumo sacerdocio, ofreciendo trescientos talentos más que Jasón.

25Y así, con las credenciales del rey, se vino aquel hombre que no tenía nada que le hiciera digno del sacerdocio, sino instintos de tirano cruel y sentimientos de fiera salvaje. 26Jasón, que había suplantado a su hermano, fué a su vez suplantado por otro y forzado a huir a la tierra de Ammón. 27Mas como Menelao, una vez posesionado del poder, no cumpliese las promesas hechas al rey, 28a pesar de las reclamaciones de Sóstrates, alcaide de la acrópolis, a quien pertenecía la exacción de los tributos, ambos fueron llamados por el rey. 29Menelao hubo de dimitir el sumo sacerdocio en favor de su hermano Lisímaco, y Sóstrates fué nombrado gobernadorde Chipre.
30Entretanto, los tarsenses y los malotas se rebelaron, por haber sido dados en regalo a Antioquida, concubina del rey. 31A toda prisa partió éste para aquietarlos, dejando encargado del gobierno a Andrónico, uno de sus dignatarios. 32Menelao, juzgando la ocasión propicia, arrebató ciertos objetos del templo, que regaló a Andrónico; otros logró venderlos en Tiro y en las ciudades vecinas. 33Cuando de esto supo con certeza Onías, que se hallaba retirado en su lugar de asilo, junto a Dafne, cerca de Antioquía, le reprendió. 34Por lo cual Menelao, llamando aparte a Andrónico, le pidió que matase a Onías; y aquel, yendo a verle, con dolo, dándole la mano y haciendo juramento, persuadió a Onías (aunque no dejaba de serle sospechoso), a que saliese de su asilo, y al instante le mató, sin respeto alguno de la justicia.
35Fué esto motivo de que, no sólo los judíos, sino también muchos de las otras naciones, se indignaran y llevasen muy mal la inicua muerte de tal varón. 36Vuelto de Cilicia el rey, se le presentaron los judíos de Antioquía y muchos de los griegos, que asimismo aborrecían la maldad, para hablarle de la muerte injusta de Onías. 37Cordialmente se entristeció Antíoco, y movido de compasión derramó lágrimas, recordando la discreción y gran modestia de Onías; 38e indignado, al instante despojó a Andrónico del manto de púrpura e hizo que, desgarrados los vestidos, le pasearan por toda la ciudad, hasta el sitio mismo en que había impíamente asesinado a Onías. Allí fué ejecutado aquel criminal, dándole el Señor su merecido.
39Muchos fueron los robos sacrilegos cometidos en Jerusalén por Lisímaco. aconsejado de Menelao; tanto, que, difundida la fama, se amotinó el pueblo contra Lisímaco, pero cuando ya muchos objetos de oro habían desaparecido. 40Excitada la muchedumbre e inflamada en cólera, se reunieron hasta unos tres mil hombres y comenzaron a obrar desaforadamente. Era su jefe un cierto Tirano, no menos avanzado en años que en crueldades. 41Cuando se dieron cuenta de que Lisímaco los atacaba, cogieron unos piedras, otros estacas y algunos hasta la ceniza que tenían a mano, y confusamente las arrojaban contra los que rodeaban a Lisímaco.
42Fueron heridos muchos de ellos, algunos derribados y todos ahuyentados; el mismo sacrilego quedó muerto junto al gazofilacio. 43A propósito de estos hechos se entabló un juicio contra Menelao. 44Habiendo venido el rey a Tiro, tres varones enviados por el senado propusieron ante él la causa. 45Menelao, viéndose ya perdido, prometió mucho dinero a Tolomeo, hijo de Dorimenes, si le ganaba al rey. 46Y en efecto, llevándole aparte hacia un peristilo, como para tomar el fresco, hizo mudar de sentencia al rey, 47que absolvió de todos sus crímenes a Menelao, autor de toda la maldad, y condenó a muerte a aquellos desdichados, que, si ante los escitas hubieran tenido que defender su causa, habrían sido dados por inocentes. 48Sin tardanza fueron al injusto castigo los que habían tomado la defensa de la ciudad, del pueblo y de los vasos sagrados. 49Pero hasta los tirios, horrorizados de la maldad, les hicieron magníficos funerales. 50Entretanto, Menelao permanecía en el poder, por la avaricia de los gobernantes, y progresaba en maldad, convertido en feroz perseguidor de sus conciudadanos.


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  • 9 Mancebía en el sentido clásico, de juventud o mocedad, y aquí, de lugar para la educación de la juventud en las costumbres helénicas. Algo semejante al gimnasio.(Volver a Lectura).

  • 12 Casos como el de Jasón los vemos con alguna frecuencia en esta historia. Nos dan a conocer a qué extremo habla descendido la moral en muchos primates de Juda.(Volver a Lectura).




Las crueldades de Antíoco

5 1Por este tiempo preparó Antíoco su segunda expedición contra Egipto; 2y por espacio de casi cuarenta días, por toda la ciudad aparecieron en el aire carreras de jinetes vestidos con túnicas doradas, armados de lanzas, a semejanza de cohortes, 3y escuadrones de caballos en orden de batalla, ataques y cargas de una y otra parte, movimiento de escudos, multitud de lanzas, espadas desenvainadas, lanzamiento de dardos, brillar de armaduras de oro y corazas de todo género. 4Por lo cual, todos rogaban que tales apariciones fuesen buen presagio.
5Difundido el rumor de que Antíoco había muerto, tomó Jasón no menos de mil hombres y atacó de improviso a la ciudad. Aunque los moradores corrieron a los muros, la ciudad fué tomada, y Menelao se refugió en la acrópolis. 6Jasón hizo sin piedad gran matanza en sus conciudadanos, no teniendo en cuenta que una feliz jornada contra sus conciudadanos es el mayor infortunio; pensando, por lo contrario, que alcanzaba trofeos de los enemigos y no de los connacionales. 7Mas no por eso logró adueñarse del poder, y al fin recibió el oprobio como premio de su traición, teniendo que huir de nuevo a la tierra de Ammón. 8El fin de su perversa vida fué éste: que, acosado por Aretas, rey de los árabes, huyendo de ciudad en ciudad, de todos perseguido, detestado como renegado de su ley, execrado como verdugo de su patria y de sus conciudadanos, fué empujado hasta Egipto; 9y el que a tantos había desterrado de la patria, vino a morir en tierra extraña, huyendo a Lacedentonia con la esperanza de lograr un refugio en gracia del parentesco; 10y el que a tantos había dejado sin sepultura, murió sin ser por nadie llorado, y privado de sepultura, más aún del sepulcro familiar.
11Llegados a noticia del rey estos sucesos, sospechó que la Judea quería rebelarse; y así, al volver de Egipto, hecho una furia, se apoderó de la ciudad por la fuerza de las armas 12y ordenó a los soldados herir sin piedad a los que les salieran al encuentro, y degollar a los que subiesen sobre las casas. 13Así fueron muertos jóvenes y viejos, desaparecieron hombres y mujeres y niños, y fueron degollados doncellas y niños de pecho.

14En tres días enteros que duró, perecieron ochenta mil personas; cuarenta mil cayeron asesinadas y otras tantas fueron vendidas por esclavas. 15No satisfecho con esto, se atrevió a entrar en el templo, el más santo de toda la tierra, siendo su guía el traidor a la religión y a la patria, Menelao. 16Con sus impuras manos tomó los vasos sagrados, y arrebató los dones que por otros reyes habían sido ofrecidos para realzar la gloria y la dignidad del lugar, entregándolos a manos impuras.
17Llena el alma de orgullo, Antíoco no veía que, por los pecados de los moradores de la ciudad, el Señor se había por breve tiempo irritado, y que por esto había ocurrido aquel desprecio hacia el lugar. 18Si no hubiese sido por estar ellos cargados de tantos pecados, igual que Heliodoro, el enviado del rey Seleuco para apoderarse del tesoro, hubiera éste sentido, en cuanto allí puso el pie, reprimida su audacia por los azotes. 19Pero no eligió el Señor la nación por el lugar, sino el lugar por la nación; 20por lo cual, aquél ha tenido que participar de la desdicha del pueblo, así como después participó en los beneficios del Señor, y abandonado a la cólera del Omnipotente, de nuevo ha sido restaurado con gran gloria, en la reconciliación del altísimo Señor.
21En suma, que Antíoco, habiendo arrebatado del templo mil ochocientos talentos, a toda prisa se retiró a Antioquía, pensando en su orgullo que podría navegar por la tierra y andar por el mar, para vanagloria de su espíritu. 22Todavía dejó prefectos que afligieron a la nación; en Jerusalén, a un tal Filipo, frigio de nación, más cruel que el mismo que lo había puesto; y en Garizin, a Andrónico; a los cuales hay que añadir Menelao, que a todos excedió en maldad contra sus conciudadanos, 23y era el que peores sentimientos tenía hacia sus compatriotas.
24Más tarde envió todavía Antíoco al abominable Apolonio, con un ejercito de veintidós mil hombres, con órdenes de degollar a todos los adultos y vender a las mujeres y a las jóvenes. 25Llegó éste a Jerusalén simulando paz, y hasta el día santo del sábado se estuvo quieto. Entonces, mientras los judíos estallan en fiesta, dió órdenes a sus soldados de hacer ejercicios, 26y mató a todos cuantos salieron a contemplarlos, e invadiendo luego la ciudad, dió muerte a una gran muchedumbre. 27Pero Judas Macabeo, con otros nueve, se retiró al desierto, y con los suyos vivía a la manera de las fieras en los montes, alimentándose de hierbas, por no contaminarse.


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La persecución religiosa

6 1No mucho tiempo después mandó el rey a un anciano ateniense para que obligara a los judíos a dejar la religión de sus padres, prohibiéndoles vivir según las leyes de Dios; 2con orden de que profanara el templo de Jerusalén y lo dedicara a Júpiter Olímpico, y el de Garizin, según la condición de los moradores del lugar, a Júpiter Hospitalario. 3Grave e insoportable era para la muchedumbre el progreso de la maldad; 4porque el templo era teatro de libertinajes y orgías de los gentiles, que Se solazaban allí con las meretrices, y en los atrios sagrados tenían comercio con las mujeres, llenándolo todo de inmundicias. 5El altar mismo estalla lleno de cosas indecentes, execradas por la ley. 6No se observaban los sábados, ni se guardaban las fiestas patrias, ni siquiera podía uno declararse judío. 7Al contrario, con inexorable violencia eran arrastrados a celebrar cada mes el natalicio del rey y a participar en los sacrificios; y cuando se celebraban las fiestas de Dionisio, eran forzados los judíos a tomar parte en las procesiones, coronados de hiedra.
8Por sugestión de los tolemenses, se publicó un edicto en las ciudades griegas inmediatas, para obrar de igual modo con los judíos, obligándolos a participar en los sacrificios 9y condenando a muerte a los que no consintiesen en acomodarse a las costumbres gentílicas. Era de ver qué excesos de desolación tuvieron entonces lugar. 10Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos; y con los niños colgados de los pechos, las pasearon públicamente por la ciudad, y luego las precipitaron de las murallas. 11Otros que se habían reunido en próximas cavernas, para celebrar ocultos el día séptimo, denunciados a Filipo, fueron entregados a las llamas. Ni pensaron en defenderse, por el sumo respeto hacia el día santo.
12Por esto ruego a aquéllos a cuyas manos venga a parar este libro, que no se escandalicen de estos desdichados sucesos, ni piensen que para ruina y no para corrección de nuestro linaje sucedieron tales cosas. 13Que no dejar mucho tiempo impunes a los pecadores, sino aplicarles luego el castigo, es gran beneficio. 14El Señor aguanta con paciencia a las otras naciones, para castigarlas cuando han llenado la medida de sus iniquidades. 15Mas no obra así con nosotros, que sólo cuando hayamos llegado al colmo de nuestros pecados, ejerza la venganza. 16Nunca apartará su misericordia de nosotros; y corrigiendo a su pueblo con la adversidad, no le abandona. 17Sólo para memoria hemos dicho esto. Ahora prosigamos nuestra narración.

Muerte de Eleazar

18A Eleazar, uno de los primeros doctores, varón de avanzada edad y de venerable presencia, abriéndole la boca querían forzarle a comer carne de puerco. 19Pero él, prefiriendo una muerte gloriosa a una afrentosa vida, iba de su propia voluntad al suplicio, 21y la escupía, como han de hacer los que tienen valor para rechazar de sí cuanto no es lícito comer por amor a la vida. 21Los que presidían el inicuo sacrificio, por la amistad que de antiguo tenían con aquel varón, tomándole aparte, le exhortaban a traer cosas de las permitidas, preparadas por él, para simular que había comido las sacrificadas, según mandato del rey. 22Haciendo así, se libraría de la muerte; y por la antigua amistad, hacían con él este acto de humanidad. 23Pero él, elevándose a más altas consideraciones, dignas de su edad, de la nobleza de su vejez, de su bien ganada y respetable canicie, y de la ejemplar vida que desde niño había llevado, digna en todo de las leyes santas establecidas por Dios, respondió diciendo que cuanto antes le enviasen al Ades; 24que era indigno de su ancianidad simular, no fuese que pudieran luego decir los jóvenes que Eleazar, a sus noventa años, se había paganizado con los extranjeros.
25«Mi simulación», dijo, «por amor de esta corta y perecedera vida, los induciría a errar, echando sobre mi vejez una afrenta y un oprobio; 26pues aunque al presente lograra librarme de los castigos humanos, a las manos del Omnipotente no escaparé ni en vida ni en muerte. 27Por lo cual animosamente entregaré la vida y me mostraré digno de mi ancianidad, 28dejando a los jóvenes un ejemplo noble, para morir valiente y generosamente por nuestras venerables y santas leyes». Diciendo esto, tomó el camino del suplicio, 29conducido por aquellos mismos que poco antes se mostraban humanos para con él, pero que ahora, enfurecidos a causa de las palabras proferidas, le azotaban, teniéndole por insensato. 30Estando para morir de los azotes, exhaló un gemido y dijo: «El Señor santísimo ve bien que pudiendo librarme de la muerte, doy mi cuerpo a los crueles azotes; pero mi alma los sufre gozosa por el temor de Dios». 31Así acabó la vida, dejando con su muerte, no sólo a los jóvenes, sino a todos los de su nación, un ejemplo de nobleza y una memoria de virtud.


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  • 12 Es de notar esta observación del autor. ¿Cómo consentía Dios tales profanaciones de su santuario y tales iniquidades contra su pueblo? Para corregir y purificar a éste y hacerle digno de mayor misericordia.(Volver a Lectura).

  • 21 Hermoso cuadro, el de la pasión de este mártir de la ley antigua.(Volver a Lectura).




Martirio de los siete hermanos con su madre

7 1Es muy digno de memoria lo ocurrido a siete hermanos, que con su madre fueron presos, y a quienes el rey quería forzar a comer carnes de puerco prohibidas, y por negarse a comerlas fueron azotados con zurriagos y nervios de toro. 2Uno de ellos, tomando la palabra, habló así: «¿A qué preguntas? ¿Qué quieres saber de nosotros? Estamos prontos a morir, antes que traspasar las patrias leyes». 3Irritado el rey, ordenó poner al fuego sartenes y calderos. Cuando comenzaron a hervir, 4dió orden de cortar la lengua al que había hablado, y de arrancarle el cuero de la cabeza, a modo de los escitas, y cortarle manos y pies, a la vista de los otros hermanos y de su madre. 5Mutilado de todos sus miembros, mandó el rey acercarlo al fuego, y vivo aún, freirlo en la sartén. Mientras el vapor de ésta llegaba bastante a lo lejos, los otros, con la madre, se exhortaban a morir generosamente, 6diciendo: «El Señor Dios nuestro nos mira y tendrá compasión de nosotros, como lo dice Moisés en el cántico de protesta contra Israel: Tendrá piedad de sus siervos.
7Muerto de esta manera el primero, tomaron al segundo, para atormentarle. Y arrancado el cuero cabelludo, le preguntaron si estaba dispuesto a comer, antes de ser atormentado en su cuerpo, miembro por miembro. 8El en su propia lengua, respondió: «¡No!» Por lo cual, en seguida se le dió el mismo tormento que al primero. 9Estando para exhalar el postrer aliento, dijo: «Tú, criminal, nos privas de la vida presente; pero el Rey del universo nos resucitará, a los que morimos por sus leyes, a una vida eterna».
10Después el tercero fué expuesto a los insultos; y mandándole sacarla lengua, luego al punto la sacó, 11y animosamente extendió las manos, diciendo: «Del cielo tenemos estos miembros, que por amor de mis leyes yo desdeño, esperando recibirlos otra vez de El». 12Tanto el rey como los que con él estaban se maravillaron del animoso joven, que en nada tenía los tormentos.
13Muerto éste, sometieron al cuarto a las mismas torturas; 14y estando para morir, dijo así: «Más vale morir a manos de los hombres, poniendo en Dios la esperanza de ser de nuevo resucitado por El. Pero tú no resucicitarás para la vida». 15En seguida trajeron al quinto, que mientras le atormentaban, puestos los ojos en el rey, 16le dijo: «Tú, aunque mortal, por tener poder sobre los hombres, haces lo que quieres; pero no pienses que nuestro linaje haya sido abandonado de Dios. 17Aguarda un poco, y experimentarás su gran poder, y verás cómo te atormentará a ti y a tu descendencia».
18Después trajeron al sexto, que estando ya para morir dijo: «No te forjes ilusiones; por nuestras culpas padecemos esto: por haber pecado contra nuestro Dios han sucedido entre nosotros cosas tan tremendas. 19Pero tú, no creas que habrás de quedar impune, por haber osado luchar contra Dios».

20Admirable sobre toda ponderación y digna de eterna memoria se mostró la madre, que viendo morir en un solo día a sus siete hijos, lo soportaba animosa, por la esperanza que tenía en Dios; 21y en su patria lengua, los exhortaba, llena de generosos sentimientos; y dando fuerza varonil a sus palabras de mujer, 22les decía: «Yo no sé cómo habéis aparecido en mi seno, no os he dado yo el aliento de vida ni compuse vuestros miembros. 23El creador del universo, autor del nacimiento del hombre y hacedor de las cosas todas, ése misericordiosamente os devolverá la vida, si ahora por amor de sus santas leyes la despreciáis».
24Antíoco, a pesar de creer que se burlaba de él y de sospechar que con sus palabras le insultaba, todavía al más joven que quedaba, no sólo de palabra le exhortaba sino que hasta con juramento le prometía, si dejaba las leyes patrias, enriquecerle y hacerle dichoso, tenerle por amigo y darle un honroso empleo. 25Mas como el joven no le prestase atención alguna, llamó el rey a la madre y la mandó que diese al niño consejos saludables. 26Como insistiese él mucho en ello, prometióle ella persuadirle: 27e inclinándose hacia el niño, burlándose del cruel tirano, en lengua patria le dijo así: «Hijo, ten compasión de mí, que por nueve meses te llevé en mi seno, que por tres años te amamanté, que te crié, te eduqué y te alimenté hasta ahora. 28Ruégote, hijo, que mires al cielo y a la tierra, y veas cuanto hay en ellos, y entiendas que de la nada lo hizo todo Dios, y todo el humano linaje ha venido de igual modo. 29No temas a este verdugo, antes muéstrate digno de tus hermanos, y recibe la muerte, para que en el día de la misericordia me seas devuelto con ellos».
30Estando aún explicándole esto, dijo el joven: «¿Qué esperas? No obedezco el decreto del rey, sino los mandamientos de la ley dada a nuestros padres por Moisés. 31Tú, inventor de toda maldad contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios. 32Nosotros por nuestros pecados padecemos; 33y si nuestro Señor, que es el Dios vivo, se irrita por un momento para nuestra corrección, de nuevo se reconciliará con sus siervos; 34pero tú, impío, el más criminal de todos los hombres, no te engrías neciamente, y, orgulloso y vanamente confiado te enciendas contra sus siervos; 35no estás aún libre del juicio del Dios omnipotente, que todo lo ve. 36Mis hermanos, después de soportado un breve tormento, han entrado en la alianza de la vida eterna; pero tú pagarás en el juicio divino las justas penas de tu soberbia. 37Yo, como mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes patrias, pidiendo a Dios que pronto se muestre propicio a su pueblo, y que tú, a fuerza de torturas y azotes, confieses que sólo El es Dios. 38En mi y en mis hermanos se aplacará la cólera del Omnipotente, que con encendida justicia vino a caer sobre toda nuestra raza».
39Furioso, el rey se ensañó contra éste más cruelmente que contra los otros, llevando muy a mal la burla que de él hacían. 40Así murió limpio de toda contaminación, enteramente confiado en el Señor. 41La últimá en morir fué la madre. 42Y esto baste, a propósito de los sacrificios y de los martirios extraordinarios.


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  • 1 Este capítulo, en que tan alta se revela la fidelidad a la ley por parte de los jóvenes Macabeos y de su madre, es el presagio de tantos martirios como en la historia de la Iglesia sufrieron los fieles de Cristo. Es de notar la viva fe en la resurrección, que tanto los alienta.(Volver a Lectura).




Primeras victorias de Judas Macabeo

8 1Entretanto, Judas Macabeo y los suyos, entrando secretamente en las aldeas, invitaban a sus parientes y a los que habían permanecido fieles al judaísmo, y se los incorporaban, llegando a juntar hasta seis mil hombres; 2e invocaban al Señor, para que mirase por su pueblo, de todos conculcado, tuviese piedad del templo, profanado por impíos, 3se compadeciese de la ciudad, devastada y casi enteramente arrasada, escuchase los torrentes de sangre que a El clamaban, 4se acordase de la inicua muerte de niños inocentes, y de las blasfemias proferidas contra su nombre, y mostrase su ira contra los malvados.
5Puesto el Macabeo al frente de su tropa, se hizo irresistible a los gentiles, volviendo el Señor su cólera en misericordia. 6Llegando de improviso a las ciudades y aldeas, las incendiaba; y ocupando las posiciones convenientes, triunfaba y ponía en huida a no pocos enemigos. 7Sobre todo aprovechaba la noche, como más acomodada para tales incursiones, y por todas partes se difundía la fama de su valor.
8Viendo Filipo cuánto había progresado aquél en poco tiempo, y cómo iban creciendo sus éxitos, escribió a Tolomeo, general de la Celesiria y Fenicia, para que viniese en apoyo de los negocios del rey. 9Este llamó al instante a Nicanor, hijo de Patroclo, uno de sus más fieles, y le mandó a Judea, poniendo bajo su mando no menos de veinte mil hombres de todas las naciones, con el encargo de destruir todo el linaje de los judíos. También se le agregó Gorgias, general muy experimentado en las cosas de la guerra. 10Se proponía Nicanor proporcionar al rey, de la venta de los judíos cautivos, dos mil talentos, que debía a los romanos como tributo, 11y así envió a las ciudades de la costa invitaciones, para que viniesen a comprar esclavos judíos, prometiendo darles noventa esclavos por talento. No presentía la venganza que el Omnipotente iba a descargar sobre él.
12En cuanto llegó a oídos de Judas que Nicanor se había puesto en marcha, informó a los suyos de la venida de aquel ejército. 13Unos, acobardados y sin fe en la venganza divina, se dieron a la huida, yéndose a otros lugares. 14Otros vendían cuanto les quedaba, rogando al Señor librase a los que habían sido vendidos por el impío Nicanor, antes de venir a las manos, 15si no por ellos, siquiera por la alianza hecha con sus padres, y por su venerando y excelso nombre, que ellos llevaban.
16Juntando el Macabeo su gente, en número de seis mil, los exhortó a no acobardarse ante el enemigo, ni tener miedo de la muchedumbre de los gentiles que injustamente venían contra ellos; sino combatir valientemente, 17teniendo ante los ojos el ultraje inferido por aquéllos al lugar santo, la opresión de la ciudad escarnecida y la disolución de las instituciones patrias. 18Ellos, decía, vienen confiados en sus armas y en su valor; nosotros ponemos la confianza en el Dios omnipotente, que puede con un solo ademán derribar a los que vienen contra nosotros y al mundo entero.

19Y trajo a la memoria las ayudas prestadas a sus padres, lo de Senaquerib, en que ciento ochenta y cinco mil hombres perecieron, 20y la batalla dada en Babilonia contra los Gálatas, en la que. entrando en lucha ocho mil judíos y cuatro mil macedonios, y hallándose en grave aprieto, los ocho mil derrotaron a un ejército de ciento veinte mil, gracias al auxilio del cielo, logrando de aquella victoria grandes ventajas. 21Con estos discursos los alentó, y estaban prontos a morir por las leyes y por la patria.
22Dividiendo su ejército en cuatro cuerpos, puso al frente de tres de ellos a sus hermanos Simón, Juan y Jonatán, asignando a cada uno mil quinientos hombres. 23A Eleazar le mandó leer el libro sagrado; dióles por santo y seña: «Auxilio de Dios»; y tomando a su mando el primer cuerpo, cargó sobre Nicanor. 24Gracias a la ayuda del Omnipotente, mataron más de nueve mil hombres, destrozando la mayor parte del ejército de Nicanor y obligando a los restantes a huir. 25Se apoderaron, además, de todo el dinero de los que habían venido con el propósito de comprarlos. Después, habiéndolos perseguido largo trecho, 26se volvieron, obligados por la hora, pues era víspera del sábado, y por eso no continuaron la persecución.
27Recogidas las armas de los enemigos y los despojos, celebraron el Sábado, bendiciendo de todo corazón al Señor y dándole gracias por haberlos en aquel día librado, haciéndoles experimentar la primicia de su misericordia. 28Pasado el Sábado, repartieron el botín con los que habían sufrido persecución, con las viudas y los huérfanos; el resto se lo distribuyeron entre ellos y sus hijos. 29Acabado esto, todos a una hicieron oración, pidiendo al Señor misericordioso se reconciliase plenamente con sus siervos.
30En combates con las tropas de Timoteo y Báquides mataron más de veinte mil de ellos, y valientemente se apoderaron de altas fortalezas, y se hicieron dueños de muchos despojos, compartiéndolos con los perseguidos, los huérfanos, las viudas y los ancianos. 31Las armas, recogidas cuidadosamente, las depositaron en sitios convenientes; y el resto de los despojos lo llevaron a Jerusalén. 32Al filarca de los que venían con Timoteo, le quitaron la vida por ser hombre impiísimo, que había afligido mucho a los judíos.
33Mientras celebraban sus victorias en la capital de la patria, los que habían incendiado las puertas sagradas, Calístenes y otros más, se refugiaron en una casita, a la que aquéllos pusieron fuego, recibiendo así éstos el merecido de su impiedad. 34Y el muy criminal Nicanor, que había traído a miles de mercaderes para la venta de los judíos, 35con la ayuda de Dios quedó humillado por los que despreció: y despojado de sus ricas vestiduras, a través de los campos, como esclavo fugitivo, llegó solo a Antioquía, hondamente acongojado por la pérdida de su ejército. 36Y el que había tomado a su cargo reunir de la venta de los judíos en Jerusalén el tributo para los romanos, se hacía pregonero de que los judíos tenían un Dios que luchaba por ellos y los hacía invulnerables, porque seguían las leyes dadas por él.


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Fin de Antíoco Epífanes

9 1Acaeció por aquel tiempo que Antíoco hubo de retirarse en desorden de Persia. 2Había entrado en Persépolis, con el propósito de saquear el templo, y apoderarse de la ciudad. Pero, alborotada la muchedumbre, corrió a las armas, obligándole a huir; y, puesto en fuga por los naturales, hubo de emprender una retirada vergonzosa. 3Hallándose cerca de Ecbatana, recibió noticia de las derrotas sufridas por Nicanor y Timoteo; 4y encendido en cólera, meditaba vengar en los judíos la injuria de los que le habían puesto en fuga. Con esto, dió orden al conductor de su coche de avanzar sin interrupción, apresurando la marcha, cuando se cernía ya sobre él el juicio divino. Pues en su orgullo había dicho: «En cuanto llegue allí haré de Jerusalén un cementerio de judíos».
5Pero el Señor Dios de Israel, que todo lo ve, le hirió con una llaga incurable e invisible. Apenas había terminado de hablar, se apoderaron de él intolerable dolor de entrañas y agudos tormentos interiores; y muy justamente, puesto que había atormentado con muchas y extrañas torturas las entrañas de otros. 6Mas no por eso desistió de su fiereza; lleno de orgullo y respirando fuego contra los judíos, dió orden de acelerar la marcha. Mas sucedió que en medio del ímpetu con que el coche se movía, cayó de él Antíoco, y con tan desgraciada caída, que todos los miembros de su cuerpo quedaron magullados. 7El que con sobrehumana arrogancia se imaginaba dominar sobre las olas del mar, y pensaba pesar en una balanza la altura de los montes, ahora, caído en tierra, era llevado en una litera, poniendo de manifiesto ante todos el poder de Dios, 8hasta el punto de manar gusanos el cuerpo del impío, y vivo aún, entre atroces dolores, caérsele las carnes a pedazos, apestando con su hedor al ejército. 9Y al que poco antes parecía coger el cielo con sus manos, nadie ahora le quería llevar, por la intolerable fetidez.
10Herido así, comenzó a deponer su excesivo orgullo 11y a entrar dentro de sí mismo, azotado por Dios con punzantes dolores. 12No pudiendo él mismo soportar su hedor, dijo: «Justo es someterse a Dios, y que el mortal no pretenda en su orgullo igualarse a Él». 13Y oraba el malvado al Señor, de quien no había de alcanzar misericordia, y decía 14que la ciudad santa, a la que antes a toda prisa quería llegar para arrasarla y convertirla en un cementerio, la reedificaría y declararía libre;

15que a los judíos, a quienes antes no tenía por dignos de sepultura, y cuyos hijos había de arrojar en pasto a las fieras, los igualaría en todo con los atenienses; 16que el templo santo, por él saqueado, lo enriquecería de los más preciosos dones y devolvería multiplicados todos los vasos sagrados; que los gastos tocantes a los sacrificios, de sus propias rentas los suministraría; 17finalmente, que él mismo se haría judío, y recorrería toda la tierra habitada para pregonar el poder de Dios.
18Mas como en ningún modo cesaban sus tormentos, porque el justo juicio de Dios había descargado sobre él, desesperanzado de su salud, escribió a los judíos una carta en forma de súplica, del tenor siguiente: 19«A los honrados ciudadanos judíos, mucha salud, dicha y bienestar, el rey y general Antíoco. 20Puesta en el cielo mi esperanza, me alegraría mucho de que gocéis de mucha salud, vosotros y vuestros hijos, y de que todos vuestros negocios os salgan a deseo. 21Cuanto a mí, postrado sin fuerzas en el lecho, recuerdo las pruebas de honor y benevolencia que con amor me habéis dado. Volviendo de Persia, he caído en una enfermedad muy molesta, y he creído conveniente pensar en la seguridad común; 22no desesperando de mi estado, antes confiando mucho que saldré de mi enfermedad; 23y teniendo en cuenta que también mi padre, al partir en campaña hacia las altas provincias, designó sucesor, 24a fin de que, si algo inesperado le ocurría o le llegaban noticias desagradables, no se inquietasen sus súbditos, sabiendo a quién pertenecía el gobierno. 25Pensando, además, que los príncipes limítrofes y vecinos del reino acechan la ocasión en espera de los sucesos, he designado por rey a mi hijo Antíoco, a quien muchas veces ya, recorriendo las satrapías superiores, recomendé a muchos de vosotros, y a él mismo le he escrito la carta que va a continuación. 26Así, pues, yo os pido y ruego que, teniendo en cuenta el bien común y privado, conservéis vuestra lealtad hacia mí y hacia mi hijo, 27persuadido de que, siguiendo con blandura y humanidad mis intenciones, se entenderá con vosotros». 28Así aquel homicida y blasfemo, presa de horribles sufrimientos, acabó su vida en tierra extranjera, sobre los montes, con una muerte miserable, como la que él a tantos había dado. 29Transportó su cuerpo Filipo, su hermano de leche, que, temiendo a Antíoco, el hijo, huyó luego a Egipto, a Tolomeo Filométor.


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  • 2 Tres relatos hallamos en estos libros de los Macabeos de la muerte del gran tirano Antíoco IV. Todos ellos convienen en que murió miserablemente en su expedición a las provincias del Extremo Oriente, aunque en los detalles haya ligeras divergencias.(Volver a Lectura).




La restauración del culto

10 1El Macabeo y los suyos, con la ayuda del Señor, lograron ocupar el templo y la ciudad. 2Destruyeron las aras alzadas por los extranjeros en las plazas y los santuarios. 3Después de dos años de interrupción, purificado el templo, erigieron otro altar, y con fuego sacado de pedernales, ofrecieron sacrificios; encendieron de nuevo las luces, quemaron el incienso y presentaron los panes de la proposición. 4Hecho esto, rogaban al Señor, postrados en tierra, que no volvieran a caer en semejantes males, sino que si volvían a pecar alguna vez, Él mismo los corrigiese con blandura y no los entregase a los blasfemos y bárbaros gentiles. 5El mismo día en que el templo había sido por los extranjeros profanado, ese mismo fue purificado, el día veinticinco del mes de Casleu. 6Con gran regocijo celebraron por ocho días la fiesta, al modo de la fiesta de los tabernáculos, recordando cómo poco tiempo hacía, hubieron de pasar la fiesta de los tabernáculos en los montes y en las cavernas, a modo de fieras. 7Por lo cual, llevando tirsos, ramos verdes y palmas, cantaban himnos al que los había favorecido hasta purificar su templo. 8Y por común acuerdo, dieron decreto a toda la nación judía de celebrar cada año las mismas fiestas.


Derrota de Gorgias y de Timoteo

9Tal fue el fin de Antíoco, apellidado Epífanes. 10Ahora contaremos los sucesos de Antíoco Eupátor, hijo del impío, compendiando las calamitosas guerras. 11Así que se hizo cargo del reino, puso al frente del gobierno a un cierto Lisias, general en jefe de la Celesiria y la Fenicia. 12Tolomeo, llamado Macrón, que se había distinguido por su amor a la justicia en el trato con los judíos, reparando las iniquidades que con ellos se habían cometido, procuraba tratarlos amigablemente. 13Mas por esto fue denunciado por los cortesanos ante Eupátor, y a cada instante tenía que oír que le tachaban de traidor: pues habiendo dejado Chipre, que Filométor le había confiado, se había pasado al bando de Antíoco Epífanes. Desesperado, viendo que no podía desempeñar honrosamente su cargo, se envenenó.
14Por entonces Gorgias, nombrado general de aquellas provincias, mantenía tropas mercenarias y con frecuencia hostigaba a los judíos. 15Al mismo tiempo que él, los idumeos, dueños de fortalezas bien situadas, molestaban a los judíos, y acogiendo a los huidos de Jerusalén, procuraban fomentar la guerra. 16Las tropas del Macabeo, después de hacer oración y pedir a Dios que viniese en su ayuda, acometieron las fortalezas de los idumeos; 17y atacándolas con vigor, se hicieron dueños de las plazas, rechazaron a cuantos sobre los muros combatían, degollaron a cuantos cayeron en sus manos, y dieron muerte a no menos de veinte mil hombres.

18Habiéndose refugiado unos nueve mil en dos torres muy fuertes y bien abastecidas para resistir un largo asedio, 19el Macabeo dejó para mantener el cerco a Simón, a José y a Zaqueo, con bastante gente, y él se dedicó a luchar donde más urgencia había. 20Los de Simón, llevados de la avaricia, se dejaron comprar por dinero, por algunos de los que en las torres estaban, recibiendo setenta mil dracmas por dejarlos escapar. 21Sabido esto por el Macabeo, reunió a los jefes del pueblo y los acusó de haber vendido a sus hermanos, dejando huir a sus enemigos, 22y como a traidores los hizo matar, apoderándose luego de las dos torres. 23Dio feliz término a esta empresa, matando a más de veinte mil en las dos fortalezas.
24Timoteo, el que antes había sido vencido por los judíos, juntó numerosa fuerza mercenaria; y reunida la caballería de Asia en buen número, vino con el propósito de hacer la Judea presa de guerra. 25Al acercarse, las tropas del Macabeo se volvieron a Dios en la oración; y cubierta de polvo la cabeza y ceñidos de saco los lomos, 26se postraron al pie del altar, rogando a Dios se les mostrase propicio y hostil a sus enemigos, oponiéndose a los adversarios según las promesas de la ley. 27Terminada la oración, empuñaron las armas, salieron de la ciudad, e hicieron alto cuando estuvieron cerca de sus enemigos.
28Antes que del todo amaneciera, vinieron a las manos; los unos tenían como prenda de feliz éxito y de victoria, a más de su valor, el recurso a su Dios; los otros iban al combate llevados de su pasión. 29En lo más duro de la pelea se les aparecieron en el cielo a los adversarios cinco varones resplandecientes, montados en caballos con frenos de oro, que poniéndose a la cabeza de los judíos 30y tomando en medio dos de ellos al Macabeo, le protegían con sus armas, le guardaban incólume y lanzaban flechas y rayos contra el enemigo, que, herido de ceguera y espanto, caía. 31Mataron veinte mil quinientos, y de los jinetes seiscientos. 32El mismo Timoteo huyó a la fortaleza llamada Guezer, plaza muy guarnecida, donde mandaba Quereas.
33Las fuerzas del Macabeo, llenas de ardor, atacaron durante cuatro días la fortaleza. 34Los de dentro, confiados en la fuerza del sitio, los ultrajaban sin cesar y proferían palabras impías y jactanciosas contra los asediantes. 35Pero al amanecer el quinto día, veinte jóvenes de los que seguían al Macabeo, encendidos sus ánimos por las blasfemias, se lanzaron valerosamente a la muralla y la escalaron con ánimo viril, matando a cuantos se aproximaban. 36Y otros tras ellos la escalaron igualmente en medio del desorden de los asediados, y poniendo fuego a las torres y a las puertas, encendieron hogueras en que quemaron vivos a los blasfemos. 37Francas las puertas, penetró el resto del ejército, se apoderó de la ciudad, dando muerte a Timoteo, que se había escondido en una cisterna, a su hermano Quereas y a Apolofanes. 38Realizada esta hazaña, con himnos y alabanzas bendecían al Señor, que tan grandes cosas hacía por Israel, dándoles tan gran victoria.


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Nueva expedición de Lisias. Paz con los judíos

11 1Muy poco tiempo después, Lisias, tutor del rey, pariente suyo y regente del reino, muy apesadumbrado por lo sucedido, 2juntó alrededor de ochenta mil hombres y toda la caballería, y vino contra los judíos, pensando hacer de la ciudad una población griega, 3someter el templo a tributo como los santuarios gentiles, y hacer el sumo sacerdocio vendible y anual, 4sin tener para nada en cuenta el poder de Dios, y muy pagado de los millares de sus infantes y caballos y de sus ochenta elefantes. 5Entrando en Judea, se acercó a Betsur, plaza fuerte situada en un desfiladero y distante de Jerusalén unos ciento cincuenta estadios, y la atacó. 6Así que los del Macabeo supieron que Lisias estaba atacando la fortaleza, a una con la muchedumbre rogaban al Señor, entre llantos y gemidos, que enviase un buen ángel para salvar a Israel. 7El mismo Macabeo, tomando sus armas adelantaba a los demás para ir en socorro de sus hermanos; 8y mientras con igual valor todos marchaban llenos de ardimiento, cerca todavía de Jerusalén, se les apareció en cabeza un jinete vestido de blanco, armado de armadura de oro y vibrando la lanza. 9Todos a una bendijeron a Dios misericordioso y se enardecieron, sintiéndose prontos, no sólo a atacar a los hombres y a los elefantes, sino a penetrar por muros de hierro. 10Marchaban en orden de batalla, fiados en aquel auxiliar celestial, señal de la misericordia del Señor hacia ellos,11y como leones se lanzaron sobre los enemigos, dejando fuera de combate once mil infantes y mil seiscientos jinetes, 12y haciendo huir a los demás. La mayor parte de los que se salvaron quedaron desnudos y heridos, y el mismo Lisias se puso en salvo, huyendo vergonzosamente. 13Como no carecía de discreción, echando sobre si mismo la culpa de la sufrida derrota, y entendiendo que los hebreos eran invencibles, por tener de su parte al Dios todopoderoso, les envió mensajeros 14proponiéndoles la reconciliación en condiciones justas, y prometiendo persuadir al rey de La necesidad de hacérselos amigos. 15Aceptó el Macabeo las proposiciones de Lisias, mirando al interés público; y en efecto, todo cuanto el Macabeo propuso por escrito a Lisias, acerca de las peticiones de los judíos, fué otorgado por el rey. 16La carta de Lisias a los judíos era del tenor siguiente:
«Lisias, al pueblo judio, salud:

17Juan y Abesalom, vuestros mensajeros, me han entregado una comunicación suplicando respuesta a los puntos en ella contenidos. 18Cuanto era preciso proponer al rey, se lo hice saber, y él ha otorgado cuanto le pareció aceptable. 19Por tanto, si tenéis vosotros la misma buena voluntad hacia el reino, yo en adelante procuraré favorecer vuestra causa. En cuanto a los detalles, he dado encargo a vuestros mensajeros y a los míos de que os los comuniquen de palabra. 21Pasadlo bien. Año 118, a veinticuatro del mes de Xántico».
22La carta del rey decía asi: «El rey Antíoco, a su hermano Lisias, salud: 23Trasladado a los dioses nuestro padre, y queriendo que los súbditos de nuestro reino vivan sin perturbaciones, atentos a sus propios intereses, 24hemos sabido que los judíos se niegan a adoptar las costumbres helénicas, como quería nuestro padre, y prefieren conservar sus propias instituciones, y por esto piden les sea otorgado vivir según sus leyes. 25Queriendo, pues, que esa nación viva tranquila, hemos resuelto que su templo les sea restituido y vivan según las costumbres de sus mayores. 26Harás bien, pues, en comunicarles esto, y concertar con ellos la paz, para que, sabiendo nuestra voluntad, vivan contentos, y alegremente atiendan a sus propios negocios».
27La carta del rey a los judíos es como sigue:
El rey Antíoco, al senado de los judíos y a los demás judíos, salud: 28Si gozáis de salud me alegraré de ello; nosotros estamos bien. 28Menelao nos comunica que deseáis volver a juntaros con los vuestros, 30ya los que lo hagan hasta el treinta del mes de Xántico, les concedemos la paz y la seguridad; 31y concedemos que los judíos puedan usar de sus comidas y de sus leyes como antes, y nadie sea en modo alguno molestado por los errores anteriores. 32He mandado a Menelao que os confirme en estas seguridades. 33Pasadlo bien. El año 148, el día quince del mesde Xántico».
34También los romanos les enviaron una carta, que decía así: «Quinto Memmio y Tito Manlio, legados de los romanos, al pueblo de los judíos, salud: 35Lo que Lisias, pariente del rey, os ha otorgado, nosotros lo aprobamos. 36Cuanto a lo que él ha creído deber someter al rey, enviad luego alguno con instrucciones precisas, a fin de que nosotros le apoyemos según vuestra conveniencia. Nosotros nos dirigimos a Antioquía. 37Por tanto, daos prisa y enviad a algunos que nos informen de vuestros deseos. 38Pasadlo bien. El quince del mes de Xántico del año 148».


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  • 34 Tenemos aquí una muestra de la diplomacia romana y del modo en que Judas y sus hermanos supieron aprovechar la alianza con Roma en favor de su pueblo.(Volver a Lectura).




Diversas victorias de Judas contra los pueblos vecinos

12 1Concluido este tratado, partió Lisias al rey, y los judíos se entregaron a las labores del campo. 2Pero de losjefes que quedaron en la región, Timoteo y Apolonio el de Genneo, y Jerónimo y Demofón, y a más de éstos Nicanor, gobernador de Chipre, no les permitían gozar de sosiego y de paz. 3Por otra parte, los de Jope cometieron un enorme crimen. Invitaron a los judíos que entre ellos moraban, con sus mujeres e hijos, a subir en barcas dispuestas por ellos, como si no hubiera enemistad alguna 4y obrasen conforme al común acuerdo de la ciudad. Aceptaron como deseosos de la paz y no sospechando nada malo; pero llegados a alta mar, fueron echados al fondo no menos de doscientas personas.
5Cuando Judas llegó a saber la crueldad cometida contra los de su nación, dio luego orden a su gente; e invocando a Dios, justo juez, 6vino contra los asesinos de sus hermanos, y de noche puso fuego al puerto, quemó las naves y mató a cuantos allí se habían refugiado. 7Habiéndole cerrado la plaza, se retiró, pero con el propósito de volver de nuevo y exterminar de raíz a toda la población de Jope. 8Informado de que los de Jamnia se proponían hacer otro tanto con los judíos allí domiciliados, 9cayó de noche sobre ellos e incendió el puerto y quemó las naves, de modo que la claridad del fuego se veía desde Jerusalén, a distancia de doscientos cuarenta estadios.
10A nueve estadios de allí, cuando se dirigía contra Timoteo, le salieron al encuentro no menos de cinco mil árabes y quinientos jinetes. 11Empeñada la lucha, con la ayuda de Dios los de Judas salieron vencedores; y los árabes nómadas, vencidos, pidieron la paz a Judas, comprometiéndose a darles ganado y ayudarles en todo. 12Judas, convencido de que en mucho le podían ser útiles, hizo paces con ellos; y dadas las manos, concluída ésta, se retiraron a sus tiendas.
13Atacó también una ciudad fuerte, rodeada de foso y murallas altas, poblada por gentes de todas las naciones, que se llamaba Caspín. 14Los de dentro, confiados en la fortaleza de los muros y en el abastecimiento de víveres, insultaban groseramente a los de Israel y les lanzaban afrentas y dicterios. 15Los de Judas, invocando al gran Señor del universo, que en tiemmpos de Josué, sin arietes ni máquinas de guerra había derribado los muros de jericó, atacaron con fiereza las murallas. 16Tomada por la voluntad de Dios la ciudad, hicieron en ella atroz carnicería, hasta parecer como lleno de la sangre que a él había afluído un vecino estanque, de dos estadios de ancho.
17Después de una marcha de setecientos cincuenta estadios llegaron a Caraca, a los judíos llamados tubienses. 18No pudieron entonces apoderarse de Timoteo, porque sin emprender nada, se había ido de aquella región, dejando en cierto lugar una muy fuerte guarnición. 19Pero Dositeo y Sosípatro, generales del Macabeo, marcharon contra ella, y mataron a más de diez mil de los que Timoteo había dejado en guarnición.
20El Macabeo organizó su ejército por cohortes, puso a aquellos dos al frente de ellas, y partió en busca de Timoteo, que tenía a sus órdenes ciento veinte mil infantes y mil quinientos jinetes. 21Así que éste supo la llegada de Judas, envió las mujeres y los niños y toda la impedimenta a un lugar llamado Carnión, que era muy fuerte y de difícil acceso, a causa de lo montuoso y quebrado del terreno.

22Al aparecer la primera cohorte de Judas, se apoderó de los enemigos el pánico. Una aparición del que todo lo ve les infundió tal miedo, que se dieron todos a la fuega, cada uno por su lado, de suerte que unos a otros se molestaban y con las puntas de las espadas se herían. 23Judas persiguió con encarnizamiento a aquellos criminales, matando hasta treinta mil hombres. 24El mismo Timoteo, caído en manos de Dositeo y Sosípatro, instaba mucho que le dejasen libre, pues que tenía en su poder a muchos de los padres y hermanos de judíos, que no lo pasarían bien si él moría. 25Dada su palabra con muchas seguridades de que los restituiría incólumes, le dieron libertad por amor de los hermanos.
26Partió Judas contra Carnión y contra el santuario de Atargates, donde dió muerte a veinticinco mil hombres. 27Después de esta derrota y matanza, emprendió Judas la marcha hacia Efrón, ciudad fuerte, donde moraba una muchedumbre de diversas naciones. Jóvenes robustos, ordenados ante los muros, luchaban animósamente, y dentro había mucha provisión de máquinas de guerra y de proyectiles. 28Pero los judíos, invocando al Omnipotente, que con su poder aplasta las fuerzas enemigas, se apoderaron de la ciudad y mataron a veinticinco mil de los que estaban dentro. 29Partiendo de allí, atacaron Escitópolis, que dista de Jerusalén seiscientos estadios. 30Pero ante el testimonio de los judíos que allí moraban, de que los escitopolitanos habían sido benévolos con ellos, y en los días de su infortunio les habían guardado muchas deferencias, 31les dieron las gracias, exhortándolos a continuar siendo benévolos con los de su linaje; y se vinieron a Jerusalén, próxima ya la fiesta de las Semanas o Pentecostés.
32Después de la fiesta, marchó contra Gorgias, general de los Idumeos. 33Salió con tres mil hombres de a pie y trescientos de a caballo; 34y trabada la batalla, fueron pocos los judíos que cayeron. 35un cierto Dositeo, bacenorense, jinete bravo, agarró a Gorgias por la clámide, y tiraba de él vigorosamente, queriendo cogerle vivo; pero vino sobre él un jinete tracio que le derribó el hombro, y así pudo Gorgias huir a Maresa. 36Los soldados de Esdras hallábanse fatigados de la larga lucha; pero Judas invocó al Señor, para que se mostrase su auxiliar y caudillo en la batalla. 37Entonó en lengua patria un canto de guerra, y cayendo de improviso sobre los de gorgias, los puso en derrota. 38Retrajo Judas su ejército y lo condujo a Odolam. LLegado el día séptimo, purificados según la costumbre, celebraron allí el Sábado.
39Al día siguiente, como era necesario, vinieron los de Judas para recoger los cadáveres de los caídos, y con sus parientes depositarlos en los sepulcros de familia. 40Entonces, bajo las túnicas de los caídos, encontraron objetos consagrados a los ídolos de Jamnia, de los prohibidos por la ley a los judíos; siendo a todos manifiesto que por aquello habían caido. 41Todos bendijeron al Señor, justo juez, que descubre las cosas ocultas. 42Volvieron a la oración, rogando que el pecado cometido les fuese totalmente perdonado; y el noble Judas exhortó a la tropa a conservarse limpios de pecado, teniendo a la vista el suceso de los que habían caído, 43y mandó hacer una colecta en las filas, recogiendo hasta dos mil dracmas, que envió a Jerusalén, para ofrecer sacrificios por el pecado; obra digna y noble, inspirada en la esperanza de la resurrección; 44pues si no hubiera esperado que los muertos resucitarían, superfluo y vano era orar por ellos. 45Mas creía que a los muertos piadosamente les está reservada una magnífica recompensa. 46Obra santa y piadosa es orar por los muertos. Por eso hizo que fuesen expiados los muertos, para que fuesen absueltos de los pecados.


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Vuelve Lisias otra vez contra Judea, y hace la paz con los judíos

13 1El año 140 supieron los de Judas que Antíoco Eupator venía contra Judea con gran muchedumbre de tropas, 2y con él Lisias, su tutor y regente del reino. Mandaba cada uno un ejército griego de ciento diez mil infantes, cinco mil trescientos jinetes, veintidós elefantes y trescientos carros armados de hoces. 3A ellos se había juntado Menelao, que con grande astucia exhortaba a Antíoco, no llevado de la solicitud por la patria, sino esperando ser restituido en el poder. 4Pero el Rey de reyes excitó la cólera de Antíoco contra aquel criminal; pues como Lisias hiciera ver al rey que aquél había sido la causa de todos los disturbios, ordenó fuese conducido a Berea y muerto allí, al estilo del lugar. 5Habia allí una torre como de cincuenta codos de alto, rodeada por todas partes de cenizas ardientes y coronada por una máquina giratoria, 6con la cual arrojaban a las cenizas al ladrón, sacrílego, o al autor de algún otro crimen horrendo. 7De tal muerte había de acabar el impío Menelao, sin lograr el honor de la sepultura. 8Muy justo era que quien tantos pecados cometiera contra el altar, cuyo fuego y cenizas son santos, en cenizas recibiera la muerte.
9Iba el rey animado de sentimientos feroces, dispuesto a mostrarse más duro con los judíos que lo había sido su padre. 10Informado de ello Judas, mandó a su gente invocar día y noche al Señor, para que como siempre, ahora los ayudase, cuando el pueblo, que apenas había comenzado a respirar 11estaba a punto de quedar sin ley, sin patria y sin templo, y sometido a la tiranía de las naciones blasfemas. 12Cuando todos a una hubieron rogado al Señor misericordioso con lágrimas y ayunos y con postraciones durante tres días continuos, Judas los animó y ordenó que se preparasen; 13y después de consultar a los ancianos, resolvió emprender la marcha antes que el ejército del rey entrase en Judea y se hiciesen dueños de la ciudad;

poniendo la cosa en las manos del Señor, 14encomendando al Creador del universo el resultado de la batalla, y exhortando a los suyos a luchar animosamente hasta morir por las leyes, por el templo, por la ciudad, por la patria y sus instituciones.
Ordenó su ejército en batalla junto a Modín. 15Dió a los suyos el santo y seña: «De Dios es la victoria»; y con la flor de sus soldados, acometió de noche el campamento del rey, matando hasta dos mil hombres y el mayor de los elefantes con la tropa que llevaba encima. 16Luego se retiraron victoriosos, dejando el campamento lleno de pánico y de perturbación. 17Al ser de día, todo estaba acabado, gracias a la ayuda del Señor, que le había socorrido. 18El rey, vista la audacia de los judíos, intentaba adueñarse por astucia de las plazas. 19Llevó su ejército contra Betsur, plaza fuerte de los judíos, pero se veía rechazado y derrotado y cada vez menos fuerte.
20Judas proveía de vituallas a los de dentro. 21Un cierto Rodoco, del ejército judío, descubrió al enemigo los secretos de la defensa. Fué buscado, cogido y encarcelado. 22Por segunda vez el rey entró en tratos con los de Betsur, y hechas las paces, se retiró. 23Atacó a Judas, mas fué vencido. Pero informado de que Filipo, quien había quedado por regente del reino, se había sublevado en Antioquía, quedó consternado. Luego pidió la paz a los judíos, jurándoles atender sus justas peticiones; y reconciliado con ellos, ofreció sacrificios, honró el templo y ofreció dones. 24Al Macabeo le acogió muy bien, y le hizo general y gobernador, desde Tolemaida hasta la región de los Guerrenios. 25Pero al llegar a Tolemaida, sus habitantes llevaron muy a mal los conciertos, e indignados, querían romper lo estipulado. 26Subió entonces Lisias a la tribuna, se esforzó por defender la causa, logrando aplacarlos, y se volvió a Antioquía. Tal fué el suceso de la venida y retirada del rey.


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La paz con Nicanor

14 1Al cabo de tres años supieron los de Judas que Demetrio, hijo de Seleuco, había desembarcado en Trípoli con poderoso ejército y flota, 2y se había hecho dueño de la tierra, dando muerte a Antíoco y a Lisias, su tutor. 3Cierto Alcimo, que había sido antes sumo sacerdote y que en los tiempos de la confusión se había voluntariamente contaminado, considerando que no había para él otro modo de salvación y de acceso al altar santo, 4se vino al rey Demetrio el año 151, trayéndole una corona de oro, una palma y unos ramos de olivo, que se creían procedentes del templo. Aquel día no pidió nada. 6Pero aprovechando la ocasión propicia a su demencia, de haber sido llamado a consejo por Demetrio, para preguntarle cuáles eran las disposiciones y designios de los judíos, respondió: «El partido de los judíos que llaman asideos, cuyo jefe es Judas Macabeo, fomenta las guerras y las sediciones, y no consiente que el reino goce de paz; 7por lo cual yo, despojado de la dignidad paterna, quiero decir del sumo sacerdocio, he venido ahora aquí, 8mirando con toda lealtad por los intereses del rey y buscando también los de mis conciudadanos, pues, por la temeridad de aquellos, toda nuestra nación se halla en ruinas. 9Date cuenta, pues, ¡oh rey!, de estas cosas; mira por nuestra tierra y nuestra raza oprimida, llevado de tu desinteresado amor hacia todos. 10Mientras Judas esté con vida, no podrá el Estado gozar de paz».
11Dicho esto, al punto los restantes amigos, que se hallaban indispuestos contra Judas, inflamaron más el ánimo de Demetrio, 12logrando que éste llamase luego a Nicanor, comandante anteriormente del cuerpo de elefantes, y le nombró general de Judea, 13dándole orden de acabar con Judas, dispersar a todos los suyos e instalar a Alcimo por sumo sacerdote del santísimo templo. 14En seguida los gentiles, que por temor de Judas habían huido de la Judea, se agregaron como rebaño a Nicanor, pensando que el infortunio y calamidad de los judíos sería su ventura.
15Al saber los judíos la venida de Nicanor y la invasión de los gentiles, se cubrieron de polvo, orando al que eligió a su pueblo para siempre y protegió en todo tiempo con manifiestos prodigios su heredad. 16A las órdenes de su jefe, se pusieron luego en marcha, y se vino a dar la batalla junto a la aldea de Desau. 17Simón, hermano de Judas, había venido a las manos con Nicanor, pero desconcertado un momento por la repentina llegada de enemigos, sufrió un revés. 18A pesar de lo cual, Nicanor, que sabía el valor de los judíos y cuán animosamente combatían por la patria, temía encomendar a las armas la resolución. 19Por eso envió a Posidonio, Teodoto y Matatías a proponer conciertos de paz. 20Después de un largo examen de las condiciones, y de haberlo comunicado al general y a la muchedumbre, de común acuerdo convinieron hacer conciertos de paz. 21Señalaron el día en que los dos jefes se reunirían solos, y pusieron dos sillas, una frente a otra. 22Judas, sin embargo, había apostado hombres en lugares convenientes, dispuestos a intervenir, si los enemigos cometían alguna perfidia. Así tuvieron el amigable coloquio.
23En adelante, Nicanor moró en Jerusalén, sin cometer injusticia, y hasta disolvió las tropas que a manera de rebaños se le habían juntado. 24A Judas le tenía siempre a su lado, pues sentía hacia él cordial afecto. 25Le exhortaba a que se casase y criara hijos. Y en efecto, se casó, y viviendo tranquilamente, disfrutaba de la vida. 26Pero Alcimo, al ver la buena inteligencia de ambos y los pactos concertados, se vino a Demetrio, acusando a Nicanor de traidora deserción contra el reino, puesto que le había dado por sucesor a Judas, enemigo del reino.

27El rey se enojó, e inducido por las calumnias de aquel malvado, escribió a Nicanor, diciéndole cuánto le habían desagradado los conciertos hechos, y ordenándole que le enviase cuanto antes preso al Macabeo a Antioquía. 28Cuando recibió estas órdenes, Nicanor quedó confuso y sintió gravemente tener que anular lo concertado, sin haber recibido daño alguno de tal varón. 29Mas no siendo posible oponerse al rey, aguardó una ocasión propicia para ejecutar sus mandatos.


Ruptura de relaciones

30Observando de su parte el Macabeo que Nicanor se conducía con él más fríamente, y que sus relaciones no eran tan amigables como de costumbre, pensó que tal conducta era mal indicio; y así, reunió a muchos de los suyos y comenzó a guardarse de Nicanor. 31Dándose éste cuenta de cuán hábilmente había sido vencido por Judas, llegó al augustísimo y santo templo, en el momento mismo en que los sacerdotes ofrecían los acostumbrados sacrificios, y les mandó que le entregaran a Judas. 32Asegurando ellos con juramento que ignoraban dónde estaba, extendió su diestra hacia el templo, 33y juró así: «Si no me entregáis a Judas preso, arrasaré este templo de Dios, destruiré el altar y elevaré aquí un magnífico templo a Baco». 34Los sacerdotes tendieron las manos al cielo, e invocando al que siempre se había mostrado defensor de nuestro pueblo, dijeron: 36«Tú, Señor de todas las cosas, que de nada necesitas, has tenido a bien establecer este templo de tu morada en medio de nosotros. 36Preserva, pues, santísimo Señor, por siempre limpia esta casa, que hace poco ha sido purificada».


El caso de Racías

37 Un cierto Racías, de los ancianos de Jerusalén, fué denunciado a Nicanor como amante de la ciudad, donde gozaba de muy buena fama, y por su bondad era apellidado padre de los judíos. 38En efecto, en los tiempos anteriores había evitado todo contacto con los gentiles y había atraído sobre sí la acusación de judaísmo, exponiendo por ello su cuerpo y su vida. 39Deseando Nicanor dar muestra de su mala voluntad hacia los judíos, mandó más de cincuenta soldados a prenderle, 40pues creía inferir, prendiendo a éste, un golpe a todos los judíos. 41Estaba la tropa a punto de apoderarse de la torre de su casa, forzando la puerta de entrada y dada ya la orden de prenderle fuego. Racías, estando para ser apresado, se echó sobre su espada,42prefiriendo morir noblemente antes que caer en manos de criminales y recibir ultrajes indignos de su nobleza. 43Mas como a causa de la precipitación no hubiera acertado a matarse, y la tropa invadiera ya la casa, resueltamente corrió al muro y virilmente se arrojó encima de la tropa. 44En viéndole se retiraron, y vino a caer en medio del espacio libre. 45Aún respiraba; y enardecido su ánimo, se levantó, y mientras a torrentes le corría la sangre de las graves heridas, atravesó a la carrera por entre la muchedumbre, hasta erguirse sobre una roca escarpada. 46Allí, totalmente exangüe, se arrancó las entrañas con ambas manos y las arrojó contra la tropa, invocando al Señor de la vida y del espíritu, que de nuevo se las devolviera. Y de esta manera acabó.


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  • 46 Al decir de Santo Tomás, el autor sagrado pondera este acto, más de soberbia que de fortaleza, por el sentimiento del amor a la patria y a la Ley, que le movía a evitar caer vivo en poder de los gentiles y recibir de ellos la muerte. La verdadera fortaleza es la del anciano Eleazar, que por la misma causa sufrió la muerte a manos de los gentiles.(Volver a Lectura).




Derrota de Nicanor

15 1Informado Nicanor de que Judas andaba por los lugares de Samaría, pensó atacarle con entera seguridad en el día de sábado. 2Los judíos que a la fuerza le seguían le dijeron: «No pretendas aniquilarlos tan salvaje y bárbaramente; respeta el día que desde el principio ha sido declarado santo por el que todo lo ve». 3A lo que aquel malvado contestó, si había Soberano en el cielo que hubiera ordenado solemnizar el día del sábado. 4Y como ellos le respondiesen: Sí, hay un Señor, Dios vivo, Soberano del cielo, que ha ordenado celebrar el día séptimo; 5pues yo, contestó él, digo que hay un soberano en la tierra, que manda tomar las armas y cumplir lo que conviene al rey. Con todo, no pudo llevar a cabo su malvado propósito.
6Mientras Nicanor, en su insensato orgullo, pensaba levantar con Judas y los suyos un monumental trofeo, 7éste, puesta siempre su confianza en el socorro del Señor, 8 exhortaba a los suyos a no temer el ataque de los paganos; antes bien, recordando los auxilios que en tiempos anteriores les habían venido del cielo, esperasen también ahora del Todopoderoso la victoria. 9Y los alentaba, proponiéndoles testimonios de la ley y de los profetas y recordándoles los combates que habían sostenido, dándoles con esto mucho ánimo. 10Después de haber levantado sus espíritus, les puso de manifiesto la falta de fe de los gentiles y la transgresión de sus juramentos; 11animando a todos, no tanto con la seguridad de sus escudos y lanzas, cuanto con la confianza de sus alentadoras palabras. Sobre todo, los alegró con la relación de un sueño digno de toda fe. 12He aquí el sueño que había tenido: Onías, que había sido sumo sacerdote, hombre bueno y bondadoso, de venerable aspecto, de suaves modales, de distinguido lenguaje, que desde su niñez se había ejercitado en toda virtud, tendía sus manos, orando por toda la comunidad de los judíos. 13Apareciósele también otro varón, que se destacaba por la blancura de sus cabellos y por su gloriosa dignidad, nimbado de admirable y magnífica majestad. 14Onías dijo: «Este es el amador de sus hermanos, que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa: Jeremías, profeta de Dios». 15Y tendía Jeremías su diestra, y entregaba a Judas una espada de oro, diciéndole: 16«Toma esta espada santa, don de Dios, con la cual triunfarás de los enemigos».
17Alentados con estas nobles palabras de Judas, capaces de vigorizar y exaltar hasta el heroísmo las almas de los jóvenes, resolvieron no atrincherarse en el campo, sino arrojarse valientemente sobre el enemigo, y luchando con todo valor decidir la cosa, puesto que se hallaban en peligro la ciudad, la religión y el templo; 18pues la solicitud que por las mujeres, los hijos, los hermanos y parientes tenían, era menor que la que sentían por el templo santo, la más grande y primera de todas las cosas.
19No era pequeña la ansiedad de los que en la ciudad habían quedado, inquietos como se hallaban por la lucha de fuera.

20Cuando todos esperaban el futuro desenlace, y los enemigos se acercaban dispuestos en orden de batalla, y los elefantes colocados en lugares oportunos, y la caballería en las alas, 21al ver el Macabeo la muchedumbre que se acercaba, el variado aparato de las armas, la fuerza de los elefantes apostados en lugares convenientes; levantando las manos al cielo, invocó al Señor, hacedor de prodigios. Sabía que no por la fuerza de las armas se alcanza la victoria, sino que Dios la otorga a los que juzga dignos de ella. 22La invocación fué como sigue: «Tú, Señor, que enviaste un ángel bajo Ezequías, rey de Judá, que mató del ejército de Senaquerib a ciento ochenta y cinco mil hombres, 23envía ahora, Señor de los cielos, delante de nosotros un ángel bueno, que infunda a éstos temor y temblor. 24Con la fuerza de tu brazo sean quebrantados los que llegan blasfemando contra tu pueblo santo». Y con esto terminó.
25Los de Nicanor avanzaban al son de las cornetas y de los cantos guerreros; 26en tanto que los de Judas llegaron a chocar con los enemigos en medio de súplicas y oraciones. 27Y mientras luchaban con las manos, oraban en su corazón a Dios; y así, magníficamente fortalecidos por una aparición de Dios, derribaron por tierra no menos de treinta y cinco mil hombres. 28Terminada la lucha y entregados a la alegría, hallaron que, revestido de sus armas, estaba Nicanor entre los muertos. 29Se produjo un gran clamor y alborozo, bendiciendo al Señor en la lengua patria. 30Judas, que en cuerpo y alma estaba todo él atento a la defensa de sus conciudadanos, y había guardado la generosidad de la juventud para sus connacionales, ordenó cortar a Nicanor la lengua y el brazo hasta el hombro y llevarlos a Jerusalén. 31Llegado allí, convocó a los conciudadanos y sacerdotes; y puesto en pie ante el altar, mandó venir a los de la ciudadela, 32mostró a todos la cabeza del impío Nicanor y la mano que el blasfemo había tendido insolente contra la santa casa del Todopoderoso. 33Mandó picar en menudos trozos la lengua, echarlos a las aves, y suspender enfrente del templo la mano, como recompensa a su insensatez. 34Y todos, levantando los ojos al cielo, bendecían al Señor, diciendo: «Bendito el que ha conservado puro este lugar». 35La cabeza de Nicanor se colgó de la ciudadela, visible a todos, como señal manifiesta del auxilio divino; 36y por público decreto se mandó no dejar pasar este día sin solemnizarlo, 37y que se celebrase el trece del mes duodécimo, que en lengua siríaca se llama Adar, un día antes del día de Mardoqueo.


Epílogo

38Tal fué la historia de Nicanor. Y como desde aquellos días la ciudad ha estado en posesión de los hebreos, daré aquí fin a mi narración. 39Si está bien y como conviene a la narración histórica, eso quisiera yo; pero si imperfecta y mediocre, perdóneseme. 40Como el beber vino puro o sola agua no es grato, mientras que el vino mezclado con agua es agradable y gustoso; así también la disposición del relato siempre uniforme no agrada a los oídos del lector. Y con esto damos fin a la obra.


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